Muerte en la Tarde – Cincuenta y siete años sin Ernest Hemingway.

Cincuenta años se han cumplido de la decisión de Ernesto el de los toros de partir sin más, de dejar la vida cortándose enrabietado su coleta.

Parte Hemingway diferencia en su obra al bos taurus del resto de los elementos su misma especie, cosa que los hoy “defensores” del toro de lidia no hacen. Describe su concepto de toro bravo, la importancia de su selección y los motivos por las cuales el ejercicio del puyazo es razón fundamental en la lidia y los casos que sustentan su dicho.

A medio siglo de haber seguido el camino que luego emprendería Juan Belmonte en “De Sol y Sombra” consideramos fundamental la lectura del siguiente fragmento de “Muerte en la Tarde”. Extenso e importantísimo. Esperamos lo disfruten.
Muerte en la Tarde (Death in the Afternoon) Capitulo IX.

Por Ernest Hemingway.

El toro de lidia es, con relación al toro doméstico, lo que es el lobo en relación al perro; un toro doméstico puede tener mal carácter y ser maligno, como un perro puede ser maligno y peligroso. Pero no tendrá jamás la rapidez, el vigor, la musculatura y nervios ni la particular estampa del toro de lucha, como el perro no puede tener los nervios del lobo, su astucia ni su avidez.

Los toros destinados al ruedo son animales salvajes; proceden de una raza que desciende en línea recta de los toros salvajes que en otro tiempo pastaban por la Península, y se crían en dehesas con miles de acres de pastos, en donde viven como animales en completa libertad. Sus contactos con los hombres se reducen al mínimo, hasta que aparecen en el ruedo (…)

Un año que estábamos en España, la cosa sucedió ante la última casa de un pueblecito de la región de Valencia. Un toro tropezó y cayó, y los otros le habían rebasado ya cuando se puso en pie. Lo primero que vio fue una puerta abierta, en donde estaba un hombre; cargó sobre él, le echó a lo alto, lo lanzó hacia atrás por encima de su cabeza. En la casa no vio a nadie y el toro entró por las buenas. En un dormitorio había una mujer sentada en un sillón. Era muy vieja y no había oído nada. El toro hizo trizas el sillón y mató a la vieja en un santiamén. El hombre que había lanzado al aire cuando estaba en la puerta apareció con una carabina para proteger a su mujer, que yacía en un rincón, a donde el toro la había arrojado.

Disparó casi a quemarropa pero no hizo más que rozarle los lomos. El toro se lanzó sobre el hombre, le mató, vio un espejo, se abalanzó sobre el espejo, embistió e hizo trizas un gran armario antiguo y luego salió a la calle. Avanzó un poco, encontró un caballo y una carreta, embistió y mató al caballo, derribando la carreta. El conductor se había quedado dentro. Los mayorales de la manada, mientras tanto, se habían dado cuenta de lo sucedido y volvían por el camino al galope de sus caballos, levantando una nube de polvo. Hicieron adelantarse a dos bueyes, que atraparon al toro, y tan pronto como se puso un buey a cada uno de sus flancos, la giba de su espalda se bajó, agachó la cabeza y, trotando entre los dos cabestros, se reintegró tranquilamente a la manada.

Se han visto en España toros que embestían a un automóvil e incluso detenían un tren, poniéndose en la vía férrea y negándose a retroceder o a dejar libres los raíles mientras el tren estaba detenido, y cuando, al fin, con gran estridencia de silbato, el tren se ponía en marcha, el toro cargaba a ciegas contra la locomotora.

Un toro de lidia verdaderamente bravo no tiene miedo a nada, y en algunas ciudades de España montan espectáculos especiales y bárbaros, tales como un toro acometiendo incansablemente a un elefante; otros toros han matado a leones y a tigres, contra los que se lanzaban tan alegremente como si fueran picadores. Un verdadero toro de lidia no tiene miedo a nada ni a nadie y, en mi opinión, es el animal más hermoso que pueda verse, ya sea en movimiento o en reposo.

Partiendo al mismo tiempo que un caballo, un toro de lidia le vence en una carrera de veinticinco yardas, aunque un caballo le vence en una carrera de cincuenta. El toro puede girar sobre sus pies tan rápidamente como un gato y puede dar la vuelta más rápidamente que un «poney», y a los cuatro años tiene fuerza suficiente en los músculos del cuello y de los lomos como para levantar en vilo a un caballo y su jinete y arrojarlos por encima de sus costillas.

Muchas veces he visto yo a los toros embestir las tablas de una pulgada de espesor de la barrera con sus cuernos, o, mejor, con su cuerno, ya que emplean siempre uno u otro, y hacerlas trizas; y en el museo del ruedo, de Valencia, hay un estribo de hierro que un toro de la ganadería de don Esteban Hernández perforó de una cornada hasta una profundidad de cuatro pulgadas. Y este estribo se conserva, no porque sea un caso único, sino porque en esta ocasión, el picador, milagrosamente, no resultó herido por la cornada.

