Obispo y Oro: ¿Y ahora, qué?

Por Fernando Fernández Román.

Anda, que no se ha “largado” en Bilbao durante estos dos últimos días sobre el nombre de Luis David, anunciado para cubrir la sustitución de Pablo Aguado en la corrida de ayer. Los corrillos taurinos –“mentideros”, se les llama en el argot—se llenaban de reticencias, menosprecios o denuestos hacia el joven torero mexicano, uno de los nuevos valores de nuestra Tauromaquia contemporánea. Ayer mañana, mismamente, en una tertulia en que tomé parte, se ponía en solfa el crédito de este torero para hacer un nuevo paseíllo en la Plaza de Vista Alegre bilbaína. ¿Crédito? Un torero que corta dos orejas en este coso de primerísima categoría, ¿no es aval suficiente para adjudicarse el puesto en una sustitución? ¿No habíamos quedado en que los toreros se ganan los contratos en función de lo que hacen en el ruedo frente al toro? ¿Dos orejas a sendos toros “de Bilbao” no merecen premio? ¿Qué hay que hacer, pues?

En esas estábamos, debatiendo frente a quienes sacaban nombres de la chistera de su propio gusto, cuando se me ocurrió aventurar, bien que temerariamente: “Guárdense los venablos en el carcaj, no sea el demonio que esta tarde Luis David supere su actuación anterior y forme un lío monumental”… Como tengo testimonios grabados de lo que digo, a la vista del resultado de la corrida de ayer, creo que me he ganado el derecho a ejercer mi pequeño cupo de vanidad y preguntar a quienes ningunearon gratuita, incluso groseramente, a un torero que todavía llevaba en el rostro las huellas de su reciente y abrupta confrontación con dos encastados y difíciles toros de Torrestrella: ¿Y ahora, qué?

La fiesta de los toros, a veces, proporciona estos soplamocos a los soplagaitas. Luis David Adame salió al ruedo ceniciento de esta monumental Plaza como salen los hombres de una pieza que sufren el gañafón del desprecio: a por todas, con la ambición por alcanzar el triunfo de quienes tienen la yerba en la boca. Saludó a sus toros con largas afaroladas al hilo de las tablas, no perdonó un quite, ni siquiera en los toros del compañero; se colocó en el ruedo en el lugar que debía, librando de un percance, con el capote manejado por una sola mano, al picador Salvador Núñez en el quinto de la tarde, antes de entrar en el quite lucido que le correspondía por antigüedad. Y lo que es más importante: nada hizo alocadamente, nunca recurrió al desenfreno –lógico, por otra parte– de quien se siente agredido en lo más íntimo de su dignidad, y por tanto espoleado en su amor propio; al contrario, se ofreció al toro y al público con apabullante serenidad, convencido de su capacidad para superar tan adversas condiciones ambientales. “Aquí estoy yo”, pareció decir sin decirlo, como el Luis Mejías del Tenorio de Zorrilla, “para quien quiera algo de él”. Y allí estaba, un torero de México lindo que viene a conquistar el lugar que le corresponde en este cartel y aspira a figurar en otros muchos de nuestra geografía taurina.

La cosa fue así: salió el tercer toro, de pelo albahío, con el hierro de Domingo Hernández y fue raudo, a su encuentro, Luis David, para fajarse con él en unos lances de capa de intermitente intensidad, habida cuenta de que el animal ofreció una embestida discontinua, mostrándose, incluso, abanto en los capotazos liminares de la lidia; pero el joven torero le fue poco a poco convenciendo de que siguiera los utensilios de torear, especialmente su muletilla roja, que se ofrecía hasta allí, para llevar prendido en sus vuelos al toro hasta allá. Fueron varias series en redondo por ambos pitones que pusieron de manifiesto la tranquilidad pasmosa del mozo y la templanza de sus muñecas. Los cuernos del toro apenas rozaron el tramaje de la franela y, por tanto, los muletazos salieron limpios y frescos, en una faena que fue ganando en interés a medida que avanzaba, hasta culminar en una estocada en la suerte de recibir, que este diestro practica con extraña facilidad. La oreja fue otorgada por consenso absoluto. El primer asalto, estaba ganado a los puntos. Quedaba el decisivo, el del K.O. técnico, el del ser o no ser, programado para el toro que cerraba la corrida.

El toro, de nombre Pinturero llevaba el hierro de Garcigrande (para el caso, prácticamente del mismo encaste que el resto de los lidiados) y pronto dio muestras de una alarmante debilidad. “Un inválido”, sentenciamos con demasiada precipitación. El toro salía medio tullido de la suerte de varas, pero con un afán encomiable por aceptar la pelea en todos los terrenos. ¿Aguantará el pañuelo verde el presidente? Lo aguantó. Y volvimos a precipitarnos, al volver a sentenciar: craso error. Error, el nuestro. De pronto, el menor de los Adame se lució en el quite y, tras un brillante tercio de banderillas a cargo de Miguel Martín (con él saludó una ovación Luis Cebadera), tomó de nuevo la montera y brindó también este segundo toro de su lote al público. Buena parte de los aficionados agoraron un fracaso anunciado, un triunfo imposible, dadas las condiciones físicas del toro, pero no contaron con las condiciones “químicas” que aporta la casta y con el no menor aporte del torero: el temple. Y ahí empezó una de las remontadas más emotivas que hemos presenciado en esta Plaza. Del desencanto al clamor, por la vía de un prodigio inesperado.

