Obispo y Oro: ¡Se va sin torear!… ¿Adónde?

Por Fernando Fernández Román.

Si los toros tuvieran alma –que está por ver—habría que sopesar en qué condiciones y circunstancias abandonan este perro mundo. Vista la corrida de ayer, caigo en la cuenta de que es aquí, en Madrid, y en esta Plaza, la de Las Ventas, donde hace años se descubrió que también los toros de lidia pudieran albergar en su cuerpo esa materia inconsútil que acompaña a los entes de razón –supuestamente, los humanos– que profesan la fe católica. Es el público de esta Plaza quien invoca al más allá mientras los toros moribundos preagonizan en el ruedo, advirtiendo que está por llegar a ese otro “mundo ignoto de los toros” cierto individuo de la raza bovina que transporta una preciada carga, tan inaprensible como evidente: “¡se va sin torear!”. Este es el grito-mensaje que se lanza al viento de una tarde de corrida para que sea transportado hacia el infinito y pueda utilizarlo quien corresponda, si es que ahí hay alguien a quien pueda corresponder una hipótesis de semejante naturaleza. Los toros que se van sin torear en Madrid, al menos de media siglo para acá, podrían formar una torada tan nutrida, tan nutrida, que ríanse ustedes de las que pastoreaban en la Bética los súbditos del rey Gerión, antes entrar en guerra con Osiris, rey de Egipto.

Hago referencia a la protohistoria del toro de lidia, con sus derivaciones mitológicas subsiguientes, porque algo debe haber en el trasfondo de esa sentencia que se traslada por vía oral a los vientos de Las Ventas, entre silencio y silencio de las tardes de toros de Madrid para que se repita de forma tan pertinaz. Algo de verdad oculta se cuece en las mentes preclaras de esta conspicua afición, cuya portavocía la ostenta el voceras de riguroso turno. Son estos personajes maestros en el oportunismo de la semántica crítica. No fallan. Da la impresión de que los voceras le tienen tomada la medida al tiempo, al espacio y al momento idóneo para soltar el grito, “¡se va sin torear!”… que sonó en la tarde de ayer, soleada y ventosa, con los tendidos casi llenos, entre los que se encontraba, una vez más, el rey emérito don Juan Carlos recibiendo de nuevo la montera de los tres matadores en los brindis protocolarios de cortesía al que fuera primera autoridad del Estado español.

Según las voces fiscalizadoras de Las Ventas, ayer, al menos tres toros de Victorino se fueron sin torear: segundo, cuarto y quinto. Se fueron para el desolladero cargados de toreo, que es desperdicio imperdonable; por tanto, los reos deben cargar con la inmisericorde condena del jurado popular. Los desperdiciadores fueron dos, Octavio Chacón y Daniel Luque, este por partida doble. ¿Tan mal estuvieron los toreos y tan buenos fueron los toros? En modo alguno. Ciertamente, Octavio tuvo ocasión de resarcirse del mal trago que pasó con el toro que abrió el festejo, un victorino terciadito, que peleó en varas con la cara abajo, metiendo los riñones y manteniendo enhiesto el rabo, que según la filosofía campera de vaqueros y mayorales es dato nada baladí para identificar la explosión de bravura; pero fue un toro duro, difícil, de casta peleona y acoso a la defensiva, a la espera de echar mano al tipo que le engañaba con un trapo y mandarle al hule. Llegó a la muleta pidiendo toreros. Allí tuvo en Chacón a uno de ellos, uno de los que Madrid ha sabido destapar y lanzar a las Plazas del mundo, con el sello de torero a tener en cuenta. El toro medio se dejaba engañar por el pitón derecho, pero por el otro cortaba un pelo en el aire. Y por alto, se hacía el amo. Tras la estocada letal, el toro se fue a morir a los medios, con la boca cerrada, y esta expresión de dureza y bravura entintada en fiereza hizo estallar la primera ovación de la tarde. El torero fue “indultado”. Esta vez, el toro no se fue sin torear; es decir, se fue como entró: sin un pase. El cuarto, en cambio fue más cuajado y asaltillado de cuerna. Humillaba, sí, pero la codicia le hacía recobrar el terreno recorrido en el viaje a la salida de los muletazos y obligaba a Octavio a “perder pasos”, para recomponer la distancia que permitiera la ligazón. Este correr a saltitos para atrás no era sino un recurso imprescindible para que el toro no le cogiera a él, sino a la muleta, pero el público se lo recriminó, como hiciera Corrochano con el viejo Vicente Barrera Cambra en similar tesitura: “¡para gorrión!”, tituló su crónica. Duro, don Gregorio con aquél Barrera y duro el público de Madrid con este buen torero gaditano, que ayer pudo comprobar su volubilidad (la del público), sin aparentes razones que lo justifiquen. Así de implacable es esto, amigo.