Hay un libro, hoy agotado en España, titulado Toros célebres, que contiene las crónicas, por orden alfabético, según los nombres que les dan los ganaderos, la manera de morir y las hazañas de unos cuantos toros célebres, en unas ciento veintidós páginas, en total.

Hojeándolo al azar, encontraréis a Hechicero, de la ganadería de Concha y Sierra, un toro gris, que en 1844 envió en Cádiz al hospital a todos los picadores y a todos los toreros que tomaban parte en la corrida, un mínimo de siete hombres, después de haber matado a siete caballos.

Víbora, de la ganadería de don Jesús Bueno, fue un toro negro que, en Vista Alegre, el día 9 de agosto de 1908, nada más entrar en el ruedo, saltó la barrera y embistió al carpintero de la plaza, Luis González, abriéndole una enorme herida en el muslo derecho. El torero encargado de matar a Víbora fue incapaz de hacerlo y el toro fue devuelto a los corrales. La cosa no sería digna de recordarse al cabo de tanto tiempo, excepto, acaso, por lo que se refiere al carpintero, y si Víbora figura en el libro, es, probablemente, porque su acción tenía algo de intempestiva y a causa, sin duda, de la impresión reciente que había hecho sobre los compradores del libro, más que por ningún motivo de verdadero interés permanente.

No se hace mención de lo que el matador, llamado «Jaqueta», que no aparece en la historia más que en esta ocasión, hizo antes de ser declarado incapaz de matar a Víbora, y el toro pudo haber sido memorable por una razón más importante, que por el hecho, poco excepcional, de haber corneado al carpintero. Yo he visto con mis propios ojos a dos carpinteros corneados en una corrida y no he escrito jamás una línea sobre el particular.

El toro Zaragoza, criado en el cortijo de Lesireas, se escapó cuando le llevaban a la plaza en Boetia, Portugal el día 2 de octubre de 1898, e hirió a numerosas personas. Un muchacho, a quien perseguía, entró corriendo en el Ayuntamiento y el toro corrió tras él y subió por la escalera, hasta el primer piso, en donde, según el libro, causó grandes daños. Es muy probable que lo hiciera, en efecto.

Comisario, de la ganadería de don Victoriano Ripamilán, un toro rojo con ojos de perdiz, y largos cuernos, fue el tercer toro que había que lidiar el día 14 de abril de 1895, en Barcelona. Comisario saltó la barrera, se lanzó sobre las primeras filas del tendido y, saltando entre los espectadores, según dice el libro, produjo el desorden y los daños que cabe suponer. El guardia civil Isidro Silva le dio un sablazo y el cabo de la Guardia Civil Ubaldo Vigueras disparó con su carabina, atravesando la bala los músculos del cuello del toro y yendo a alojarse en el lado izquierdo del pecho de un monosabio, Juan Recaséns, que murió inmediatamente. Se acabó atrapando a Comisario con una cuerda y murió a puñaladas.

Ninguno de estos episodios pertenece a los dominios de la tauromaquia pura, salvo el primero, ni tampoco puede incluirse en esta historia el caso de Hurón, un toro de la ganadería de don Antonio López Plata, que se batió contra un tigre de Bengala el 24 de julio de 1904, en la plaza de San Sebastián. Combatieron en una jaula de acero, y el toro acometía al tigre; pero en una de las cargas, rompió la jaula y los dos animales salieron al ruedo donde se hallaban los espectadores.

La policía, tratando de acabar con el tigre moribundo y con el toro, que estaba muy vivo todavía, disparó varias salvas, «que originaron varias heridas a varios espectadores». Leyendo la historia de estos variados encuentros entre toros y otros animales, tengo que deducir que eran espectáculos que se debieran evitar, o, al menos, que convenía contemplar desde los palcos más altos de la plaza.

El toro Oficial, de la ganadería de los hermanos Arribas, que fue lidiado en Cádiz el día 5 de octubre de 1884, cogió y corneó a un banderillero, saltó la barrera, cogió al picador «Chato» en tres ocasiones, cogió a un guardia civil, rompió una pierna por tres partes distintas a un guardia municipal y rompió el brazo a un sereno. Hubiera sido un animal ejemplar para cuando la policía aporrea a los manifestantes ante el Ayuntamiento.

De no haber muerto hubiera podido producir una estirpe de toros que odiaran a la policía y que hubiera devuelto a la multitud las ventajas que ha perdido hoy en día en las luchas callejeras desde la desaparición de los adoquines. Un adoquín, a corta distancia, es más eficaz que una porra o un sable. La desaparición de los adoquines ha hecho más por evitar el derrocamiento de los Gobiernos que las ametralladoras, las bombas lacrimógenas y las pistolas automáticas. Porque, cuando un Gobierno no quiere matar a los ciudadanos, sino simplemente, golpearlos, desbandarlos y obligarlos a someterse, con golpes planos de sable, no hay razón para que tal Gobierno sea derribado.

