Pablo Aguado: regreso a las fuentes.

Pablo Aguado el pasado mes de noviembre en Juriquilla.

La irrupción del joven diestro sevillano ha sido el principal acontecimiento de la temporada taurina 2019.

Por Álvaro R. del Moral.

La historia es archisabida, pero merece la pena repetirla: 5 minutos, poco más de veinte muletazos y una estocada cambiaron el mapa reciente del toreo. Fue el 10 de mayo de 2019, Viernes de Farolillos en la Feria de Sevilla y cartel de ‘no hay billetes’ colgado en las taquillas de la plaza de la Real Maestranza. Los protagonistas de aquel acontecimiento inolvidable fueron un excelente toro de Jandilla y un joven matador con aura emergente que reventó hasta las costuras un ciclo que ya había marcado otros protagonismos.

Hablamos, cómo no, de la faena reveladora de Pablo Aguado que le ha elevado al estrecho olimpo de las figuras. Pablo cortó las dos orejas al toro de Borja Domecq que sumó a las otras dos que se llevó del sexto. Cruzó la Puerta del Príncipe envuelto en un clamor distinto que no tenía nada que ver con dígitos o estadísticas. Aquella noche ya sabíamos que algo estaba cambiando… Hay que advertir que el torero dictó ese pronunciamiento con un breve puñado de corridas de toros en su haber. Aguado había tomado la alternativa en la feria de San Miguel de 2017. En la temporada 2018 sólo se había vestido de luces en seis ocasiones; antes de hacer el paseíllo en Sevilla había sumado otras cuatro tardes…

La temporada comenzó en Fallas. Ese contrato, de alguna manera, había servido para confirmar a Antonio y Fran Vázquez en la dirección de su carrera después de algunos titubeos de trastienda que no llegaron a trascender. El joven matador se llevó un trofeo en el ciclo valenciano que también fue noticia por la gravísima lesión de rodilla de Enrique Ponce. El toreo es así: ese percance iba a abrirle la puerta de la sustitución del valenciano en Morón de la Frontera a finales de marzo. Era una corrida preparada para la reaparición puntual de Jesulín de Ubrique pero todo el mundo salió hablando del sustituto. El joven matador sevillano indultó al toro ‘Toledano’, un gran ejemplar de El Torero que le permitió enseñar sus mejores registros. El boca a boca hizo el resto. Lo mejor, una vez más, estaba por llegar…

Aún pasaría por un pueblo de Francia antes de recalar de nuevo en la plaza de Las Ventas, la tarde del Domingo de Resurrección, junto a Juan Ortega y David Galván. La combinación había caído de pie entre los aficionados aunque el juego de los toros de El Torero no estuvo a la altura de las circunstancias. Y llegó el 10 de mayo, anunciado en Sevilla. Hizo el paseíllo entre Morante y Roca Rey. Era el cartel estelar de la Feria, el que se había impuesto en la taquilla. Ya contamos en su día el milagro. Pablo había entrado en la plaza con aura de torero con futuro. Salió convertido en figura después de marcar a fuego el resto de la temporada hispalense. Hubo un indiscutible antes y después de ese Viernes de Farolillos que ya figura en los anales del propio coso maestrante. Roca Rey, que tiró de todo su repertorio en la misma plaza que le había aclamado unos días antes, salió tentándose la ropa. No querría verle más.

El bombazo ferial le sirvió para coger otra sustitución en Valladolid donde volvió a salir a hombros apretando las tuercas a los grandes. Sólo unos días después llegaría aquella faena del ‘silencio’ en San Isidro. Aguado volvió a revelarse en su máxima dimensión pero el mal manejo de la espada amortiguó el eco de su triunfo. Y del Foro a Nimes, donde cortó otras dos orejas. Pero a Pablo aún le quedaba un tercer compromiso madrileño, en la última tarde de San Isidro. El reclamo de su aura avaló el llenazo pero una cornada inoportuna le metió para dentro después de matar al primer toro, al que había llegado a cuajar excelentes muletazos. No podría reaparecer hasta la víspera de San Juan en León, donde volvió a abrir la puerta grande.

