El empresario taurino de hoy y del futuro…

Andan los tiempos revueltos con empresarios taurinos que van y vienen acompañando a toreros de allá para acá, llevando sus asuntos e intentando mejorar la cuenta de resultados de ambos.

Por eso quise retomar y publicar algunos párrafos y fragmentos de esta columna de Tomás Entero, un empresario muy original en la que aborda, precisamente, el tema del empresariado en una columna que apareció originalmente publicado en el portal Opinión y Toros.- Juan Carlos Valadez.

***

Pude haber sido cualquier cosa pero, como vemos, la vida, me llevó por los derroteros del empresariado taurino, labor, en ocasiones mal vista y vilipendiada por culpa de los malos gestores de la profesión pero que, en mi vida y en mi ser, toman la suficiente relevancia de cara a los protagonistas como son los toreros y los ganaderos.

Al respecto de lo que me piden, empezaré por decir que la profesión de empresario taurino, sólo la pueden ejercer los que vivan y sientan en plenitud esta Fiesta, no obstante, la misma, está plagada de sinsabores que, sólo es posible salvarlos, amando en plenitud a la fiesta y, por encima de todo, a la profesión que, sin lugar a dudas, hay que darle toda la grandeza posible, aunque sea montando una sencilla becerrada. El toreo es grandeza, pero bien entendida, claro.

Convengamos que, el futuro de la Fiesta no pasa por su mejor momento, por ello, el empresario, ante todo, tiene que ser un aficionado apasionado y un defensor a ultranza del espectáculo, de su cultura, de sus orígenes y de sus ancestros más puros. Y, como es mi caso, ante todo, debemos de aprender a sortear los escollos que se presentan cada día y que, los mismos, a veces, nos hacen desfallecer. Ciertamente, el empresario, no se juega la vida; pero si se juega el prestigio moral del individuo que organiza los festejos que, de hacerlo bien o hacerlo mal, el abismo, puede ser tremendo.

En esta profesión existen muchas trabas y sinsabores por doquier, soy consciente de que, en los toros, hablar de empresas, de productos de oferta y demanda, incluso de operaciones de marketing, todo ello puede sonar a música celestial puesto que, en los toros, tiene mayor cabida la liturgia de la fiesta, antes que vender y promocionar un espectáculo como son los toros y, al respecto, con estas convicciones, estamos totalmente equivocados puesto que, el espíritu puritano que a veces rociamos a la fiesta es una de las causas fundamentales del atraso para la misma. Convengamos que, el espectáculo taurino, ante todo, necesita de una promoción adecuada, de una gestión eficaz y de una credibilidad sin precedentes, todo ello, para atraer al gran público y, por supuesto, a los grandes aficionados.

Tenemos que inventarnos una nueva manera de hacer empresa; quedarnos anquilosados en el tiempo es un grave error; debemos, los empresarios, evolucionar al mismo ritmo que ha evolucionado la sociedad en su conjunto puesto que, todo lo demás, será una pérdida de tiempo y, por consiguiente, un paso atrás en la misma organización del espectáculo. El empresario se tiene que caracterizar por asumir riesgos, por innovar, por aceptar la competencia y se tiene que regir por presupuestos bien estructurados y mejor organizados. ¿Cuántos empresarios taurinos hacen sus presupuestos teniendo en cuenta los gastos mínimos como son los sueldos de los toreros? Lamentablemente, los menos. ¿Qué quiere esto decir? Sencillamente que, quienes organizamos con coherencia y lógica a veces nos vemos aplastados por los vándalos del espectáculo que, con buena verborrea venden oropel a precio de oro.

Es cierto que la Fiesta está en crisis; negarlo sería una estupidez. Pero todos tenemos que arrimar el hombro; cada cual en su parcela.

Entre todos, queramos o todo lo contrario, tenemos que afrontar los retos de un espectáculo atrasado en sus orígenes pero que, a fin de cuentas, haciendo las cosas bien hechas, puede ir ganando terreno para sobrevivir y, ante todo, para recuperar la grandeza que siempre le caracterizó.

Grandeza y esplendor que, durante un tiempo, los toros, eran capaces, como tales, de paralizar a este país para ver torear en las pantallas de la televisión a un determinado torero, justamente, cuando las plazas se llenaban porque existía un espectáculo fascinante que, como tal, era único en el mundo.

Volver a lo que fueron los orígenes de la grandeza del espectáculo, ahora, con un poco de imaginación por parte de todos los responsables, seguro que lo lograríamos.

Tomás Entero.

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