Canya Bartels-Suermondt: “José Tomás ahora tiene un punto casi zen. Un equilibrio increíble”

Llegó a Madrid en 1995 para tomarse un año sabático y ya no regresó a Alemania. En España se convirtió en la fotógrafa que es hoy y fue logrando un acceso único en el mundo del toro, del flamenco y de la música.

Por David Lopez Canales.

El guitarrista epe Habichuela dice de ella que es una “gitana alemana”. Ella dice de sí misma, bromeando, cuando le preguntan, que es de Cádiz. Y ambas cosas son mentira pero, de alguna manera, también son ciertas. Porque Anya Bartels-Suermondt nació en Düsseldorf pero desde que en 1995, con 30 años, aterrizó en Madrid, dejó de ser de Düsseldorf. Y porque algo de gitana tiene, de gitana flamenca, sobre todo, con esa vida que lleva como fotógrafa entre artistas, entre escenarios y entre viajes y bolos de uno a otro lado del mundo. Y por esa forma también que posee de ver esa vida y de contarla.

La de Bartels-Suermondt es una vida que recuerda al juego de los trileros que faenaban en el Rastro donde ella vive hoy en Madrid. Tres cubiletes y una bolita -“¿dónde está la bolita?- que encontrar bajo ellos y que nunca aparecía. Una realidad que no es lo que parece. Como un juego de espejos también en el que esa realidad se refleja y distorsiona. Porque eso hizo esta fotógrafa en 1995, cruzó a este lado del espejo, el primero de los espejos de su vida, dejando atrás una Alemania cuya mentalidad dice que sigue hoy sin comprender y encontrando, sin esperarlo, su “tierra”, como llama hoy a España.

El segundo espejo es de las lentes de sus cámaras de fotos. Y también la segunda distorsión. Porque ella no era fotógrafa antes de aterrizar en Madrid. En Alemania se dedicaba al mundo del periodismo y de la televisión. Aunque desde pequeña, cuando su padre le regaló una cámara Olympus con la que realizó su primera serie de retratos a ancianos y bebés, había hecho fotos. Pero fue en España, donde se vino a vivir un año sabático con su marido, médico, que estaba destinado temporalmente aquí, y de quien terminaría divorciándose, donde se hizo fotógrafa. Cuenta que aquella era la primera vez que no estaba trabajando y que se sentía “inútil”. Y que a los pocos meses de llegar su pareja le regaló una cámara porque su intuición era que debía hacer fotos.

Y ella le hizo caso. “Siemprme acerco a la cultura de los lugares. Me encanta el mundo y la gente. Y eso me pasó al venir a Madrid. De hecho hoy sigo igual, intentando entender todo lo que me rodea. Y la fotografía era una ayuda para comprender esos nuevos mundos que encontraba”, lo explica ella. Así, ante una realidad que dice que le “aplastaba” por “lo que veía y sentía”, comenzó a hacer esas fotos y, sobre todo, a cruzar, apenas sin saberlo, el tercer espejo.

En aquella época recuerda que estaba siempre en la calle. De un lado para otro. En esa calle, de hecho, aprendió a hablar el castellano que aún ni conocía. “Vete a un bar, a un museo, a una iglesia y a una casa de putas y así conoces un lugar”, es la frase que le dijo un buen amigo suyo. Y la aplicó. Pero cambió el burdel de la frase por los toros. “Si hubiera estado en Japón, creo que habría acabado en el sumo. Pero como era España fueron los toros”, afirma. Pero de esos toros no le interesaba, dice también, los tópicos, “sino el alma”.

La forma de ser y de vivir de ese mundo. Como le interesaba la forma de vivir española, tan distinta a la alemana, más aún a la de la familia conservadora y reservada en la que creció. “Yo soy muy de explosión. De llorar cuando hay que llorar y de gritar y de reír cuando toca hacerlo. Y eso cuaja mejor en España que en Alemania”, confiesa. Tanto le atraía aquel universo desconocido del toro que para comprenderlo hizo un documental para la televisión alemana con Manuel Díaz El Cordobés, Cristina Sánchez y el bailaor Antonio Canales como protagonistas con el que terminó, ahora ya sí, de cruzar al otro lado del espejo. Gracias a aquel trabajo dice que la “adoptaron” en aquel mundo todavía desconocido y cerrado para ella. Que como vieron a una extranjera desorientada y que hablaba fatal aún el castellano pero muy interesada en lo que tení delante la ayudaron.

“Cuando te interesas en España por el mundo de alguien lo agradecen porque son muy orgullosos de su país y sus culturas.Tú pregunta a alguien en Sanlúcar de Barrameda por la manzanilla y prepárate porque te tendrá cinco horas en una bodega hablándote de ella”, afirma.

