Heroico y admirado pirata Padilla, una forma diferente de estar en el mundo

Juan José Padilla, el pasado viernes, en su despedida de la plaza de Pamplona. Juan José Padilla, el pasado viernes, en su despedida de la plaza de Pamplona. Jesús Diges EFE.

Por Antonio Lorca.

A pesar de los muchos años de vida que tiene la tauromaquia, aún no está claro qué es un torero. No se sabe si es un loco, un tipo inteligente capaz de engañar a un animal salvaje para ganar gloria y dinero, un ser atrapado en una pasión, un amante del riesgo, un gladiador, un artista…

El viernes se despidió Juan José Padilla de la plaza de Pamplona, donde es un ídolo; y allí se presentó seis días después de que un toro le levantara el cuero cabelludo y le dejara al aire las ideas en una imagen pavorosa. “No hay motivo para no torear en Pamplona”, respondió cuando le preguntaron por sus intenciones horas después del percance.

La actitud de este hombre resulta inexplicable desde la lógica del habitante de un país desarrollado del siglo XXI. No es normal. Es un extraterrestre o un pirado. Es más, si se escudriña la cara de Juan José Padilla se podría concluir que es un ‘tío raro’, alguien que no pertenece a esta especie nuestra tan quejica, hedonista y autocompasiva que parece haber desterrado valores tan supuestamente humanos como la superación, el esfuerzo, la excelencia, el sacrificio…

Quizá, la respuesta sea sencilla: Padilla es solo un torero, alguien anacrónico, que no goza del favor y la simpatía del establishment por su dedicación a una actividad denostada hoy por corrientes imperantes; y un personaje incorrecto y sorprendente para los que formamos parte del rebaño de una sociedad cuadriculada, limitada y dirigida. Quizá por eso, por su extraordinaria actitud, es objeto de la admiración popular, y muchos lo consideran un ídolo porque ven en Padilla al protagonista de una película que la mayoría no será nunca capaz de rodar.

Porque ser torero es un modo de estar en la vida. Y porque la tauromaquia es una vieja y sabia escuela de valores, una filosofía de vida, que oferta lecciones para enfrentarse a las dificultades.

Lo cuenta de diferentes formas el profesor y aficionado Javier López Galiacho en su interesante libro ‘De frente, en corto y por derecho’.

Cita, por ejemplo, al escritor Michael Ende, autor de ‘La historia interminable’, quien afirma en el prólogo de su obra que “las pasiones humanas son un misterio, y los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas”.

Un torero es alguien atrapado en una pasión, portador de un veneno extraño y desconocido que produce un efecto incomprensible: vencer el pánico a la muerte. Ser torero es un abierto desafío al instinto de conservación, un desprecio a la seguridad, ese valor tan extendido y deseado socialmente. Ser torero es una locura que, además, persigue la excelencia. No se trata, pues, solo de un juego sobre la vida y la muerte, sino de la búsqueda constante de la superación del miedo, del conocimiento, del dominio, de la belleza, del arte…

Ser torero es un desafío al destino, una ruptura de la norma, soñar la gloria por medio del riesgo. Ser torero es una demencia, basada en el enfrentamiento con un animal salvaje con el objeto de alcanzar la perfección mediante la astucia, la prudencia, el arrojo y otros tantos valores que parecen perdidos.

Y algo peor: ser torero es una misión casi imposible. Muchos son los que creen tener el veneno en las entrañas, pero muy pocos son los que lo poseen en la dosis necesaria para alcanzar la gloria.

Padilla es puro veneno. De otra manera no se entiende su trayectoria vital. Padilla murió y resucitó en Zaragoza el 7 de octubre de 2011 cuando un toro le sacó un ojo con aviesas intenciones de espantarlo definitivamente del camino de la vida. No se trataba, quizá, de una muerte física, pero sí el final de una vocación arrebatadora.

Pero el veneno hizo su efecto, se rebeló contra la adversidad, superó el dolor, aguantó con estoicismo las inclemencias de no se sabe cuántas intervenciones, le cambió la cara a una dolorosa rehabilitación, le ganó la partida al toro de la muerte y su lucha se erigió en un grandioso canto a la vida.

Es verdaderamente admirable la evolución de este hombre, seas o no taurino, te guste o no su toreo. Es sorprendente su capacidad para sobreponerse a las duras vicisitudes que le ha presentado la vida.

Dice ser consciente de que el riesgo es inherente a su profesión, pero también su recompensa. “El sufrimiento es parte de la gloria”, ha repetido en distintas ocasiones.

Por todo ello, muchos lo consideran un héroe, una persona famosa por sus hazañas; admirada y ejemplar, un referente en el seno de una sociedad profundamente ambigua.

Cuenta con la admiración ajena, pero pocos premios recibirá más allá de los taurinos. No se olvide que es un torero, un apestado para la corrección política, un torturador, un tipo despreciable… No se olvide, también, que es, nada más y nada menos, un hombre que ha dicho no al oscuro destino que aquel toro de la Feria del Pilar le tenía reservado.

Desde entonces, lleva un parche en el ojo perdido, y en Pamplona le llaman ‘el Pirata’; al fin y al cabo, un torero ejemplar para todos los quieran vivir la vida con la intensidad que merece, para todos los que apuesten por una forma diferente de estar en el mundo, apasionada y única.

El profesor López-Galiacho cita al siquiatra Viktor Frankl en su obra magna ‘El hombre en busca de sentido”, un impresionante testimonio de supervivencia en Auschwitz. “Al hombre se le puede arrebatar todo menos una cosa, -escribe-, la última de las libertades humanas, como es la elección de la actitud personal que debe afrontar frente al destino, para decidir su propio camino”.

Y, a veces, como en el caso de Padilla, el destino puede ser un regalo…

P.D. El torero jerezano no es más que un ejemplo conocido. Toreros como él, auténticos héroes que se sacrifican durante años, se esfuerzan cada día y consiguen, o no, sus objetivos los hay a manojos. Por algo son diferentes.

Y seguro, además, que hay otros muchos raros, sin discriminación de sexo, anónimos, gente de toda condición y quehacer, que se ha levantado mil veces de una caída que parecía definitiva, y que triunfa, aunque solo sea desde lo más íntimo de su ser, en una lucha titánica por ganar la batalla a la adversidad.

Publicado en El País

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