Obispo y Oro: La tarde en que Las Ventas tornóse beatífica.

Por Fernando Fernández Román.

Llegaba El Cid a Madrid para decir adiós y Madrid –el Madrid taurino que ayer tarde se reunió en su Plaza Monumental—decidió mostrar su cara más amable, la más tolerante, consentidora y transigente que imaginarse pueda. El Cid, Manuel Jesús, el de Salteras, es uno de los toreros predilectos de este lugar que centraliza el mapa ibérico, y para demostrarlo, este Madrid taurino en forma de grupo beligerante que ha logrado hacerse con las riendas de tan formidable escenario diseñó la escaleta que regiría una tarde de toros especial: la carátula, una pancarta gigantesca en la que se proclamaba a Manuel la gratitud de la afición del Foro por ser “su” torero, después una ovación con salida al tercio para corresponder al público en general –purrela incluida–, y ya cuando se limpió el ruedo de los integrantes que procesionan en el paseíllo, una nueva ovación más concreta, más limpia y más focalizada en el sector que se arrogó la pauta de las secuencias del homenaje.

Lo diré cuanto antes para disipar cualquier duda respecto de la justeza y la justicia del citado homenaje: estoy de acuerdo en todo, pancarta incluida. Fui de los que aplaudió con entusiasmo, sin fisuras. El Cid se mereció este apoteósico recibimiento en la la tarde de su adiós a los ruedos, especialmente en éste, en que fue investido matador de toros y que a lo largo de veinte temporadas consecutivas fue palenque con trampolín que le impulsó a la conquista de las Plazas del mundo, de todo el mundo taurino. Sí, señor: Madrid hizo torero a El Cid y el Cid es uno de los toreros más queridos por Madrid. A las pruebas me remito.

En esta ocasión, no hubo invitación del homenajeado a los compañeros para que compartieran con él las salutaciones primeras, dirigidas de forma unidireccional. Es probable que, tras la reciente polémica del pasado domingo con Miguel Ángel Perera y un toro de Núñez del Cuvillo —que doy por hecho sobradamente conocen–, tanto Emilio de Justo como Ginés Marín adoptaran un acuerdo de renuncia en conversaciones previas, para evitar restar protagonismo al homenajeado; porque, conociendo a Manuel Jesús, la no observancia de tal cortesía solo se justifica con una especie de tratado entre el tripartito afectado. “Sal tú solo a saludar, maestro, que nosotros no queremos líos”, pudiera ser la frase utilizada por De Justo y Marín. Y no los hubo, por supuesto. La tarde fue de una placidez tan plomiza como desconcertante. Diríase que, por una vez, y en honor a El Cid, la Plaza de Las Ventas tornóse beatífica. Y, qué quieren que les diga, este ejercicio de saponificación que proporciona el jabón del buenismo fue como una tregua de urgencia, un frescor en el ambiente desconocido hasta la fecha, en señal de respeto a un torero, un gran torero, que abandona los menesteres que encandilaron su vida.

