Feria de Granada: José Tomás, la síntesis de todas las emociones

Tarde apoteósica del madrileño en Granada, con cuatro faenas para el recuerdo y corte de seis orejas y un rabo.

Por F. Martínez Perea.

El toreo -lo dijo Marcial Lalanda– es la síntesis de muchas emociones. Quien fuera autor de una de las mejores tauromaquias que han visto la luz, transcrita para mayor gloria por el catedrático Andrés Amorós, no habló ni de técnica, ni de la mayor o menor dificultad de las distintas suertes ni de la pureza de las mismas. Habló de emociones, de sentimientos, de la capacidad del artista de transmitir al tendido lo que vive en la inmensa soledad del ruedo, cara a cara con el toro. Porque a eso se reduce, ni más ni menos, que el toreo. Porque esa es, ciertamente, su grandeza. Porque, además, las emociones emergen a través de lo que es capaz de hacer el artista y de los riesgos reales que asume para ello en un escenario que no es de cartón piedra y donde todo, los sueños, los miedos, el triunfo o el fracaso son auténticos. No hay mayor verdad que la del toreo, ni mayor emoción que la de jugarse la vida ante un animal fiero, poderoso e imprevisible que no entiende de rangos ni de estatus. Ese es, ciertamente, el toreo, perfectamente definido por el maestro madrileño. Y ese es José Tomás, colosal torero que no había pisado los ruedos todavía cuando Marcial, el más grande -eso es lo que proclama su pasodoble- hizo su atinada proclama, pero que encaja como nadie en la descripción. Si el toreo es la síntesis de muchas emociones, José Tomás sustancia como nadie el toreo.

José Tomás ayer convirtió la Monumental de Frascuelo, abarrotada hasta los topes por abonados, ilustres invitados y famosos de todos los ámbitos de la vida social, en un lugar de culto. Un José Tomás que, frente a cuatro toros, cuatro, de diferentes hierros, ofreció la versión más pura de sus múltiples versiones. Un José Tomás en ocasiones místico, siempre puro y no sujeto a ningún patrón. Un José Tomás silencioso, pausado, templado, quieto como una estaca, vertical y que, por momentos, glorificó el tancredismo. Un José Tomás con un poder de fascinación tal, que con solo andarle a los toros, o ponerse frente a ellos, o colocarse para un cite, ya desata pasiones. Un José Tomás que convierte la liturgia del toreo en solemnidad y el rito en algo personal e intransferible. Un José Tomás, como siempre, valiente hasta la temeridad, imperturbable, y, pese a todo, humano.

El diestro madrileño, con su primer toro, un precioso ejemplar de Núñez del Cuvillo, de nombre ‘Fumador‘, dejó claro que no se iba a guardar nada. Lances primorosos a la verónica, chicuelinas y una media de cartel, un quite por tafalleras rematado con una serpentina y, muleta en mano, tras brindar al público, que le había obligado a salir al tercio para recibir una ovación clamorosa tras el paseíllo, un verdadero recital. Toreo purísimo, de enorme ajuste, de exquisito temple y todo él en terrenos prohibitivos. Toreo cautivador, de hechizo, espiritual y de asombrosa quietud. Crujió la plaza con los trincherazos, con los pases de la firma, con los de pecho, con las naturales, con los derechazos. Y todo, además, realizado con absoluta naturalidad, como si estuviera toreando de salón. El toro, aunque algo reservón, le sirvió al madrileño, que remató su labor de certera estocada. Indiscutibles las dos orejas, pedidas de forma unánime.

Con su segundo, ‘Fogoso‘ otro toro de bella estampa, de Garcigrande, de pelo castaño, José Tomás adivinó pronto que el burel, sin mucho celo, pero noble, era algo informal, pero obedecía a los toques y se entregaba en las distancias cortas. Manejó el capote con cadencia y gusto en el recibo por verónicas, ejecutadas a cámara lenta, realizó un quite por gaoneras escalofriante y regaló después una faena inmensa. Instalado ya en la mística, el murmullo dio paso al silencio y lo insondable, lo etéreo y la magia fue surgiendo pase a pase, con sus incondicionales en éxtasis y los que aún no conocían al torero, impactados por la belleza y la rotundidad de la obra, solo al alcance de los elegidos para glorias mayores. Otra estocada certera y otras dos orejas en el esportón.

Cuando salió por la puerta de chiqueros el tercero de lidia ordinaria, colorado como el primero y con el hierro de El Pilar, de nombre ‘Bellito‘, José Tomás ya tenía asegurada la Puerta Grande, pero el de Galapagar quería más. Se le notaba feliz, fresco, con las ideas claras y dispuesto a incorporar nuevos capítulos triunfales a su tarde. El toreo de capote bajó algo de tono porque su oponente, desclasado y con poco celo, embistió a regañadientes y no le puso las cosas fáciles. Pese a todo, muleta en mano, los redondos, los naturales, los de pecho forzados, las trincherillas y los cambios de mano, tuvieron verdadera enjundia. Fue el José Tomás más técnico, pero igualmente importante. Su defectuosa estocada y el descabello posterior dejaron el premio en una gran ovación, con saludos desde el tercio.

