El extraño y sorprendente caso de David Adalid, inmenso torero de plata

David Adalid banderillea a un toro de Dolores Aguirre, el pasado 27 de mayo en Las Ventas. MANOLO BRIONES.

El extraño y sorprendente caso de David Adalid, inmenso torero de plata

Por Antonio Lorca.

David Adalid (Madrid, 1976) es uno de los grandes toreros de plata de la actualidad, protagonista de algunos de los tercios de banderillas más emocionantes y recordados de los últimos tiempos.

Integrado en la cuadrilla del matador Javier Castaño, alcanzó la gloria soñada en la temporada de 2013, recogió premios en las ferias más importantes y la afición lo reconoció como un torero de época. Quedará para siempre en la historia del toreo aquella tarde del 1 de junio de ese San Isidro, cuando Adalid, Fernando Sánchez, Marco Galán y el picador Tito Sandoval —miembros de la cuadrilla de Castaño— dieron una insólita vuelta al ruedo en la plaza de Las Ventas entre el alborozo de la afición, incrédula y arrebatada ante los apasionantes tercios de varas y banderillas que acababa de presenciar a un toro de Cuadri, presente en la arena mientras los toreros recogían el homenaje de los tendidos.

La gloria se esfumó al año siguiente cuando el jefe de filas decidió prescindir de Adalid sin motivo aún conocido, comenzó la desaparición del grupo, y la historia del subalterno madrileño sufrió un giro tan inesperado como incierto. Desde entonces, está fuera del circuito de las figuras, se ha vestido de torero pocas tardes a las órdenes de los matadores Morenito de Aranda y Venegas y el novillero Juan Carlos Carballo, y suple la ausencia del toro impartiendo sus conocimientos como profesor de la escuela taurina de la localidad madrileña de Navas del Rey.

“A mí lo que me importa es hacer historia”, afirma; “quiero ser recordado como un torero, por mi forma de andar en la plaza y en la vida. Y eso me interesa más que ir con una figura. Muchas veces, te tienes que mirar a ti mismo y preguntarte qué es lo que deseas en la vida, y a mí lo que me prima es ser torero por encima de todo”.

—¿Y lo está usted consiguiendo?

—Sí. En mi alma estoy contento. Lo triste es que profesionales que estamos dedicados por entero a la profesión no podamos vivir de ella.

Adalid se confiesa un romántico del toreo, —como un bohemio lo califican sus amigos—, mantiene su figura espigada y ligera de carnes, y desborda ilusión vital y taurina, señal inequívoca de que está contagiado del veneno del toro.

“Somos muchísimos profesionales y casi todos han alcanzado un gran nivel, y los festejos se han reducido drásticamente. Es verdad que las figuras han ido siempre con los mejores, pero eso era antes, cuando salía el toro exigente; hoy, la mayoría de los toreros de plata están capacitados para ‘andar’ con el animal que se lidia. Es una pena, pero se ha perdido el premio a la excelencia”.

Está convencido de que un torero de plata brillante no molesta a los matadores, y prueba de ello, a su juicio, es que maestros como Talavante, Manzanares o Perera, entre otros, dirigen cuadrillas de reconocidos subalternos a pie y a caballo.

“Un picador o un banderillero no molesta cuando realiza bien su trabajo”, asegura. “Molesta de verdad cuando hace lo que yo hice el año pasado…”, confiesa.

David Adalid ‘reapareció’ en Las Ventas en San Isidro el 4 de junio de 2017 a las órdenes de José Carlos Venegas para lidiar una corrida de Cuadri. Y, ante la sorpresa de todos los presentes, fracasó con estrépito en el tercio de banderillas ante el sexto de la tarde.

“Me faltó valor, y lo digo con el alma; traicioné mi lema de ‘triunfar o morir’ todas las tardes. Vi que aquel toro me pedía más, mucho más, y opté por no exponer mi físico. Pero ese trance me dolió muchísimo, fue la tarde más triste de mi carrera, y quedé muy fastidiado y reventado por dentro. Durante un tiempo me dio vergüenza vestir el traje de luces porque había defraudado a mi profesión y a mí mismo”.