En base a estas premisas, se comprenderá que la tarde de toros estuvo casi exclusivamente capitalizada por las manos del llamado “respetable público”: unas, abiertas a la complacencia y otras juntas y entrechocadas, para aplaudir a rabiar al gran protagonista de la corrida, especialmente durante la lidia del cuarto toro, bello de hechura, pero con reticencia a tomar las capas de los toreros en los primeros compases de la lidia. El hermano de Espartaco (Manuel Jesús) le apretó la puya por las confluencias cárnicas del morrillo y el toro llegó al tercio final con un punto de nobleza, diríase que pastueño, que pareció apuntarse a la efeméride con su embestida limpia y bolabicona, de quien se entrega a la causa con resignación taumatúrgica, como la pollina de mi tío Joaquín, el de Santa Eufemia, que tomaba la carga liviana de los niños con las orejas gachas y sin pestañear. Pues así tomaba la muleta el toro Gritador, nombre bien disonante con su carácter, amuermado, apocado y rendido. El Cid le endilgó a este toro varias series de naturales con la misma seguridad que se los pega a la “tora” cuando torea de salón: gustándose, relamiéndose ante la dulcedumbre de un semoviente de pelo negro que pasaba por delante de sus muslos, despacito, con bendita resignación. Llega a ser otra tarde con este mismo toro y otro torero, y arde Troya. Ayer, sin embargo, los oles se dejaban oír, como una sinfonía de acompañamiento ineludiblemente necesaria. Cuando el “hermano toro” fue calado por el torero por el hoyo de las agujas con una estocada de efectos fulminantes, pensé que, tal como pintaba la tarde, le darían a El Cid la oreja, pero no; ahora bien, la vuelta al ruedo que dio, envuelto entre claveles y una ovación cerrada y unánime valió por cien orejas. Fue la segunda parte del preludio apacible que Manuel protagonizó con el primer fuenteymbro de la tarde, toreando al natural como el que lava a un toro sosaina, sin el estorbo de adversidades climatológicas ni advertencias de “colocaciones”, ni Dios que lo fundó. Al contrario, El Cid toreó impulsado por el viento a favor de un público comprensivo, la limpidez azul purísima del cielo de Madrid y la Plaza casi llena de espectadores-expectantes.

El resto de la corrida no valió un ardite, porque los toros de Fuente Ymbro fueron la viva estampa del desencanto. Ni uno embistió con el poder y la casta que ha dado justa fama a este hierro ganadero. Al contrario, todos fueron sositos, blanditos, desrazados mostrencos y atontolinados, en distintas proporciones. Un fiasco de corrida. Descabalada de presentación, además.

El segundo se descoordinó nada más salir al ruedo y fue sustituido por un sobrero de Manuel Blázquez, escurrido de los cuartos traseros (protestado por tal motivo) pero con dos leños arremangados que imponían respeto. A pesar de la espléndida brega de Morenito de Arles, su jefe de fila, Emilio de Justo, no consiguió redondear una faena por encima de lo estrictamente estimable. Se empleó a fondo con un toro sin fondo y lo mató de pinchazo feo, otro más arriba y una eficaz estocada, escuchando un aviso. El quinto fue una mole de 647 kilos, abanto y reservón, que esperó en banderillas y fue malo de solemnidad en el tercio final. Estocada caída. Nada de nada. Otro tanto le ocurrió a Ginés Marín, con un toro que derribó a su padre en la suerte de varas, pero entregó la cuchara cuando le pusieron la muleta por delante. Otro mostrenco infumable que se fue al desolladero sin torear, porque no tenía un pase. Alguno sí tuvo el sexto, pero tampoco para tirar cohetes. A ambos los trató de torear Ginés como los mató: con ciertas precauciones, sin premuras ni agobios.

Así transcurrió el adiós de un torero bienamado por el público de toros de esta Plaza Monumental. Un adiós emotivo, de los que dejan poso en el recuerdo. Bien merecido lo tiene este hombre que, como decía Manuel Machado (el que confesó en rima consonante que antes que un tal poeta/mi deseo primero/hubiera sido ser un buen banderillero) de aquél Cid de Vivar en trance de destierro, también ha cabalgado durante veinte años por la terrible geografía taurina de los ruedos de España, América y Francia, entre el ciego sol de las tardes de toros que alumbraron triunfos incontables y la sangre, la sed y la fatiga de las perversas que exigieron un esfuerzo supremo para encauzar su vida y soslayar la muerte.

Ayer, cuando la noche se hizo negra, se llevaron a El Cid por la Puerta Grande. Sin cortar orejas. Cuando la sensibilidad y la gratitud se hermanan, los reglamentos (si los hubiere) son papel mojado. Ayer, Manuel Jesús Cid Salas se fue cabalgando sobre los hombros de un puñado de aficionados. Ayer, terminó (supuestamente) la última batalla de un guerrero inolvidable. Ayer, El Cid descabalgó de los hombros de aquéllos hombres, rotundamente feliz. Como un héroe mitológico, siendo un hombre telúrico, sencillo y grande a la vez. Contrasentidos de la vida.

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