A Daniel Luque también le mantuvieron a raya. Y eso que lo intentó todo, incluso torear a la verónica con pausada armonía a los toros de este encaste, que es empresa harto complicada por su forma de embestir, generalmente con las manos por delante, proliferando las revueltas de sus primeros embates. Daniel venía a vindicar glorias pasadas, porque aún tiene cosas que aportar y algo que decir en la tauromaquia de nuestro tiempo. A pesar de que su primer toro fue mal picado y muy sangrado en el caballo, Luque logró canalizar una embestida en principio incierta, hasta que le permitió abandonarse en varias tandas de muletazos con la diestra mano y cerrarlas con espléndidos pases de pecho. Al natural, bajó el tono, pero nunca el ánimo del torero. Colocó una estocada trasera, le enviaron un aviso y se dividieron las opiniones al saludar. Otro aviso sonó en el quinto, un toro silleto y cuellilargo que se frenó ante el capote, pero se arrancó como una flecha al caballo de El Patillas, que colocó un buen puyazo, y repitió célere acometida en la segunda vara, tomada con parecido impulso. Daniel Luque le pegó al toro muchos pases, estorbado por el viento y por las continuas protestas de los fiscalizadores. Cuando el de Victorino sucumbió, con la boca cerrada, de una media estocada trasera, refrendada con el descabello, el cónclave no se pronunció. Ya lo había hecho antes. Al parecer, los dos toros de Luque se fueron para el otro barrio “sin torear”…

Más afortunado estuvo Emilio de Justo, que salió vestido con un terno a estrenar e impecable, de tabaco muy negro (podría ser el Celtas Corto que fumábamos los estudiantes universitarios de mi época) y un bordado muy cuajado en oro. El tercer toro de Victorino, escurridillo de carnes, pero generosamente cornidelantero, fue picado tapándole la salida del caballo y llegó al último tercio pegando cabezazos, arreones al choque y, para colmo, flojeando de remos. Poco que hacer con semejante regalo. Pinchó Emilio porque perdió las manos el toro en el embroque y colocó a continuación una estocada de perfecta ejecución, aunque el animal se amorcilló y dilató su derrumbe. Un aviso sonó con la precisión acostumbrada.

El sexto fue el mejor de la muy variada corrida de Victorino Martín. Apretado de carnes, de cuerna abierta y veleta, el llamado Director se rindió a la excelencia capotera de Emilio de Justo, que toreó a la verónica como los consumados artistas de esta suerte. Fantásticos los lances y excelsas las medias verónicas del remate. El mejor toreo de capa en lo que va de feria. Acudió el toro con buen tranco a los banderilleros y se lucieron en esta suerte Morenito de Arles –¡qué contundente y espectacular el último par!—y Manuel Pérez Valcarce, sin obviar la buena brega de Ángel Gómez, que fue sorprendido por el toro y revolcado aparatosamente. Los tres, saludaron una ovación. Emilio de Justo se plantó en los medios, despatarrado, con el palillo de la muleta en la zocata y comenzó a dar un recital de toreo al natural. Ni viento, ni leches. Ahí está un torero. Fue una faena intensa, siempre apoyada en el clasicismo del toreo en redondo, largo de trazo, opulento de contenido, templado y sentido. Una gran faena que finalizó con una serie de naturales citando de frente. La espada se le cayó por la parte de acá, pero la petición de oreja fue clamorosa y la concesión del trofeo un premio inapelable, que nadie discutió. ¿O sí?

No crean, porque en esta Monumental puede pasar de todo, desde la rendición más absoluta a la negación más recalcitrante. Por suerte, esta vez el último toro no se fue sin torear. ¿O sí? Algunos se quedarían con las ganas de gritarlo a los cuatro vientos, en esta ocasión menos virulentos (lo vientos) que en tardes anteriores: En cualquier caso, el “¡se va sin torear!”…. quedó en el ambiente al finalizar la corrida. Ellos (los que gritan) sabrán adónde van estos toros, y, sobre todo, cuánta toreabilidad encierran sus carnes morenas, prietas y fatigadas. Pido encarecidamente que me descubran el enigma. Estoy en ascuas.

Publicado en Republica

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