Ahí comenzó de verdad a hacer fotografías. El documental no bastaba. Quería más. Y como con cada corrida a la que asistía estaba un paso más dentro de ese nuevo mundo, ya no retrocedió. No era algo meditado. De hecho dice Anya que ella en realidad nunca ha decidido nada. Que toda su vida es una “casualidad total” en la que han ido pasando las cosas. Y así fue como descubrió un día, en 1997, viéndolo torear, a José Tomás. “¡Y casi me da un infarto!”, lo recuerda. Y así fue como empezó a seguirlo y a fotografiarlo. Pero siempre en la plaza y siempre a la distancia que marcaba su timidez. Hasta que un día, en Barcelona, Antonio Corbacho, entonces apoderado del torero y de quien desde aquel día se haría íntima hasta su muerte, se aproximó a Anya y le dijo que el maestro la invitaba a cenar con ellos esa noche. Y de nuevo estuvo a punto de darle otro infarto.
Y aquella noche se rompió el hielo, como lo cuenta, y a partir de ahí empezó a entablar una relación cada más estrecha y única con el torero y con su entorno.

“Para mi sombra en los patios de cuadrillas, con torero y templado cariño. José Tomás”. Así reza la dedicatoria que Anya tiene en la bolsa de trabajo que llevaba siempre con ella y que un día le pidió al torero que le firmase y que este le firmó a regañadientes después de decirle que cómo iba a hacer eso, que le iba a estropear aquella bolsa si se la pintaba. Ella nunca fue, como aclara, la fotógrafa oficial de José Tomás, pero sí “una que se empeñó en fotografiarlo”, como dice y como demuestran los tres libros que ha publicado sobre él, y que ha acabado siendo una de las personas con mejor acceso al torero y, también, al hombre detrás del mito en el que se ha convertido. “Cuando lo conocí ya tenía ese empaque en la mirada y esa mente privilegiada. Pero luego ha madurado muchísimo. Ahora tiene un punto casi zen. Un equilibrio increíble y una mirada que impacta tanto que no sabes ni qué decir”, lo describe.

José Tomás no es el único torero al que ha fotografiado durante largos periodos, tanto dentro como fuera de los ruedos. También lo ha hecho con Cayetano Rivera Ordóñez para otro libro, con Morante de la Puebla o con Iván Fandiño, fallecido por una cornada en 2017, a quien había conocido hacía solo dos años y que le transmitía “una increíble lucha interior y exterior. Se notaba que había decidido que lo lograría o no pero que iría a por ello hasta el final”.

Pero con José Tomás, de nuevo sin pretenderlo, sin haberlo decidido, cambió todo. Porque trabajar con él no solo le abriría nuevas puertas en el mundo del toro, sino que le daría acceso, como si fuera un videojuego, a imprevistas pantallas. Así sucedió, por ejemplo, con Joaquín Sabina, que acabaría escribiéndolo el prólogo de uno de sus libros. Y así sucedió también con Paul Simonon, miembro de The Clash. Simonon, como cuenta Anya, es un pintor de nacimiento que se dedicó a tocar “durante muchos años y mal, como él dice” el bajo. Y como pintor quería inspiración del mundo del toro en España y así llegó a los libros de ella de José Tomás antes de que un amigo en común los presentara finalmente en Madrid y ambos entablasen la amistad que le permitiría a ella fotografiarlo en su casa en Londres.

Pero así sucedió, sobre todo, con Diego El Cigala, grn aficionado a los toros, que había visto también sus fotos del torero y quería que aquella fotógrafa extranjera lo fotografiara a él.

Con El Cigala sí fue, y es, su fotógrafa oficial. Lo ha sido durante muchos años de giras, de viajes, de discos, de un libro de cuatro kilos de peso de fotos –Garganta de arena (ed. Lunwerg)– y de una relación que ella define como de familia.

El Cigala.

“Trabajar con él es maravilloso, porque siempre pasa algo. No hay ningún día que salga como estaba previsto. Y es una persona muy natural, que se compartit en el palacio de un presidente en una calle de Tokyo cuando, como nos sucedió, se topa con un mendigo que lleva más anillos que él”, cuenta. Frente a la imagen pública que en algunas ocasiones trasciende del cantaor ella da la de un hombre muy serio y formal para el trabajo, sobre todo a la hora de pagar, y un artista que antes de salir a cantar “está hecho un flan porque siempre piensa que puede fallar”.

Aunque también está ese Cigala más conocido, al que paran siempre en los aeropuertos por su aspecto y que se pone a hablar con su madre, como les sucedió en Argentina, por el movil antes del control de seguridad, que deja el aparato con la señora hablando en la cinta y corre al otro lado del detector de metales para poder continuar la conversación después de haberle anunciado a la mujer a voces que la pone en la cinta unos segundos y que no se preocupe y que ahora hablarán de nuevo. Con El Cigala apenas hay límites entre la fotógrafa y el fotografiado. “Solo en ocasiones me ha dicho: ‘Anya, dame un par de minutos’, y pasados esos minutos ha venido a buscarme de nuevo”, lo explica. “Con otros personajes, como con José Tomás, sí hay un límite claro que pone la situación, porque se está jugando la vida y yo no me atrevo ni a hablarle cuando está en el patio de luces”, añade.