Todo Gobierno que emplea las ametralladoras, aunque no sea más que una vez, contra sus ciudadanos, caerá automáticamente. Se mantienen los regímenes con las porras y los golpes planos de los sables, no con las ametralladoras y las bayonetas, y, mientras hubo adoquines, no fue posible nunca aporrear a un populacho desarmado.

El tipo de toro que recordarían los aficionados a la fiesta brava, más bien que los aficionados a los combates con la policía, es Hechicero, que llevó a cabo sus hazañas en la plaza, contra toreros entrenados y desafiando el castigo. Hay en esto la misma diferencia que entre los combates de la calle, de ordinario más apasionantes, prodigiosos y útiles, pero de los cuales no hablamos, y un campeonato de boxeo. Cualquier toro puede matar al escaparse a un gran número de gentes y originar daños considerables, sin necesidad de tomar castigo; pero cuando, en su confusión y excitación, el toro salta al tendido, las gentes que están a su alcance corren menos peligro que un torero en el acto de entrar a matar; porque el toro, entonces, carga ciegamente contra la multitud y no trata de asestar contra ella sus cuernos.

Un toro que salta la barrera, salvo si da el salto en persecución de un hombre, no es un toro bravo. Es un toro cobarde, que trata sencillamente de escapar del ruedo. El toro realmente bravo acepta el combate y cualquier invitación a la pelea; el toro combate, no porque se ve obligado y arrinconado, sino porque quiere, y ese valor suyo se mide y puede ser medido sólo por el número de veces que, libre y voluntariamente, sin pataleos, baladronadas ni amenazas. El toro bravo acude al combate con el picador y por la insistencia que muestra bajo la pica, cuando la punta de acero de la puya ha entrado en los músculos de su cuello o de sus lomos y continúa su embestida, y después de haber comenzado a recibir realmente el castigo, con el hierro en el cuerpo, insiste hasta que el hombre y el caballo son derribados.

Un toro bravo es aquel que, sin ninguna vacilación y aproximadamente en el mismo sitio de la plaza, carga cuatro veces contra los picadores, sin prestar atención al castigo que recibe y embiste una y otra vez con el acero dentro de su cuerpo, hasta que ha derribado al jinete y a su montura.

Solamente por su comportamiento bajo la pica se puede juzgar y apreciar la bravura de un toro, y la bravura del toro es la raíz primaria de la fiesta brava. La bravura de un toro verdaderamente bravo es algo extraterrestre e increíble. Esa bravura no es simplemente malignidad, mal carácter o impulso de un animal acometido por el pánico y provisto de cuernos. El toro es un animal de combate y, cuando la raza ha permanecido pura gracias a una crianza cuidadosa, ese mismo toro se convierte, cuando no lucha, en el más tranquilo y apacible de todos los animales.

No son los toros más difíciles de manejar los que proporcionan los mejores espectáculos; los mejores toros de lidia poseen una cualidad, llamada nobleza por los españoles, que es la cosa más extraordinaria que puede verse. El toro es un animal salvaje, cuyo mayor placer consiste en la pelea y aceptará la que le ofrecen bajo cualquier forma, replicando a todo lo que tome por desafío.

Sin embargo, los mejores toros de combate reconocen y saben quién es el mayoral o guardián que los tiene a su cargo y, durante su viaje hasta la plaza, le permiten a veces hasta que los golpee y que los acaricie. He visto un toro que en los corrales dejaba al mayoral que le diera golpecitos en la nariz y le rascase, como si fuera un caballo, y le dejaba incluso montar sobre sus costillas, y que, cuando entró en la plaza, sin que le hubieran irritado previamente, cargó contra los picadores, mató cinco caballos y se mostró en el ruedo maligno como una cobra y bravo como una leona.

Por supuesto, todos los toros no son nobles; por uno que quiera hacer amistad con el mayoral, hay cincuenta que serían capaces de embestirle incluso cuando les lleva de comer, si vieran cualquier movimiento que les hiciera pensar que estaba desafiándolos. Todos los toros no son además bravos. Cuando tienen dos años, el ganadero pone a prueba su bravura enfrentándolos con un picador a caballo, ya sea en un corral cerrado o en campo abierto. El año anterior se les ha marcado con hierro candente, y, para hacerlo, los hombres a caballo los han derribado por medio de largas picas emboladas, y cuando, a los dos años, se les enfrenta con la prueba de las picas con punta de acero de los picadores, ya tienen su número y su nombre, y el ganadero anota las manifestaciones de bravura hechas por cada uno.

Los que no son bravos, si el ganadero es escrupuloso, son destinados al sacrificio; los otros son consignados en el libro según la bravura de que han dado muestras, de manera que, cuando el ganadero hace un envío de seis toros a la plaza para una corrida, puede dosificar las cualidades de su envío, según le apetezca.

Twitter @Twittaurino

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