Ganaderos de bravo: una pasión que va más allá del negocio

Por Gerardo Rodriguez.

En alguna ocasión, Jaime Álvarez, apoderado de la ganadería de Xajay, dijo que el ganadero de lidia debería cambiar su nombre a “perdedero”, por los sacrificios económicos que conlleva la crianza de toros de lidia.

“El margen de utilidad no es el mismo que si fueras un ganadero de carne, pero ser ganadero de lidia es todo un estilo de vida. Hay locos que la vida, por alguna circunstancia, nos puso a dedicarnos a esto”, menciona don Javier Borrego Estrada, propietario del hierro Santa Bárbara, ubicado en el estado de Zacatecas.

“El toro de lidia sirve para un espectáculo mítico, una razón de ser entre la vida y la muerte, una expresión artística… alrededor de la tauromaquia ha habido pintores, escultores, escritores, se ha hecho música y es parte de la identidad de México”, reflexiona Javier.

Tras 31 años en el mundo taurino, Borrego Estrada lo tiene claro. Refiere que la ganadería de lidia es un negocio tan, tan difícil, que si no se tiene la vocación y la pasión para afrontar todo lo que implica, muy probablemente “estés fuera, estés out”.

A diferencia de un ganadero normal, los ganaderos de lidia estudian exhaustivamente la genética y las calificaciones de los toros y las vacas para lograr producir un animal que goce de los atributos requeridos para presentarse en una plaza.

Nacido el toro, se desteta pasados los siete meses y se acomoda en un lugar especial dentro del rancho, cercano a una libertad absoluta, sin ningún tipo de acoso, para que continúe con su desarrollo. Cumplidos los dos años, se realiza la tienta, prueba en la cual se trata de recrear en el hierro lo que experimentará el becerro más adelante en el ruedo, con la finalidad de medir su bravura. Durante la tienta, el ganadero evaluará a los animales, y aquellos que obtengan una mayor calificación se convertirán en sementales de la ganadería. Cabe destacar que también se realizan tientas de hembras; aquellas mejor valoradas se elegirán como madres de la ganadería.

Posteriormente, continúa el desarrollo del toro, durante el cual se pone énfasis en su alimentación, pues a diferencia del ganado para consumo humano, el toro se prepara para ser el epicentro de un espectáculo: “Es diferente el balanceo de la fórmula del alimento, porque nosotros no queremos grasa ni carne marmoleada. Nuestra función no es esa, sino que el toro dé un espectáculo de veinte minutos dentro de una feria”, cuenta Borrego Estrada.

A partir de ahí, se hace otra “despeinada” para elegir a los animales que el ganadero considera más aptos para un festejo taurino. A su vez, las empresas taurinas y los toreros envían a sus veedores a la ganadería para observar a los toros, calificarlos e iniciar las negociaciones.

“Ahí entra la parte empresarial de cómo comercializas, y evidentemente hay niveles. Por ejemplo, la plaza México es la cima, y después de ahí siguen plazas importantes como la de Aguascalientes, la de Monterrey, la de Guadalajara. Hay un mercado donde los precios fluctúan de acuerdo a las plazas y a los toreros que lidiarán”.

“Así es como vas tratando de mantener el éxito, porque también tenemos ciclos: a veces nos caemos y son errores costosos, porque estamos hablando de procesos de cuatro años, por lo menos. Si te equivocas con el semental, que, por ejemplo, montó a cinco vacas, y te das cuenta que te equivocaste hasta que lo ves en un tentadero, ya cuando lo tienes a él, al hermano, al que está en el vientre… Un error te cuesta tres años, lo que te hace ser muy estudioso para que el margen de error sea mínimo”, explica.

“Es un negocio que tiene muchas aristas y la gente no lo ve. No hemos tenido la capacidad de difundir lo que hay detrás del toro de lidia: hay estudio de genética, alimentación, hay selección, hay un tema ecológico, porque las ganaderías se han vuelto un entorno ecológico…”, profundiza Borrego.

Entrar en el circuito de las plazas mayores puede ser una tarea muy compleja y larga. Por ejemplo, don Javier demoró nueve años en realizar su primera corrida, en Torreón, en un mano a mano entre Eloy Cavazos y Arturo Gilio: “Me tardé para tratar de evitarme frentazos y procurar que la probabilidad de mi debut tuviera éxito para incursionar al mercado importante”.

Pese a ser buen amigo del ganadero, Cavazos se mostraba escéptico por el desarrollo de la corrida, pues nunca había lidiado una res de Santa Bárbara: “Yo soy una figura y no toreo para probar nada”, le dijo. Al término de la corrida, Cavazos desorejó dos toros e indultó a otro. El estreno de Javier Borrego fue un rotundo éxito que atrajo la atención de empresas, plazas y figuras taurinas.

Pero mal haría un ganadero en obnubilarse y perder el suelo por el triunfo: “La envidia y la soberbia te la mata la propia actividad muy rápido. Cuando te pones petulante y arrogante, llega la siguiente corrida en que las cosas no se dan bien. Es Dios diciéndote que te pongas a trabajar, que esto no se trata de egos, sino que es un trabajo de verdad”.

“Generalmente, la labor del ganadero es poco comprendida. Claramente los toreros son los actores estelares, ellos son los que se juegan la vida; pero la responsabilidad de que el espectáculo sea exitoso recae toda la tarde en el ganadero. El torero tiene la responsabilidad en sus dos toros; si no tiene suerte, tendrá una corrida dentro de ocho días y otra dentro de quince… Y el ganadero no. Es una responsabilidad muy íntima. Una mala tarde te puede marcar profundamente”.

Y es que durante cuatro años, que es el tiempo que tarda un toro en llegar a una plaza, el ganadero puede trabajar minuciosamente para garantizar, en la medida de lo posible, que el animal tenga los atributos necesarios para ofrecer un espectáculo digno; que el astado provenga de un linaje caracterizado por su trapío o su bravura; pero ninguna de las circunstancias anteriores asegurará que esté a la altura de sus antecesores.

“Aquí dos más dos no son cuatro, porque en este espectáculo nunca vas a ver algo igual: no hay un guion, todas las tardes son diferentes”.

“Este tipo de actividad te une familiarmente”, dice convencido Borrego Estrada. Dentro de su rancho de mil hectáreas, hay tres árboles de especial significación para don Javier. Cada uno de ellos representa a sus tres hijos: “Cada vez que nació un hijo mío planté un árbol. Así le das un sentido al tiempo. Somos muy de que si no dejas una marca, no te das cuenta que la vida pasa”.

“Aquí es mi pedacito de cielo”, concluye, emocionado, Javier Borrego Estrada.

Publicado en Líder Empresarial

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