Y con el cuarto, el toro que cerró plaza y tarde, segundo de los lidiados por Núñez del Cuvillo, ‘Novelero‘ de nombre y colorado también, llegó el perfume de lo auténtico, de la verdad y de la pureza. Las quince verónicas a pies juntos en el recibo capotero fueron filigrana pura, el mejor prólogo a lo que se hizo presente después. Porque apareció otra vez el José Tomás de la pose tranquila, del andar despacio – o no andar- el de la asombrosa quietud y las cercanías inverosímiles. El toro, el mejor de los lidiados por el madrileño, fue a más y hasta el infinito el madrileño en una labor antológica, con un José Tomás en trance, emocionado, que fue esculpiendo una faena tan rotunda en las formas y en el fondo como rica en detalles. Series medidas con la muleta de embriagador aroma. Y silencios sepulcrales, solo interrumpidos por apasionados olés. Y otra vez la quietud, otra vez el temple y otra vez, sin inmutarse, José Tomás en ese terreno donde el toro impone su ley y el torero expone su vida. El run run de los tendidos, presagio de algo grande, fue dando paso a los estallidos de entusiasmo y el toreo volvió a ser, como bien dijo Marcial Lalanda, la síntesis de muchas emociones. Y lo vivió, una vez más, Granada mágica como el toreo del madrileño y que, como el pan, algo tiene cuando tanto la bendicen.

Faltaba tan solo la guinda del rabo para que la tarde fuera histórica y el público, tras la estocada volcándose del madrileño, lo pidió con tanta fuerza que Mariano de Damas, el presidente, que solo había concedido dos orejas en este toro, tuvo que sacar el tercer pañuelo cuando ya el bravo ejemplar de Núñez del Cuvillo era conducido al desolladero. Y con el tercer despojo en sus manos y todo el público en pie, José Tomás dio una vuelta al ruedo clamorosas. Y hubiera dado muchas vueltas más porque todos, impactados por lo visto, seguían vibrando con el madrileño, que tuvo un a salida a hombros de la plaza verdaderamente apoteósica.

Un gran Galán

La tarde tuvo, además, dos capítulos más de toreo a caballo. Y con otro madrileño en papel estelar, Sergio Galán, que quiso corresponder a la oportunidad brindada por su paisano con una exhibición de su magnífica cuadra -trajo lo mejor de ella- y con una actuación redonda, algo que solo se le negó por el mal uso del rejón de muerte con el segundo de sus toros.

El primero de Pallarés, el único toro negro de la tarde, con poco celo y escasa raza, no le puso las cosas fáciles al caballero madrileño, que tiró de recursos para clavar y logró algunos momentos lucidos, aunque sin el calado necesario en los tendidos. Mató con prontitud y tuvo que saludar una fuerte ovación desde el tercio.

Con el cuarto, de Benítez Cubero, un berrendo en negro, pelo característico de la ganadería sevillana, bravo, con motor y repetidor, Galán hizo una gran faena. Lidió y toreó a caballo, hizo las suertes con pureza, clavando siempre al estribo, arriesgó en los embroques y lució a sus caballos, entre los que destacaron ‘Ojeda’, ‘Apolo’, ‘Oleo’, ‘Embroque’ y ‘Titán’. Tenía ganadas las dos orejas de este toro , pero el rejón de muerte le jugó una muy mala pasada. Los cinco pinchazos le privaron de acompañar a José Tomás en la salida triunfal a hombros al término del festejo

EL FESTEJO

Monumental de Frascuelo: Tercer festejo de abono de la feria del Corpus 2019. Corrida mixta, con lleno de «no hay billetes» en tarde de buena temperatura. Imponente el ambiente en los tendidos, con aficionados llegados de todos los puntos de España y algunos centenares más de Francia y América.

Ganado: Dos toros para rejones, uno de Pallarés (primero) y otro de Benítez Cubero (cuarto), mansurrón el de Pallarés y muy bravo el de Benítez Cubero, y cuatro para la lidia a pie dos de Núñez del Cuvillo (segundo y sexto), uno de Garcigrande (tercero) y otro de El Pilar (quinto), todos de buena presentación y variado juego. Reservón el primero de Núñez del Cuvillo y noble y con clase el otro, manejable el de Garcigrande y deslucido el de El Pilar. Pesaron por orden de lidia, según el cartel anunciador, 482, 524, 532, 511, 501, y 544 kilos, respectivamente.

Actuantes: Sergio Galán, ovación con saludos en ambos. José Tomás (azul rey y oro), dos orejas, dos orejas, saludos desde el tercio y dos orejas y rabo. Salió a hombros por la Puerta Grande aclamado por el público y a los sones de Granada, de Agustín Lara, novedad este año en el acompañamiento musical de los triunfos en la plaza de toros granadina.

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