Triunfa el temperamento de los toros de Barralva en la octava corrida de la México

¡Qué daño le hacen a la fiesta los toros pasadores y los toreros vividores, las empresas maternalistas y la crítica alcahueta!

Por Leonardo Páez.

Cuando por toriles sale el toro con transmisión de peligro desaparecen los gritos y el público, que puede no saber pero sí sentir, es atrapado por la magia negra de la lidia y más que ver torear bonito aguarda, sobrecogido, emocionarse y gozar sufriendo, mientras el torero siente que el heroísmo existe y que puede hacerlo suyo. Lo demás es lo que ha sacado a la gente de las plazas, porque el toreo no es diversión sino emoción.

En el enésimo cartel cuadrado –los diestros acartelados debieron alternar con alguno de los que figuran, no entre ellos– no tiene caso hablar de la entrada, habida cuenta que en estas fechas las únicas cornamentas que distingue el público son las de los renos del barbón de rojo. De lo que es obligado hablar es del concepto de bravura que aún conservan algunos ganaderos mexicanos, no obstante las imposiciones de los comodinos diestros importados, sin empresa ni autoridad que los meta al orden.

Acudiendo al caballo con fuerza, si bien la mayoría al picador colocado en la querencia, altos de agujas, muy bien armados, desarrollando sentido si no eran sometidos, prontos, nerviosos, con embestidas a veces claras y a veces menos, pero siempre exigentes, los toros del hierro queretano de Barralva, encaste Atanasio Fernández, recuperaron la jerarquía taurina de la Plaza México, inexcusablemente escamoteada desde hace décadas, y colaboraron con su comportamiento durante la lidia a la exitosa despedida del diestro tapatío Alfredo Ríos El Conde, quien regaló otro de Barralva, y al triunfo de sus encastados alternantes tlaxcaltecas, Uriel Moreno El Zapata y José Luis Angelino. Tres tauromaquias de tres destacados matadores y lucidos banderilleros.

Seguro y sereno, por momentos demasiado, anduvo El Conde toda la tarde. Recibió con suaves verónicas a su primero, que ocasionó un tumbo, cubrió con desahogo el segundo tercio y con la muleta se vio solvente aunque con variado temple, sin estructurar del todo la faena. Dejó tres cuartos y recibió una oreja. Su segundo, de bella y simétrica encornadura, tuvo calidad en la embestida sin que hubiera continuidad en el trasteo.

Y con el de regalo, de encaste Saltillo, más bajito, menos aparatoso de cuerna y sin exceso de kilos pero armonioso de hechuras, Alfredo lanceó con gusto, volvió a lucir con los palos y tuvo buenos momentos, sobre todo por el izquierdo, pinchó arriba una vez, dejó una entera y recibió otra oreja.

Sobrado de sitio y muy dispuesto, El Zapata expuso en banderillas y supo someter a su primero para después templar, mandar y ligar en una faena coronada con un estoconazo, siendo prendido en el embroque, obteniendo una oreja a ley. Su segundo, un precioso castaño, quitó por navarras, brindó al Conde y si no falla con la espada, se lleva otra oreja.

José Luis Angelino no le vio posibilidades a su primero, que las tenía, y a su segundo, de pelaje burraco (manchas blancas en la parte trasera del toro), lo recibió con ceñidas gaoneras, quitó por estatuarias saltilleras y clavó tres pares midiendo muy bien la embestida, sobre todo en un violín superior en tablas que levantó a la gente.

Si bien logró meter al astado en la muleta faltó estructuración, pero un fulminante volapié que mató sin puntilla hizo que el público, emocionado, demandara una merecida oreja.

¡Vaya tarde de emociones!

Publicado en La Jornada

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