
El problema es que cuando se pegan pases sin que nada pase, esto es, sin que nadie (que se sepa) se emocione ni en el ruedo ni el tendido, esta Fiesta nuestra se convierte en un espectáculo mecanizado, incapaz de generar estímulos, carente de imaginación y, por supuesto, incapacitado para la sorpresa – Fernando Fernández Román.
Por Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA.
No sé yo, reto a quien si lo sepa, cual es el concepto que tendrán la mayoría de los matadores actuales (y novilleros) en Mexico de lo que es torear.
Torear -pensábamos- es responder a la embestida del toro con el tipo de lances o pases que aquélla faena necesite, y en el terreno, la distancia y la cantidad que determinen las condiciones del toro. Todo en una justa medida.
Pero para algunos toreros en la actualidad todos los toros deben de ser iguales, pues a todos les aplican la misma faena, con un repertorio basado en la repetición. Es decir, que pegan y pegan muletazos hasta el cansancio, como sucedió el pasado domingo durante la cuarta corrida de la Temporada Grande de la Plaza México.
No importa si son buenos o malos; lo que importa es que sean muchos, por docenas o cientos si se puede para asegurar un trofeo, como el que se llevó Sergio Flores del segundo de su lote de la ganadería de Xajay.
Y mientras los matadores están ahí en el ruedo pegando muletazos como si estuvieran pegando ladrillos sin ver la hora de acabar, resulta que cada último tercio en la actualidad dura más del doble que los dos primeros juntos. Y a eso es a lo que le llamamos lidia hoy en día. Que en realidad no debería de tener ningún adjetivo, porque nada es realmente ese tipo de toreo. Si acaso, es una paliza para los espectadores de esos conciertos de pases sin ton ni son.
Y así navega la presente Temporada Grande un domingo si y el otro, también, mientras el espectáculo se cubre de mediocridad y aburrimiento, porque si algo abundan en la actualidad son los toreros vulgares. Pero la época taurina que vivimos es así, de una monotonía insoportable. Apenas hay matadores que destaquen, y éstos, en su mayoría son veteranos, ya de vuelta de casi todo.
Esperemos que el próximo 9 y 12 de diciembre se produzca un milagro, y podamos ver, aunque sea, un par de pinceladas de toreo puro y de sentimiento, para salir de este valle del terror del pegapasismo al que nos están condenando los toreros millennials.
Es lo que digo yo.
Twitter @LuisCuesta_



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