Obispo y Oro: Gran Bronca

Por Fernando Fernández Román.

De todos los ingredientes susceptibles de ser vertidos en esa olla de pasiones que es una plaza de toros, el que produce el ruido más desagradable es el de la decepción. Lo que decepciona, lo que subvierte el ánimo de los seres humanos y lo empuja por el terraplén del desencanto, estalla con la sordidez más espeluznante cuando culmina la imprevisible insatisfacción de una tarde de toros. Es entonces, cuando el público toma por vía oral el analgésico secular, la purga de Benito o el bálsamo de Fierabrás con que siempre ha combatido eficazmente toda decepción: la bronca. Una buena bronca, repartida con receta de urgencia en la dosis adecuada para su ingesta entre los protagonistas principales de la corrida (toros y toreros), serena los ánimos, suaviza la irritabilidad y conforta los sentidos. Y es que, así como los parabienes por vía acústica mantienen una clasificación de menor a mayor (palmas, aplausos, ovación y gran ovación), los desagrados también se miden por decibelios, a saber, pititos pitos, protestas, bronca y gran bronca. En el caso que nos ocupa,–la corrida de ayer, en Madrid—hay que acogerse a la última clasificación. Gran bronca. Bien entendido, que si la bronca es mano de santo para que el personal se despache a gusto, la gran bronca ya es el paradigma de la placidez, el antídoto más eficaz contra la decepción. Llenas el ruedo de almohadillas y el aire de improperios hacia los toreros cuando abandonan el ruedo, clamas contra ellos con todo el ardor que sean capaces de almacenar los pulmones, y sales de la Plaza con la sensación del deber cumplido: Contra la insatisfacción, gran bronca.

Así acabó la tercera corrida de abono de la feria de Otoño en la capital de la corte: con la arena sembrada de almohadillas, esas almohadillas de Madrid que deben ser las mismas que se pusieron bajo las posaderas los espectadores que llenaron los tendidos de Las Ventas en su republicana inauguración, el año 31. ¡Qué dureza, Dios santo! (la de las propias almohadillas).

¿Fue para tanto la cosa? Fue. Las corridas que despiertan una gran expectación y que se tuercen desde el primer toro hasta el último, pueden desencadenar reacciones de este jaez. Y que no se queje nadie, porque antes quemaban la Plaza, y si no que se lean las crónicas de Almagro (con Cagancho) y Barcelona (con Domingo Ortega), sin ir más lejos. Ayer, no se llegó a tanto porque la sociedad del país, y por ende, el público de toros, ha ido refinando modales; pero la verdad es que los toros decepcionaron en grado sumo, se desencantaron los toreros y se cabrearon los aficionados. Hubo una voz potente –estridente, diría yo– que sentenció desde el tendido, cuando ya se anunciaba la anochecida: ¡Adolfo! ¡Golfo! Hombre, no era para tanto. Adolfo Martín es un gran ganadero, un ganadero de esta tierra que ha cosechado triunfos memorables en este ruedo. Vino a lidiar a Madrid cuando la temporada agoniza y trajo la corrida más apañada que pudo espigar entre las encinas de Los Alijares. Es cierto que falló la homogeneidad de presentación y los tipos tuvieron demasiado contraste, pero lo peor, lo más grave, es que los toros adolecieron de casta brava a niveles insospechados en este hierro ganadero y que algunos blandearon, hasta llegar a la extrema invalidez del quinto de la tarde, justamente devuelto a los corrales.

Claro que para entonces la corrida se estaba precipitando por el despeñadero del fracaso, y cualquier flaqueza era reprimida por una comprensible intolerancia, si es que la intolerancia puede comprenderse. Fracasó Adolfo Martín. Sin paliativos; pero de ahí a que se le insulte gratuitamente para el desahogo de un sujeto que quiere evitar la hernia de hiato, media un abismo. Mala corrida. Floja, descastada, con algunos toros de mortecina embestida o agarrados al piso y otros con aviesas intenciones. Así no hay quien haga vida de este ganado, es decir, así no hay quien triunfe, y menos en Madrid.

