Recuerdos: Toreo grande de Armillita Chico

Por JOAQUIN VIDAL.

Nueve ganaderías / Ocho matadores y un novillero

Novillos de Torrestrella, El Torreón, Daniel Ruiz, Samuel Flores, Juan Pedro Domecq, encastados; Lora Sangrán (toro), bronco; José Luis Marca, bravo; Jandilla, noble, y Hermanos Sampedro (toro), inválido.

Palomo Linares: estocada tendida caída (vuelta).

Curro Vázquez: media estocada caída y rueda de peones (aplausos y saludos).

Manzanares: estocada trasera baja (ovación y salida al tercio).

Ortega Cano: estocada ladeada (oreja).

Armillita Chico: estocada corta trasera (dos orejas); salió a hombros por la puerta grande.

Espartaco: estocada caída (oreja con algunas protestas).

El Soro: estocada corta trasera ladeada y descabello (división y saluda).

Joselito: estocada y rueda de peones (ovación y salida al tercio).

Javier Conde: dos pinchazos, otro hondo perpendicular atravesado y cinco descabellos (palmas y saludos).

El público dedicó grandes ovaciones a Julio Robles, que presenció el festejo desde un palco. Varios matadores banderillearon los toros y otros retirados, más Francisco Rabal, hicieron de torileros. Asistió la Condesa de Barcelona, madre del Rey. Plaza de Las Ventas, 24 de octubre. Festival. Cerca del lleno.

Una voz salió desde los altos del tendido: “¡Llevamos cuatro toros y aún no he visto torear!”. Quizá exageraba aquella voz, o la moción resultaba discutible. Pero unos minutos más tarde se hizo presente Armillita Chico, embebibió en la pañosa al torillo encastado, y ya no había discusión, todos de acuerdo: aquello era torear. Torear a lo grande; ciñendo el muletazo, relajado el cuerpo toreador, templado el pulso de la mano torera… Armillita Chico-toreo grande; oh, qué curiosos contrastes ofrece la vida.

Le llaman Chico por distinguirlo de su padre, una gloria del toreo mexicano, que también se apodaba Armillita. Sólo por eso, pues el manito es un mocetón, y conoce la técnica del toreo bueno, y le fluye el arte. Bien que otras veces, en este mismo coso, no había podido demostrarlo. Los toros, ya se sabe. No es lo mismo lidiar un toro con las hechuras y los redaños habituales en Las Ventas, que el novillo encastadito y noble. Mas novillos encastados y nobles salieron varios en el festival, y quien supo hacerles toreo grande fue, precisamente, Armillita Chico.

El público estaba muy decidor. A Julio Robles le gritaron: “¡Ánimo, Julio, que España está contigo!”. La afición había concurrido en masa para rendirle homenaje, en su memoria el clasicismo hondo característico del gran torero, que hoy no puede interpretar frente al toro, por culpa del infortunio. La afición en masa y la torería al completo

habían acudido; la que permanece en activo y la que peina canas (si es que tiene la suerte de peinar algo; Pablo Lozano, por ejemplo, poco), aunque unos y otros parecían chavales.

“El Curro verdadero”

A Palomo Linares le gritaron: “Parece que tienes 18 años!”, y entonces Palomo se dio el gusto de lancear a la verónica y muletear con sabor de torero antiguo. Sí, la gente no paraba de hablar. El público madrileño es así: lo que piensa, lo suelta. Acababa Curro Vázquez de componer con ayudados y trincherillas el preludio de una sinfonía, cuando alguien gritó: “¡Este es el Curro verdadero!”. Y hubo cierto consenso, que se acabó rompiendo pues la sinfonía resultó incompleta: el toro iba a menos y la faena perdió ritmo.

Manzanares, artífice de media verónica belmontina, practicó luego el toreo moderno, que consiste en dar un derechazo y salir corriendo. Tal cual lo haría después Joselito, cuya acendrada modernidad le ha hecho olvidar la torería, que tenía maravillada a la afición. Voluntarioso mas no quieto el fino torero alicantino, otro aficionado de lejanos altos le gritó: “¡A ver cuándo toreas en serio!”. Se enfadó el diestro y contestó no-se-qué; no se pudo entender bien, con aquel jaleo, aunque el toro se dio por aludido y empezó a mugir.

Ortega Cano resolvió con técnica los problemas que planteaba la casta del toro. Le iba a desbordar, y no le desbordó, por colocarse en el terreno adecuado, mandar en el natural y ligarlo con el de pecho. A Espartaco le correspondió un toro bronco que asimismo estuvo a punto de desbordarle en los naturales, mas el torero eludió el compromiso, fijó la descompuesta embestida y mandó en varias tandas de ligados derechazos.

A El Soro quien le dijo cosas fue Matías Prats, que anunciaba por megafonia la intervención de los matadores en el tercio de banderillas, y como El Soro banderilleó su propio toro, aclaró que se trata del único banderillero del mundo capaz de banderillear haciendo el remolino. Tenía mérito ejecutar la suerte banderillera, pues el codicioso toro embestía con muchos pies. Tanto, que el diestro no lograba templarlo y recurrió a los remolinos en la faena de muleta.

“¡Torero!”, oyó Joselito tras mecer la media verónica, gustarse en lances del delantal, sacar su toro a los medios mediante pases de la firma y un cambio de mano excelso. No obstante, corrió lo suyo en la práctica del toreo moderno y sufrió un feo desarme.

El novillero Javier Conde, nuevo ante la afición madrileña, quiso mostrar cuanto arte atesora. No le faltó detalle: desde el pulcro traje corto, donde combinaba distintos tonos de marrón, hasta la toalla, tostadita a juego; desde el comienzo de la faena a muleta plegada, hasta el cimbreante natural. Sin embargo no contaba con el toro -un inválido de escaso embestir-, y muchos pases se los daba al aire.

A hombros

A hombros salió Armillita, que había hecho el toreo grande en sus dos fundamentales versiones -el redondo y el natural- y en los complementos, interpretados con exquisita torería. Y a hombros se hubiera querido llevar la afición a Julio Robles, en recuerdo de sus brillantes tardes venteñas. Ojalá. Ya lo dijo aquel espectador, portavoz de la plaza entera: “¡Animo, Julio!”.

A las cuatro de la tarde entró Julio Robles en el ruedo, y ya lo esperaba impaciente el público, pero entre una multitud de fotógrafos que le fotografiaban y otra multitud de taurinos, artistas e intrusos que pretendían salir en la foto, no se le vio, ¡mecáchis! En cambio se le pudo ver cuando le acomodaron en el palco, desde donde recibió el brindis de los toreros. Acaeció en el primer toro. Se lo brindó Palomo, se unieron los restantes matadores y le lanzaron los nueve sombreros. Los lanzaron todos a una, solidarios con el compañero, que difícilmente podía contener las lágrimas. El festival transcurrió emotivo e interesante. Tres horas y media duró, y aún se hizo corto.

Publicado en El País

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