FERIA DE SAN ISIDRO: Grave cornada a Escribano

Manuel Escribano, cogido en su segundo toro. JULIÁN ROJAS.

Román cortó una valiosa oreja en una tarde irregular de Roca Rey ante desiguales toros de Adolfo Martín.

Por Antonio Lorca.

Roca Rey tuvo en sus manos la puerta grande y la perdió en el último momento al fallar con la espada. Le tocó en suerte en mejor toro de la tarde, el sexto, el de más calidad y casta -el menos adolfo de los seis, si se exceptúa el dulzón primero-, y lo muleteó lo mejor que sabe, como si toreara un domecq. Aprovechó la pronta embestida del animal, su fijeza y humillación, y las tandas brotaron con la intensidad que produce el toreo largo, hilvanado y bien abrochado con el de pecho. Bien plantado en todo momento, toreó, es verdad, al hilo, despegado, con la pierna retrasada, ventajista y escasamente profundo. Pero el público de Las Ventas, generoso siempre y más con las figuras, no repara en tales tecnicismos y se entusiasmó con la labor del torero peruano. La faena bajó de tensión con la mano izquierda, el toro también ya exprimido en su fortaleza, y la euforia colectiva la apagó el pinchazo que precedió a la estocada final.

Pero ¿estuvo bien Roca Roca, a la altura del compromiso de los toros de Adolfo Martín que le tocaron en el bombo?

Pues no.

La impresión que produjo es que estuvo sin estar en él, muy presionado, apesadumbrado, embotado, como superado por el serio compromiso. No hubo toreo de capote, ni quites, ni chicuelinas, ni gaoneras, ni arrucinas. Precavido en todo momento, sobre todo ante el descastado y complicado primero -una y no más-, se tentó la ropa, y supo -lo sabría de antemano- que un adolfo es cosa seria. De ahí, que pasara inadvertido ante su soso primero, despegado y sin confianza.

El comienzo de la corrida fue de película. Atentos. Suenas clarines y timbales, y Escribano, capote en mano, se encamina hacia la puerta de toriles. ¡Qué valor!, comentan unos; ¡qué locura!, otros. Y se hace el más absoluto silencio cuando el torero se arrodilla en los medios e indica al torilero que abra la puerta de los miedos.

Más de 23.000 almas posan su mirada en el lugar de los hechos y aguantan la respiración. Escribano, inmóvil, y la frecuencia cardiaca en alto voltaje.

Uno, dos, tres, segundos, quizás… La plaza entera esperaba que saliera ese toro de bella estampa, alto, desafiante, bien cornamentado y que, posiblemente, se frenaría antes de llegar al torero y lo pondría en apuros.

Y salió… una sardina (“Oye, cuidado con lo que dices, que es un adolfo“). Bueno, pues salió un torete; mejor, un toro armónico, bonito, estrecho de sienes, como dicen los muy cursis, justísimo de trapío e impropio de esta plaza.

Y oh, sorpresa. Los tendidos quedaron en silencio porque era un adolfo, respetabilísimo hierro, pero si el toro luce otra divisa se forma aquí la marimorena.

Lo que es la vida…

Después, el toro fue un bendito, pariente cercano de los artistas de Domecq. Blando, nobilísimo, soso, que embistió, cuando lo hizo, con fijeza y dulzura. Un artistón indolente. Escribano, que lo banderilleó con mucha soltura, insistió sin mucho sentido, en una faena de muleta eterna y cansina, y nada bueno pudo sacar del bonancible comportamiento de su oponente.

Completamente distinto fue el cuarto. Lucía dos pitones largamente astifinos en el cuerpo de un serio señor toro de gran trapío. Lo picó muy bien Juan Francisco Peña, acudió alegre y con fiereza a las banderillas, y Escribano se lució en los dos primeros pares, y falló en el tercero, que citó sentado en el estribo y con intención de hacer el quiebro por dentro.

Sobre el papel, era el toro de la tarde. El torero lo esperó en el centro del anillo, citó de lejos y lo recibió con dos pases cambiados por la espalda en otro de los momentos verdaderamente emocionantes del festejo. El animal embistió con templanza y fijeza, y el torero estuvo a la altura en dos buenas tandas con la derecha. El tendido apostó por el toro, cada vez más tardo en sus embestidas, al tiempo que el animal no olvidó su sangre, y en un muletazo por la izquierda enganchó al torero y lo corneó gravemente en el muslo izquierdo.

Román salía de la enfermería cuando entraba Escribano. Le había producido un puntazo el segundo de la tarde, soso y de malas intenciones. Y se desquitó ante el quinto, encastado y fiero, al que el valenciano le hizo frente con firmeza, valor, pundonor y una muy valiosa entrega. Muchos muletazos de su intensa faena tuvieron enjundia y profundidad, y paseó con todos los honores una muy merecida oreja.

¿Adolfos? No te puedes fiar. No perdonan. No son toros fáciles. Miden y aprenden. Las figuras huyen de ellos. Y Roca ya habrá pensado aquello de “Una y no más”.

MARTÍN / ESCRIBANO, ROMÁN, ROCA

Toros de Adolfo Martín, desigualmente presentados -impropio de esta plaza-, irregulares en el caballo, encastados, sosos y complicados; destacaron los tres últimos en el tercio final, especialmente, el sexto.

Manuel Escribano: -aviso-, estocada trasera y caída (silencio). Fue cogido por el cuarto. Sufrió una herida en el muslo izquierdo con una trayectoria de 25 centímetros que produce destrozos y contusiona la vena femoral. Pronóstico: grave.

Román: casi entera atravesada y un descabello (ovación); dos pinchazos y estocada trasera -aviso y segundo aviso- (ovación en el que mató por Escribano); estocada, -aviso- (oreja). Sufrió una herida en la región glútea de 5 centímetros que lesiona fascia superficial y glúteo mayor. Pronóstico: leve.

Roca Rey: pinchazo y estocada (silencio); pinchazo y estocada (ovación).

Plaza de Las Ventas. 30 de mayo. Decimoséptima corrida de feria. Lleno de “No hay billetes” (23.624 espectadores según la empresa).

LA CORRIDA DEL VIERNES

Toros de Alcurrucén, para David Mora, Paco Ureña y Álvaro Lorenzo.

Publicado en El País

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