Por tal razón, me parece poco razonable la pitada final a Talavante, una de nuestras más rutilantes figuras del toreo, que tuvo el “gesto” (que yo detesto, dicho sea de paso) de irse a porta gayola para saludar al primer toro del festejo. ¿Necesitabas este “gesto”, Alejandro? El caso es que la larga le salió limpia, pero el toro en seguida ensució la labor del extremeño con su flojedad y palmaria falta de casta. Volteó a Trujillo en la brega y lo lastimó para el resto de la corrida, aunque sin graves consecuencias, pero imposibilitó el lucimiento del maestro. Miraba y medía el toro, a ver si encontraba carne humana y no tuvo un solo viaje que alumbrara ciertas esperanzas de triunfo. Pinchazo y media, y pititos. Comenzaban a echarse los ingredientes en la olla. El cuarto fue grandullón y serio, pero, sencillamente, no tuvo ni un pase. Se le hizo de noche a Talavante con la espada y los pitos subieron de tono. Más ingredientes. Álvaro Lorenzo, en cambio sorteó el mejor toro de la corrida, que no hubiera pasado de mediocre de no haberse enlotado con los otros cinco del mismo hierro. Humilló y le pegó al torero doce o quince arrancadas nobles y fijas que sirvieron para que se vieran unos pocos pases naturales de cierta calidad.

A Lorenzo también se le cerró la noche en agua con el verduguillo. Paré de contar cuando llevaba diez golpes. Escuchó un aviso. Y dos en el quinto-bis, sobrero del conde de Mayalde, un cinqueño gordo y serio que prometió, pero no cumplió, como los Bancos de las preferentes.

Digo esto porque se comportó con evidente codicia, pero acabó doblado las manos. En este creo que dio nueve golpes con el de cruceta, pero ni estoy seguro ni me preocupa.

Y Luis David Adame se midió con un adolfo que se ganó a pulso el remoquete de toro anti-emoción. ¿Qué hacer con semejante muermo, además de indolente, flojo? Nada de relieve. Y así consumió los minutos de su faena este segundo Adame, promesa que fuera de novillero y torero de expectativas en su tierra mexicana. Un sablazo acabó con el anti-toro de Adolfo, y la gente no se pronunció. Sí lo hizo, en cambio en el que cerró la corrida, cuya lidia trascurrió con los mahumores del público subidos de tono. El animal era un cinqueño asaltillado y vareado que empujó con fijeza en dos varas, después de que fuera saludado por Luis David con una nueva suerte: la verónica en cuclillas, algo de tan escasa esbeltez como esas chicuelinas que ahora dan algunos toreros con el compás abierto, y que obligan a dar con la capa un latigazo contra la pierna del torero y un sopapo al costillar del toro. La moda. Bien, el caso es que el diestro mexicano se esforzó por sacar partido a otro descastado de Adolfo, que apuntó –solo apuntó—cierta nobleza. A esas alturas de corrida, el público ya no estaba para aguantar intentonas inútiles. Así que cuando acertó Luis David a la última y dobló el toro, después de sonar un aviso, la olla de las Ventas estaba a rebosar de ingredientes, y borbolleaba que daba miedo. Ya casi nadie se acordaba del esfuerzo de Juan José Trujillo por colocar banderillas con una pierna lesionada, ni de los soberbios pares de banderillas de Sergio Aguilar, Alberto Zayas y Manuel Martín. La mecha de la bronca ya estaba prendida y no tardó en estallar por entre la nube de almohadillas. Qué digo bronca: gran bronca. La gran bronca que pretende ser el lenitivo de la gran decepción.

A propósito del adjetivo “gran”, apócope de grande: se cuenta que en la época del “sobre taurino” como estipendio a los cronistas de una época felizmente superada, y estando leyendo Curro Romero la reseña de una de sus tardes desafortunadas, motejada con el calificativo de “gran bronca”, inquirió de su apoderado sí el autor del escrito no había recibido el “sobre” correspondiente, y ante la respuesta afirmativa, respondió, a su vez, el Faraón: “Hombre, pues podría haber quitado lo de “gran”…

Ayer, tras la corrida de Madrid, estaba justificado.

Publicado en República

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