Las Ventas: Talavante, perdido en su laberinto

Toros-monas victorianos para encumbrar a Talavante:

Por José Ramón Márquez.

El primero no lo vi. No sólo pensaba que la corrida empezaba a las seis y media, sino que además me llevé la entrada de la novillada de mañana [hoy para el lector]. De toda esa circunstancia lo más oprobioso fue que una especie de sans-coulotte que había en la Puerta Grande, que no demostró el más ínfimo interés en atender a mis mansas explicaciones, se dirigiese a mí como “caballero”, que es cosa que me enfada y me molesta sobremanera. Me busqué las mañas y, de igual forma que Fernando Arrabal entró en la Plaza de manera mágica e inexplicable el día aquél de la mítica curda nocturna en TVE, yo me vi dentro de la Plaza de manera indescifrable, gracias al Señor sean dadas.

Sirva esta ínfima digresión para explicar de alguna manera la poca mella que había hecho en mi ánimo de depauperado aficionado la campañita talavantesca que nos quiere presentar al pacense como ariete de un movimiento antisistema, y todo porque se enfadó con Toño Matilla por un asunto de dineros, y la contraprestación del taimado taurino charro fue echarle al dique seco de los contratos. Entonces Talavante se viene a Madrid sin apoderado…

-Oiga, que falta lo de la finca.

-¿Qué?

-Lo de la finca. Que me dijo un señor que en vez de billetes se quería arreglar la cosa con una finca…

-¿Y?

-…pues que era una finca en la que las liebres tenían que ponerse botas de escalada…

Dimes y diretes, que vaya usted a saber. La cosa es que Talavante perdió simultáneamente el apoderamiento y los ajustes y se viene a Madrid a “dar la cara” y con el hueco en blanco en la ficha del festejo en la parte de “Apoderado” y con un sorteo o rifa que se sacó Domb de la manga para contento de buenas gentes e incautos. Y la cosa es que Tala nunca ha sido antisistema, que más bien ha sido parte perfectamente engranada en el sistema, y que puestos a buscar heterodoxias sinceramente prefiero quedarme con el exquisito “Inclusero”, Gregorio Tébar, o con ese Curro de la Casa que anda tratando de edificarse un futuro por el campo alcarreño, dicho lo anterior sin menoscabo de que aquí somos del que lo hace, sea Julián o su porquero.

De lo que no vi, y me fue relatado por personas de mi máxima confianza, dejaré aquí la ovación con la que se celebró en la Plaza la presencia de Talavante, obligado a saludar desde el tercio, y las dos verónicas de Pablo Aguado al toro de su confirmación.

De lo que vi, lo primero fue Talavante, a quien en opinión del aficionado X. le va mucho mejor tener al público a la contra que entregado, tal y como hoy se pudo comprobar, que acaso Tala sea algo indolente en su carácter. El caso es que se plantó en el tercio y, sin más probaturas, le recetó una serie de naturales a Jaceno, número 41, que nos hicieron pensar que Talavante venía a Madrid a cerrar bocas y a dar un golpe de timón. Este prometedor inicio de faena a su primero se compone de dos series de naturales sin pensárselo, sin probaturas: naturales haciendo galopar al toro desde las tablas e iniciando la serie con la muleta plegada, pases por alto y del desprecio y luego otra más acaso de algo menos de intensidad y en seguida la mano a la diestra y la faena que se despeña en la vulgaridad del día a día, del toreo de ventaja y sin remate, del pelmazo sota, caballo y rey (and rock) de la tauromaquia contemporánea. Eso es lo que duró la apuesta de Talavante, y no hay ni que decir que el toro de Victoriano del Río era la máquina de embestir, tal y como desea su criador, y que las embestidas de Jaceno no sirvieron para que Talavante superase su indolencia y se plantease que otra faena era posible y que hoy era el día en el que todo estaba a su favor.

Evidentemente recibió los generosos aplausos de los que aman ver al toro en movimiento, a despecho de dónde viene y de a dónde va, pero la impresión neta que manda al tendido es la de una faena a menos, faena que se sume paso a paso en la vulgaridad y la ventaja que remata con un pinchazo tirando la muleta y una estocada desprendida. Muy magra la cosecha para tanto ruido, principalmente porque el toro se va sin torear. Su segundo ya no era como el otro. Recibió justas protestas por su condición blandengue, la cual le hacía no entregarse a los muletazos que se le proponían, imaginamos que para disgusto de su criador, y tirar cabezazos que deslucían bastante la labor de Talavante, ya de por si bastante deslucida. Ahora el extremeño va obligado a presentar un triunfo con los de Adolfo dentro de una semana para no tener que enfrentarse a un futuro de color catafalco.

Fortes tuvo ante sí el toro con el que sin duda habría soñado en la paz de su hotel, ese toro que encumbra o hunde, y vive Dios que las condiciones embestidoras y repetidoras de Frenoso, número 73, van a ocupar una buena parte de las pesadillas de Fortes. La cosa es que le salió el toro y él lo dejó pasar; el hombre no fue capaz de encontrar su discurso y no merece la pena hacer más leña de este árbol. La conciencia de su incapacidad con el buen Frenoso le sacó de la corrida. Le echaron al corral a su segundo y en su lugar salió una bolita de carne del Conde de Mayalde que tenía sus cosillas y al que si se le exigía un poco y se le consentía otro poco se entregaba, pero Fortes estaba fuera por completo de la corrida en esos momentos. Se quedó en la cara del toro al entrar a matar y consiguió horrorizar a la Plaza en los interminables segundos que fue zarandeado por el toro, por fortuna sin consecuencias graves. Le cogen mucho los toros a Fortes.

Y Pablo Aguado en su segundo se mostró pinturero y tan falto de compromiso como cualquier otro de los de su edad. Aguado es de los que debe dar gusto verle torear sin toro, que tiene unas buenas maneras, pero le han enseñado a dar pases de esa manera y ése es el problema, que se debe creer que el toreo va por ahí. El toro pedía distancia y no se la dio, por más que el bicho se lo trataba de explicar. No hubo forma, que él estaba a lo suyo y en lo suyo no entraba la palabra distancia. Planteó el clásico trasteo por afuera sin ajuste ni remate, guió las buenas condiciones de Corchero, número 62, a prudente distancia de su anatomía, por lo que pudiera pasar, y cuando consiguió enhebrar unos cuantos “pases” le jalearon vehementemente desde los tendidos a los que se puso a mirar sin ton ni son, en vez de intentar dar un pase que mereciese ese nombre. Luego vino la estocada desprendida que tumbó al toro y la consiguiente petición que fue atendida solícitamente por don Justo Polo, que sacó el trozo de sábana blanca a la que denominamos “pañuelo” para concederle a Pablo Aguado una inútil oreja de nulo peso y de nulo valor.

Del ganado diremos que fueron cuatro de Victoriano del Río, uno sustituido por el Mayalde del que ser habló más arriba, y dos de Toros de Cortés que ya no sé los toros de este rancho que llevamos en lo que va de año en Las Ventas, lo mismo veinte o más. Los crían para la cosa del último tercio e independientemente de lo que hicieran en los otros dos tercios, al llegar a su momento de gloria, obsequiaron graciosamente sus embestidas, por más que no fuesen aprovechadas. El ganadero estará contento.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

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