SAN MATEO / Tarde de fanatismo: Urdiales y Aguado abren la puerta grande de La Ribera.

Por Manuel Martín.

Los brazos en jarra. La desesperación. El resoplar hacia el flequillo para apartar cuatro pelos que no te molestan, pero te molestan. La mirada perdida hacia una tabla roja y una arena que no te responden. La maldición de la espada. El Rey Arturo y sus problemas. Todos hemos sido alguna vez Julián López ‘El Juli’ en una tarde logroñesa de San Mateo. El niño sin regalo porque el profesor le tiene manía o porque el entrenador le ha cogido ojeriza. Y ante esa situación, la resignación.

La historia la escriben los ganadores. Los triunfadores. Las sonrisas que salen en las fotos de los periódicos al día siguiente. Y este martes en La Ribera, dos nombres propios: Diego Urdiales y Pablo Aguado. Un perdedor que solo podrá corroborar lo que allí pasó, sin triunfo alguno: El Juli. La mejor faena de la tarde, condenada al olvido con dos pinchazos para que ni siquiera el público de Logroño pueda salvarte. Su primer toro es mejor obviarlo por aquello de dejar a los muertos en paz. Sin fuerza ni casta, pestiño.

Los dos toros siguientes casi provocan el derrumbe de la plaza. Siempre andan diciendo que el nivel freático de Logroño deja los edificios cerca del río endebles, pero más parece que se viene abajo el respeto a las cosas serias. Corren malos tiempos para vestirse por los pies. Ya no hay café, copa, puro y partida. Cualquier día empezamos a llamar a la gente de tú y a dejar de tirar cabras por campanarios. Los caminos de esta sociedad son inexpugnables.

Solo así se entiende el festival de orejas de esta feria. Que paren el toreo que yo me bajo. Hemos transformado todo en fútbol. Lo mismo da la política que el toreo. Si toca animar a Cayetana Álvarez de Toledo, Pedro Sánchez, Albert Rivera o Pablo Iglesias, pues se aplaude sin rechistar. Hagan lo que hagan. Digan lo que digan. Llevan nuestra camiseta y punto. En esto de los toros y los toreros, lo mismo. Es tiempo de fanatismos. Solo así se entiende que el Messi de este arte, el torero arnedano que para el tiempo cuando coge la muleta, pueda triunfar tantas veces sin que se le rechiste.

Urdiales nos ha devuelto el toreo clásico, ha pintado nuestras vidas de fantasía taurina y ha llenado nuestros pulmones para gritar verdaderos olés de calidad, pero no por eso tiene derecho a obtener una puerta grande cada vez que torea cerca de su ciudad del calzado natal. En una buena tarde de toros en Logroño, la Presidencia no ha vuelto a estar a la altura. Cuatro orejas que bien pudieron ser seis si El Juli no falla con la espada, aunque debieron ser dos. Quizá tres (dos para Pablo Aguado, claro). Discutamos sobre ello. Es lo bonito de las sensaciones de la plaza.

Publicado en nuevecuatrouno

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