Corrida Guadalupana: Pachanga pueblerina

Morante. Foto la Plaza México.

Por José Cueli.

Todo lo que el toreo ha ganado en belleza, lo ha perdido en peligro y emoción. Se ha generalizado la lidia del medio toro, el de media casta. Toro con el que no queda nada qué hacer porque todo está hecho.

Pero cuando la media casta es tan marcada y no, aparece la belleza como en la tarde de ayer es una actividad sumamente tediosa.

Cuatro horas y pico de ver desfilar toros indignos de la Plaza México y toreros pasando fatigas. Para salvación el torero peruano Andrés Roca Rey en el octavo y último astado le echó sitio y valor a un novillón al que prácticamente apenas se le picó e hizo sus florituras. Eso sí hizo un quite por gaoneras que electrificaron la plaza y le valieron cortar las orejas y salir en hombros entre una multitud enloquecida por la rabia contenida durante toda la tarde.

Corrida que resultó una aburrición y que fue síntoma de esta época en que se vivencia el hastío, el vacío y no queda más que ir con el cervecero a mano para aplacar la represión

¿El duende no apareció? Seguramente se fue a la Basílica.

En la Plaza México no se oían las guitarras ni voces que cantarán a la bailadora cimbrando su cadera por las escaleras aplaudiendo a toros engañados.

Habrá que buscar a las bailaoras de Federico García Lorca que se quedan con pérdidas de la noche y no quisieron venir para que yo no venga a ver torear a Morante que pasó como un cometa en la noche.

Publicado en La Jornada

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