—¿Llegó a averiguar la causa de aquel fiasco?

—Sí. Se torea como se es y se es como se torea. Cuando tienes problemas, te los llevas a la plaza. El toreo es un sentimiento, y un par de banderillas nace de las entrañas. Si sufres altibajos personales, como me ocurría en ese momento, se nota. El traje de luces es lo más transparente que existe”.

Pero la vida le ha permitido resarcirse de aquel traspié.

“La suerte es caprichosa”, afirma Adalid, “y llegué este año a Madrid con la necesidad de jugarme la vida, y sacarme la espina que tenía clavada en los más íntimo de mí mismo”.

Sucedió el pasado 27 de mayo, en el quinto toro de Dolores Aguirre, serio y con cuajo, agresivo y peligroso. Durante el tercio de banderillas se produjo el acontecimiento, consistente en que David Adalid clavó dos extraordinarios pares —especialmente, el segundo— que pusieron la plaza en pie.

“Esa corrida ha significado un antes y un después en mi carrera”, reconoce el torero. “La persona y el torero se reencontraron en Madrid”, concluye.

Adalid nació en Madrid, se crió en San Martín de Valdeiglesias, conoció el toro siendo un niño de la mano de su abuelo Julio, y a la vuelta del servicio militar —novillero sin caballos entonces— decidió hacerse banderillero. Aprendió el oficio en el llamado Valle del Terror de la provincia de Madrid, “entre golpes y castañazos, durante 14 años, que me curtieron y enseñaron la profesión”.

En la temporada 2010-2011 conoció a Javier Castaño, que lo integró en su equipo, y comenzó entonces su etapa más exitosa.

“Llegó el año bonito, 2013”, explica el torero, “que estará enmarcado para siempre en mi corazón”.

Para entonces, ya estaba formado un equipo revolucionario que fue la sensación de la tauromaquia de aquel momento, y estaba formado por el propio Adalid, sus compañeros Marcos Galán, dedicado por completo a la lidia, Fernando Sánchez, otro artista con las banderillas, y el picador Tito Sandoval. Todos ellos dirigidos por Javier Castaño, a quien Adalid concede todo el protagonismo en la gestación y formación del grupo.

“Él fue el gran responsable; todo lo que se vio fue gracias a Javier, un hombre muy generoso con la tauromaquia y con los aficionados”.

Todos ellos lidiaron aquella temporada 41 corridas en las ferias taurinas más importantes de España, y Adalid y Sánchez se desmonteraron 39 tardes, lo que da una idea del grandioso espectáculo que ofrecían.

“Creo que nosotros brindamos categoría a los toreros de plata, un auténtico revulsivo para la profesión”, explica Adalid.

—¿Y por qué se rompió aquel sueño?

—Eran todas corridas muy duras, nada es eterno, y todo se precipitó cuando, a finales de 2014, Javier Castaño decidió prescindir de mis servicios.

Cuenta Adalid que la noticia se la notificó el mozo de espadas, que no hubo problema personal alguno y que, cuando habló con Castaño para agradecerle la oportunidad que le había brindado, el jefe de filas se limitó a explicarle que quería cambiar de aires. De hecho, poco tiempo después se deshizo el grupo por completo.

Pero ahí quedó una temporada para la historia.

“Se cumplieron en un año los sueños de toda una vida, viví momentos mágicos”, —cuenta el torero— “como la vuelta al ruedo en Las Ventas, que fue una explosión de emociones”.

—¿Y el futuro?

—No soy persona de futuro. Tengo claro que me juego la vida cada tarde. Vivo el momento y no sé si ese cigarro que fumo antes del paseíllo será el último. Cada día de corrida me despido de mis dos hijas y no sé si voy a volver a verlas. Y lo único que tengo claro es que todavía no he alcanzado el techo que me he marcado. Porque lo que quiero ser figura en mi profesión.

Publicado en El País

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