Se atribuye a Pablo Lozano un teorema taurino que se enuncia más o menos así: “el temple de las muñecas del torero, rebaja la fuerza que le sobra al toro y se le da al que le falta”… Ayer en Bilbao, se demostró la veracidad de dicho aserto, porque el tal Pinturero se puso a embestir con bravura y nobleza, sin asomo de flaquezas ni atisbo de renuncias. Un gran toro, bravo y noble, se había salvado del infamante puntillazo en los corrales, para servir de materia dúctil y dinámica en la creación de una obra de arte. De arte, sí, señor; porque Luis David toreó de muleta, especialmente al natural, con tal suavidad y cadencia que ambos, toro y torero, acabaron por fundirse en una sinfonía de ritmos que alumbraron el decaer de la tarde. ¿Y este era el que no tenía “calidá” para sustituir a Pablo Aguado? Pues, espérense porque falta lo mejor: se fue con el toro a la boca de riego del ruedo, en el centro del platillo, cuadró al de Garcigrande a buena distancia, se perfiló, con la empuñadura de la espada a la altura del hombro izquierdo, adelantó –“metió”, se decía antaño maricastaño—el pie izquierdo con un leve pisotón de zapatilla, se atrajo al toro hacía sí y le clavó el acero en el morrillo hasta los gavilanes, en una ejecución antológica de la suerte de recibir de la que el toro salió rodado, sin puntilla, en apenas unos segundos. Imagínense la que se armó en los tendidos. Pocas veces Vista Alegre ha visto una pañolada semejante. Dos orejas, desde luego, era el premio esperado, en base a que el torero había sabido sobreponerse a la difícil contingencia de la debilidad manifiesta del animal y construir una faena que fue ganando en belleza de formas conforme avanzaba, hasta el final cum laude de esa estocada difícilmente repetible. Pues, ya ven, el presidente solo concedió una. ¿Por qué? Pues porque este tipo –el presidente de la Plaza de Vista Alegre bilbaína– es así de macho, y le ampara el Reglamento español, o el del País vasco, que no me interesa para nada. Uno ya no sabe si lo que sobra es este Reglamento (o el otro) o presidentes como este de Bilbao, que ya tiene un currículo de barrabasadas de variable calibre difícilmente superable. La bronca fue de categoría; pero estará encantado con haberle birlado a este muchacho la Puerta Grande. Mientras haya quien le ría las gracias…

Por lo demás, la corrida discurrió entre los afanes de Enrique Ponce por no irse de vacío –de trofeos, se entiende– de Bilbao, en dos faenas de larguísimo metraje a sendos toros bajos de casta, pero de aparente nobleza, aunque el primero mostrara retazos de geniecillo. Enrique entiende como nadie a este tipo de ganado bravo, que se mueve en su derredor imantado por una muleta que vuela ante el hocico con sorprendente sincronización de ritmos. Dos faenas templadas, de trazo limpio, elegante, en las que los toros de Garcigrande o Domingo Hernández parecían subyugados por la soltura de brazos y clarividencia del torero. Dos faenas de dilatado metraje, especialmente la segunda, doblemente avisada, en las que la espada de muerte no tuvo la efectividad deseada por el torero y la de cruceta también falló. Se va del Bilbao con el crédito intacto y una cerrada ovación. También El Juli ha echado una buena feria y ayer volvió a pasear la oreja de uno sus toros, quinto de lidia ordinaria. Un toro de imponente seriedad que desmontó aparatosamente al picador y se mostró más proclive a embestir cuando Julián tomó el mando y se lo llevó a los medios. Allí cosió las leznas de los pitones a la trabazón de la franela y fue cuajando una faena templada y poderosa a la vez, en la que destacaron dos tandas de naturales de poderío manifiesto y apreciable templanza. Mató de estocada trasera y algo ladeada y salieron pañuelos a relucir en los tendidos, los suficientes para que El Juli cortara una nueva oreja en una de sus Plazas favoritas. El segundo de lidia ordinaria fue devuelto a los corrales por su manifiesta invalidez y le sustituyó otro de Garcigrande, por tenebroso nombre Fandanguero, que no valió un ardite. Juli lo toreó sin mayores problemas y lo puso en el balancín de los percherones de pinchazo, estocada y descabello.

Cuando al final del festejo comenzó el desfile de los toreros por el ruedo, no se movió un alma de los tendidos –la mejor entrada de este ciclo taurino: más de tres cuartos de entrada—hasta que abandonó el ruedo Luis David Adame, el triunfador indiscutible, por el momento de las Corridas Generales de Bilbao. Solo la insensatez o la estúpida altanería de un sujeto, cuyo nombre me niego a consignar, impidió que lo hiciera en hombros por la Puerta Grande de Vista Alegre. Al chaval, lo rodeó una multitud de aficionados de su misma generación, con los que se retrató de urgencia con la mejor de las sonrisas. Poco después, se observó que aquellos corrillos maledicentes se habían disuelto, arrebolados sus integrantes por el monumental fallo de su pronóstico. El pequeño de los matadores de apellido Adame había tapado las bocas de los desahogados impertinentes. ¿Y ahora, qué?

Publicado en La República

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