Desde ese momento, las andanzas del diestro sevillano entraron en un extraño ‘impasse’. Aguado recaló en las plazas de Algeciras, Soria, Burgos, Teruel, Pamplona, Mont de Marsan, Roquetas y Santander pero hubo que esperar al descomunal zambombazo de las Colombinas para volver a llenar de gasolina el depósito de sus crecientes partidarios. El impacto de su actuación se asimiló –o quizás superó- a la de Sevilla. El diestro sevillano logró enloquecer al público que llenaba el coso de La Merced confirmando que los algunos milagros tienen octava. Ya no había duda. Pablo Aguado era el torero a seguir.

Pablo cumplió los compromisos de Fuengirola, Pontevedra, Huesca, San Sebastián y Beziers antes de encontrarse con un nuevo tropiezo. Fue el 17 de agosto en Gijón. El torero sufrió una lesión que le supuso cancelar los compromisos contraídos en las plazas de Málaga, Almería, El Puerto de Santa María, Bilbao, Tarazona de la Mancha y Colmenar Viejo antes de poder reaparecer en Cuenca a punto de vencer el mes. Hasta el percance del ruedo asturiano ya había toreado 25 corridas de toros pero más allá de las estadísticas o el número de trofeos, hay que detenerse especialmente en el impacto, el eco y el poso de una manera de torear que ha roto la temporada y el futuro inmediato del toreo mirándose en los moldes más clásicos.

Después de Cuenca volvió por sus mejores fueros en Linares cortando dos orejas a un toro de Núñez del Cuvillo. Sin suerte en Bayona, Francisco Rivera había logrado su encaje en la Goyesca de Ronda, mano a mano con Morante, para sustituir a Roca Rey. No cabían otras componendas pero Rivera tuvo que tirar de diplomacia taurina para poder modificar los carteles de Palencia, en los que Aguado tenía apalabrada la misma fecha de la Goyesca. Al final pudo hacer el paseíllo en la Maestranza de piedra rodeado, una vez más, de una gran expectación. Pero hubo que esperar al sobrero que le regaló Morante para contemplarlo en toda plenitud.

Después de Ronda triunfó fuerte en San Sebastián de los Reyes y Palencia. En su agenda se sumaron otros contratos en Barcarrota, Dax, Valladolid, Salamanca, Nimes, Albacete, Aranda de Duero, Logroño –donde cortó dos orejas-, Zafra y Jaén, escenario del cierre de su primera temporada en la cumbre, concluida con 41 corridas de toros sumadas en los ruedos europeos y 37 orejas y un rabo en la alforja.

Eso sí, antes de pasar por el Santo Reino había vuelto a hacer el paseíllo, vestido de corto, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla. Fue en el festival organizado a beneficio de las hermandades del Baratillo y la Esperanza de Triana. No pasó nada reseñable en lo artístico pero sí hay que subrayar la impresionante ovación que le obligó a saludar antes de que lograra abrirse de capote. Esa misma tarde todo habían sido reticencias con Morante de la Puebla. Algo había cambiado…

La particular temporada de Pablo Aguado ha modificado muchas cosas, entre ellas su propia vida. Pero la trascendencia de la incipiente obra del torero sevillano tiene mucho más calado. Pablo ha logrado convertir lo clásico en vanguardia. La naturalidad, la cadencia, el minimalismo, el sentido del ritmo y la medida y su rabioso clasicismo tienen sentido restaurador, de vuelta a las fuentes. Más allá de las estadísticas o el número de trofeos, hay que detenerse especialmente en el impacto, el eco y el poso de una manera de torear que rompió la temporada y abre nuevos caminos al futuro inmediato del toreo mirándose en los moldes imperecederos.

Algunos toreros –y hasta uno muy encopetado- ya bucean en el concepto que ha alumbrado Pablo Aguado.

Publicado en El Correo de Andalucía

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