“A mí me basta una mirada suya y yo me retiro con mi cámara”. Con El Cigala, además, se abrió también, y una vez más sin pretendrlo, otra puerta, otra dimensión: la del flamenco. Porque si eres “la niña del Cigala”, como lo cuenta ella, “entras en el mundo gitano y en el flamenco y la gente te respeta y te tiene cariño”.

El trompetista cubano Frank Santiuste tiene una frase que la fotógrafa, su amiga, me repite esta tarde de sábado en un café del Rastro ante dos cosas tan poco cubanas como una taza de café con leche y un pedazo de pastel de manzana: “Cada uno llevamos un bolero dentro”. Y lo cuenta para apostillar después que ella no pretende sacar fuera su bolero, sino el de los demás. “Quiero captar el bolero de aquellos a quienes fotografío. No quiero fotografiar personas o hechos, sino emociones. Y ni siquiera sé si eso es fotografiable. Pero como estoy en continua conversación conmigo misma, es lo que busco. Estoy buscando, aunque suene como un tópico, lo escondido detrás de lo obvio”, me explica.

De ahí que esa puerta que El Cigala le entornó al flamenco aprovecase ella para abrirla de par en par. Los Habichuela, con Pepe y Josemi Carmona a la cabeza, la familia Morente, Farruquito, Pitingo… Cuesta encontrar a alguien que no haya estado delante de la cámara de Anya. Sobre todo en uno de esos momentos en los que ella comparte la intimidad de los camerinos, donde a veces hay vino y risas pero también nervios, miedo y oraciones y donde la fotógrafa debe jugar para captar esos momentos sin salir retratada también en los espejos de esas habitaciones.
“Yo en realidad no soy fotógrafa de toros y flamencos. Lo que sucede es que eso es lo que más ha trascendido por los libros y las exposiciones que he hecho. Pero estoy más bien entre muchos mundos”, cuenta. Entre ellos figuran hoy, aparte de la música, que no se limita al flamenco, como demuestra la exaltación que hace de Jorge Drexler, unas de sus últimas conquistas con la cámara, el boxeo, la lucha libre o la arquitectura universos paralelos al de los toros y el flamenco que no se chocan. O sí, porque lo hacen en ese terreno de las emociones al que recurre la alemana para explicarlo, en el que se siente, como describía su llegada a Madrid, “aplastada” por lo que contempla o escucha.

“Y ahora quiero cosas nuevas. Quiero aprender. Estoy en un momento de mi vida en el que necesito un nuevo reto. Nunca voy ya a cambiar ni dejar España. Pero quizá irme unos meses sí”. La fotógrafa habla casi como si pensara en voz alta. Después de años sin decidir nada, como contaba, en los que las cosas iban surgiendo o brotando más o menos de forma inesperada, ahora ha llegado una etapa en la que se repiten y eso, dice, le inquieta. “Necesito algo que me exija, más que algo nuevo. Porque llevo una temporada en la que no suceden cosas”, confiesa. “Igual es momento por fin de tomar decisiones…”, anuncia.

Pero lo dice, da la impresión, sin demasiada convicción. A fin de cuentas, si ha acabado fotografiando a toreros, flamencos y músicos con un acceso privilegiado, fue sin habérselo propuesto. Como lo de ser fotógrafa, puro azar casi, o destino fijado, según quién haga la lectura de su pasado. O como el hecho de que, según revela, no sepa para qué sirven la mitad de las utilidades de su cámara porque jamás hizo un curso para aprender. Aunque hace años quiso hacerlo. Aún vivía en Alemania entonces y trabajaba en la televisión. Una noche el fotógrafo Helmut Newton, junto con Richard Avedon su gran referente, acudió al programa en el que trabajaba y después lo acompañaron a cenar. Anya superó su timidez y se llevó algunas fotos suyas y se las mostró. Newton masticaba y miraba de reojo las fotos y no decía nada y ella, para superar el corte, hablaba por ella y por él y por todos y entre las cosas que soltó le dijo que estaba pensando aprender. Y entonces Newton rompió su silencio y le dijo: “No”.

Un no seco, rotundo. Después la miró y le contó que él tampoco sabía de técnica, que era el ejército de ayudantes con los que trabajaba el que se encargaba de eso. Y le hizo prometer que nunca haría ese curso porque aquellas fotos que le había mostrado eran malas y se veía que no tenía ni idea de esa técnica, pero también que poseía buen ojo y con ese curso acabaría perdiéndolo. Y ella se lo prometió. Hoy, lo de tomar decisiones, ni siquiera intenta ya prometerlo. Mejor esperar, parece, a que sucedan de nuevo cosas. De forma imprevista. Como siempre ha sucedido. Y que aparezca así de pronto un nuevo espejo que atravesar.

Publicado en Vanity Fair

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