Sublime Diego Urdiales con el “Hurón” de Fuente Ymbro y toda la verdad por delante

La muerte de Hurón.
La muerte de Hurón.

Por José Ramón Märquez.

Que si los toros, que si el Ymbro, que si… ¡A la porra! Aquí hoy no hay más argumento que Diego Urdiales con Hurón, número 120, con la que ha liado el Faraón del Cidacos al Ymbro que hacía cuarto, con la soberana lección de toreo que hoy ha dictado en Las ventas don Diego Urdiales, torero, para tapar todas las bocas que se dedican día tras día a engatusar a los incautos, a confundir a las buenas gentes, a mentir a favor de la obra demoníaca del neotoreo, porque hoy un señor de la provincia de Logroño ha explicado la verdad incorruptible del toreo, la que esos desgraciados de los periódicos, los de la televisión, los de la radio tratan de ocultar, de negar, atendiendo a oscuros manejos. Y Diego Urdiales hoy ha toreado en Madrid como en su vida ha toreado ni toreará Julián López, figura, con toda la verdad por delante, con todo el cuerpo, dejándose el alma en cada uno de sus muletazos, haciendo aquello que sólo está al alcance de muy pocos elegidos: torear.

En esta fría tarde de otoño se han cortado en Madrid dos orejas de las de verdad, de las de Madrid, de las de peso y no esa especie de lotería primitiva de las orejillas aupadas por la ecuación de los cuatro elementos de todas las tardes: los pocos pañuelos, los muchos silbidos, la ayuda de los benhures de la mula y el miedo presidencial a la censura desde los púlpitos pagados a tanto alzado. Hoy Diego Urdiales ha puesto la Plaza como un cazo de leche hirviendo de pañuelos blancos, consiguiendo la extraña unanimidad que a veces se da en Las Ventas, y ha dado una segunda vuelta al ruedo por aclamación popular, porque había que prolongar la emoción de lo que se había visto unos minutos antes, de la pura expresión de toreo que Diego Urdiales había enseñado con la más absoluta naturalidad, con la más elegante falta de afectación, con la asolerada torería de un señor de cuarenta y tres años cuya alma hoy ha declinado en público todas las formas del verbo torear.

El que diga que vio al toro miente como un bellaco. El único que vio al toro fue Urdiales, que es el que más convenía que lo viese. O sea que Hurón no era como Laminado, número 184, que salió en tercer lugar y que cantó ya desde el inicio y ante los capotes la magnífica clase de su embestida, su tranco largo y alegre, la promesa de algo grande en sus acometidas, ni como el diablo de Soplón, número 68, ansioso de echarse a los lomos a quien se pusiese ante él, artero, listo y agresivo, que lo era en grado sumo, incierto y poco digno de confianza… Hurón era, digámoslo así, un toro más, al que después de una discreta pelea en varas y de cumplir en banderillas, pidió Urdiales que se lo llevasen hacia los terrenos del 4, pensábamos que con la idea de verse menos molestado con el viento que le había importunado bastante al riojano en el primero de la tarde. Comienza su faena doblándose con el toro y en seguida toma la derecha; al cite el toro se viene con prontitud y franqueza, muy fijo en el engaño, y ahí surge en esa primera serie, el primer prodigio en forma de un redondo larguísimo dado a cámara lenta y rematado perfectamente atrás al que el toro se entrega sin contemplaciones, ligado con otros más y uno por alto que nos ponen a cavilar sobre si el torero ha visto algo en el toro que nadie más había visto. A continuación se pasa el riojano la muleta a la izquierda y pone al toro en marcha citándole con un ayudado para, una vez con el toro en movimiento, dar tres naturales de cartel de toros, el medio pecho, la pata adelante, el toro toreadísimo y rematar de manera torerísima con otro ayudado por bajo, un molinete y un pase por alto. No se puede torear mejor. El mando en la muleta, la velocidad del pase dictada por el torero, la manera de quedarse en el sitio entre muletazo y muletazo, la naturalidad en la forma de estar frente al toro, la falta de cualquier brusquedad en la manera de plantear la serie, la improvisación y la alegría en el remate de la serie ponen unánimemente a la Plaza en pie ovacionando de manera sincera ese compendio de toreo que acaba de realizar Urdiales. La siguiente serie es también con la mano izquierda con iguales argumentos en cuanto a colocación y verdad. En esta serie el toro se para al salir del tercer natural y el riojano resuelve con cabeza, retirando la muleta y volviendo a plantear el cite sin enmendar la posición para dar un soberbio pase natural, todo mando y temple, y finalizar con dos ayudados por bajo, una trincherilla y uno del desprecio y recibir la asombrada, fervorosa, ovación de la cátedra. Vuelve a la mano derecha y hace correr al toro hacia un pase de trinchera y a continuación cuatro o cinco redondos de trazo firme y sin rectificar la posición, de nuevo el toro toreado girando alrededor del torero, que remata toreramente con un cambio de mano por detrás, un natural y un abaniqueo. A esas alturas se ve que es preciso matar al toro, que la faena, concisa e intensa, ya está hecha y que el toro ha sido exprimido de manera completa en las series que se han descrito, que no hace falta ya nada más. A continuación se va Urdiales a por el estoque de verdad y tras otra serie de naturales basados en los mismos argumentos de los anteriores pero con el toro más agotado, se lanza a cobrar una estocada entera y desprendida que acaba con la vida de Hurón. La faena se ha hecho por completo en el mismo sitio en el que se inició, en el que el matador eligió desde el inicio, donde mandó a los peones que le llevasen al toro y, sólo después de la estocada se rompe esa unidad de espacio cuando el toro cobardeando se empieza a ir hacia chiqueros, primeramente, y luego hasta la puerta de arrastre, seguido de manera torerísima por Urdiales y su cuadrilla hasta que al fin se desploma bellamente, tras de lo cual surge inmediatamente la petición más auténtica que hemos visto en Las Ventas en todo lo que llevamos de siglo XXI.

Hay muchos tipos de aficionado, todos muy respetables. Algunos necesitan alimentarse de lo que sea, de medianerías, de engañarse y pensar que ven cosas, espejismos del buen toreo, latón vendido como si fuese oro puro con lo que ir tirando tarde a tarde. Otros sólo esperamos que surja el toreo, que surja la emoción que viene desde adentro, la que te hace levantarte del asiento y batir las palmas como un resorte primitivo, como cuando se tiene sed y se bebe. No tenemos prisa, porque sabemos que es posible que una buena tarde de otoño un señor de cuarenta y tres años vestido como un príncipe oriental, de azul pavo y oro, nos remueva todas las fibras, nos reencuentre con todo lo que nos hizo aficionarnos a esta pasión, nos recuerde que por más vulgaridad que tengamos frente a nosotros cada día, hay por ahí algunos que no renuncian a la esencia (esencia que tratan de denostar a diario tanto fenicio como hay por ahí con un micro o una pluma en la mano), a la pureza del cite, del mando, del temple, de la cargazón de la suerte, de la naturalidad.

Diego Urdiales ha firmado en Madrid una de las mejores faenas que se han visto en Las Ventas en lo que va de siglo utilizando los argumentos del siglo pasado y del antepasado: la muleta en la izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio. Si hubiese media docena de jóvenes que en vez de mirarse en el espejo de la vulgaridad de tantas tardes, en el engaño hortera de tantas figuritas de mazapán, se quisieran fijar y aprender de lo de hoy, lo mismo otro gallo nos cantaría.

La tarde dio para más, Chacón estuvo hecho un tío con el segundo, pero hoy sólo apetece hablar de Diego Urdiales.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

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