Feria de Otoño: Uno al sesgo.

Por Fernando Fernández Román.

Refiere la historia de la crítica taurina la existencia de un curioso personaje que dedicó su vida a informar acerca de lo que hicieron toros y toreros por los ruedos de España, desde las dos últimas décadas del siglo XIX hasta los meses previos al final de la guerra civil, que fue cuando falleció, en Barcelona. El tal personaje (benidormí de nacencia), llamóse Tomás Orts Ramos, pero firmó sus escritos taurinos con el seudónimo de Uno al Sesgo. Fue, como tantos otros de su época, un revistero amante de la estadística, autor de numerosos Anuarios, de los cuales guardo varios ejemplares. De modo y manera que, para quienes escribimos o hablamos de toros en los medios de comunicación, Uno al Sesgo es, ante todo, un gran silo de datos, porque en lo tocante a calidad literaria y espíritu crítico deja bastante que desear, dicho sea con el mayor de los respetos. Lo traigo a colación en este preámbulo de reseña de una tarde de toros, porque ayer se me hizo presente en la Plaza de Las Ventas. Fue como una aparición fugaz que pretendiera rescatar su recuerdo en un instante clave de la corrida, el que proclamó al triunfador indiscutible del festejo.

En esta ocasión no fue uno de los matadores que integraban el cartel de la segunda de abono de la feria de Otoño, ni al ganadero Lorenzo Fraile, propietario de los toros que salieron al ruedo, sino un banderillero: Antonio Chacón, autor de un antológico par de banderillas, uno de los pares más emocionantes que se han visto en esta Plaza en los últimos años. Uno al sesgo.

Ocurrió en el tercer toro de la tarde, con el hierro de El Puerto de San Lorenzo, un toro de hosco carácter que fue objeto de una lidia desordenada y reservona, tanto por los toreros de a pie como por los de a caballo, al punto de que, cuando llegó el segundo tercio, pasaron serias dificultades en los dos primeras entradas. A la tercera –la que, según el viejo refranero “va la vencida”—el banderillero Antonio Chacón, hijo del que fuera magnífico banderillero, del mismo nombre, tomó una sublime decisión: entraría al sesgo, en terrenos cerrados de la solana del 4 y el 5. Un run-run de expectación arropó los preparativos de tan riesgosa suerte, porque el toro, mostrenco, abanto y protestón, andaba de caza por aquellos pagos. Citó Chacón a prudente distancia, avanzó ligeramente sesgado, de dentro a fuera, ganó la acción al toro, se reunió ante su cara y colocó un monumental par de banderillas que levantó de sus asientos al público que ocupaba casi la mitad del aforo de la Monumental de Madrid. Un par de banderillas de tan colosal ejecución no se ve todos los días. Uno al sesgo, menos aún. Por descontado que Antonio Chacón fue obligado a saludar una ovación cerrada, larga, sincera y tonante. Saludaba con la montera en su mano diestra y el corazón botándole en el pecho. Es natural. Un triunfo de este nivel, no está al alcance de cualquiera. Yo también me puse en pie y aplaudí, emocionado, con todas mis fuerzas. No pude por menos que acordarme de su progenitor, el que salía de la suerte haciendo revolotear las palmas de las manos sobre su cabeza. En semejante tesitura, el vástago hace lo mismo: es clavaíto al padre.

Si digo que este par de banderillas fue –con mucho– lo mejor de la corrida, no crean que exagero. Los toros del Puerto de San Lorenzo, de dispareja presentación, salvo, precisamente, ese tercero de lidia ordinaria, tuvieron la batería de la bravura bajo mínimos. Apretaban en el caballo de picar y se desplazaron en el tercio final tras la tela de la muleta hasta que el motor empezó a griparse. Esa fue la tónica general, pero hubo ejemplares que, además, ofrecieron serias dificultades, como el marrajo que cerró el festejo. Tampoco el que llevaba el hierro de la Ventana del Puerto, jugado en cuarto lugar, mejoró el juego del lote enviado por esta acreditada casa ganadera salmantina. Fue un buey altón y duro de patas, de 650 kilos, que acabó embistiendo rebrincado y murió de mala manera al refugio de las tablas.

De los toreros, destacar la madurez de Daniel Luque, sin menoscabo de su proverbial calidad en el manejo de las telas. Dibujó verónicas de sedosa estructura y muletazos bien construidos, de arriba abajo, ejecutados con la serenidad que da el oficio y la destreza que se trae de serie. Daniel es un buen torero, diría que excelente y está haciendo una gran temporada. Le faltaba un triunfo rotundo en Madrid, y hasta Madrid llegó para ganarse un puesto de mayor peso en el escalafón. No le rodaron bien las cosas. Dos toros rajados descaradamente apenas le permitieron manifestarse conforme a las condiciones que atesora. Se prodigó en quites, siempre procurando mostrar su enseñoreado clasicismo. Merece que se le dé una nueva prórroga en Madrid. El francés Juan Leal es algo así como un poste vestido de luces. Es su concepto del toreo. Tan respetable como cualquier otro, y por tanto no merece la cerrilidad de una parte del respetable que no respeta, en aras del dogmatismo cutre que pretende imponer una parte del purismo cuaternario y obtuso. Tuvo el lote de toros más aprovechable de la corrida y salió de la Plaza como gato escaldado. Su forma de torear es desconcertante unas veces liga los pases desde una periferia que “canta” una barbaridad y otras se envara exageradamente, en una versión del “tancredismo de nuevo cuño (¿“progresista”?) que en Madrid tiene efectos negativos. Lo dio todo, absolutamente todo, y se fue sin nada, absolutamente nada. Hizo quites ajustadísimos con el capote a la espalda y toreó de pie y de rodillas con un alto sentido de la estática, más que de la estética, y esta forma de torear propició la rechifla de los más punzantes en su rechazo. Entra a matar a larga distancia y, en el embroque de la suerte, hace una especie de tijera con los pies, tipo Cayetano, que le puede causar más de un disgusto. Se le hizo de noche con las espadas en el segundo toro y escuchó una pitada monumental, además de dos avisos. Menos mal que en el quinto acertó con un espadazo trasero y letal. A su hermano Marc, lo cogió muy malamente el segundo toro, al colocar un par de banderillas, por fortuna sin consecuencias.

En este punto, es obligado añadir que también entre la grey subalterna destacaron Caricol y Arruga en banderillas y El Patilla manejando la vara de picar.

Tampoco Juan Ortega respondió a las expectativas. Había en la Plaza un cierto viento favorable a este joven torero sevillano. Se notaba en el ambiente que la gente fue a los toros a ver a este Ortega con el ole a flor de labios, aunque es bien cierto que dibujó lances y muletazos de fina caligrafía. Con el tercero, el del uno al sesgo, que acabó huyendo cobardón hacia las tablas, le dio tiempo a firmar algunos pasajes de toreo caro, pero el nuevo “efecto Aguado” que algunos querían propiciar, no se llegó producir.

En ese último toro, con la noche ya ciega, Antonio Chacón bregó superiormente con el toro. Podría decirse que “se gustó” manejando el capote, porque ya se sabía triunfador de la corrida. ¡Quién se lo iba a decir! Uno al sesgo tuvo la culpa.

Publicado en República

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