¿La fiesta en paz? Simón Casas: descubrir el hilo negro y “producirlo”

Por Leonardo Páez.

En el mundito taurino que va quedando, los que sacan evidente tajada de él se instalan en positivos falsos, en demagogos partidarios de construir –sobre los mismos endebles cimientos que hunden a la fiesta–, no en negativos empeñados en destruir –denunciar las deliberadas desviaciones de un sistema reiteradamente imprevisor y cortoplacista en beneficio de unos cuantos–, mientras los primeros se llenan la boca advirtiendo que antitaurinos y politicastros subvencionados son la principal amenaza de la centenaria tradición. Mismo esquema del régimen que ha sido corrido a patadas: los culpables son otros, los vaivenes de la globalización, los precios del petróleo y el distractor Trump. Nosotros, ni robamos ni funcionamos, por eso ya nos vamos, parece decir esta runfla de autocomplacientes ladrones.

Siguiendo las consignas de una fiesta de toros predecible y globalizonza, en la que España produce toreros-marca comodinos y como taquilleros y los otros siete países ponen plazas, ganado a modo, comparsas, público y dinero, el autonombrado productor, no empresario, de origen francés, Simón Casas, cabeza visible de la Plaza de Las Ventas, supone haber descubierto el hilo negro que permita retomar el camino de la competitividad equitativa en el toreo: sortear las cuatro ganaderías y los 12 puestos con motivo de la miniferia de otoño en el coso madrileño, principal bastión de la tauromafia que hace tiempo marca las directrices de una fiesta desapasionada, precisamente porque la élite taurina sigue apostando por la comodidad y no por la competitividad ante la bravura.

Más descubridor que la dichosa rifa resultó el cachondeo declarativo del alineado productor, auténticas perlas coleccionables para los taurinos seudopositivos del orbe: En las últimas décadas, los carteles se han vuelto demasiado tecnocráticos, soltó el torero por un día, cuando no se atrevió a decir que los taurinos que mangonean prefieren sacar dinero que sacar chispas con diestros de verdad y toros con casta. Añadió que admira mucho a los toreros figuras, pero que hay que forzarlos un poquito, sí claro, no un muchito, ya que sus pretendidas innovaciones son tan auténticas como las monedas de tres euros.

Creativo como es, Simón añadió que “hay que romper el dogmatismo de la afición, mal acostumbrada al blanco y negro (sicazo que llegó hasta los despachos de los contumaces acostumbradores taurinos), cuando la vida está en los grises”. Bueno, ni Montaigne. Y ya inmerso en las profundidades de la reflexión ética, advirtió: Hay que devolverle a la Fiesta el misterio, porque en toda la historia, las grandes figuras han variado encastes y aceptado retos, si bien él y los principales empresarios sigan sometidos a las torpes exigencias de los del dinero y sus figurines favoritos, no a la bravura de hombres y bestias, diferentes aunque ya parezcan sinónimos.

Alarmado por los recientes enjuagues de Morena y los Verdes seudoecologistas, un aficionado me preguntó si el Moerde, Morena y el Verde, feliz acrónimo formado por la unión de elementos de dos o más palabras, creación de José Luis Serrano, lector de La Jornada, no serían el preámbulo de un antitaurinismo oficial, y sólo le respondí que corresponde a los ciudadanos comprometidos con el país a sumar, confiar y vigilar a los políticos y funcionarios que, junto con el pueblo, protagonizan el último cambio pacífico en México.

Publicado en La Jornada

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