La tauromaquia exige una verdadera revolución que consiste en una vuelta a sus orígenes.

Por Antonio Lorca.

Dejó dicho el periodista, escritor y buen aficionado francés Jean Cau que “amar los toros cada tarde es creer en los Reyes Magos e ir a su encuentro”. Si es posible creer en la magia, que lo sea también pedir un regalo para que la fiesta de los toros recupere el ánimo, el semblante, la salud y se asegure una vida larga y fructífera.

Toros bravos, encastados y nobles, aficionados sabios, exigentes y generosos, y toreros heroicos y artistas caben, sin ninguna duda, en la imaginación que cualquier ‘loco’ del toreo.

¿Que queremos para el 2020? Toros, aficionados y toreros; así, por este orden, aunque pueda parecer extraño.

El toro es el gran protagonista de la fiesta; imprescindible, innegable e indiscutible. Pero el toro fiero, poderoso, bravo, encastado y noble, ese que provoca admiración cuando aparece en el ruedo, que empuja con los riñones en el caballo del picador, acude a galope al banderillero que requiere su atención y persigue la muleta con afán y constancia. El toro que infunde respeto y miedo en los tendidos, y obliga a las cuadrillas a estar minuciosamente atentas y con el sudor frío a flor de piel.

Ese es el rey que el taurinismo andante ha destronado en un sucio golpe de estado disfrazado de los supuestos nuevos gustos del público moderno.

Basta ya de milongas sobre el toro artista, el que se deja, el que colabora, el que derrocha dulzura y bondad -tan noble que es tonto- en beneficio de un señor aspirante a bailarín vestido de luces.

“El animal bravo debe transmitir la emoción del peligro, y demostrar fiereza, casta, acometividad y duración en las suertes”, dijo el desaparecido ganadero Victorino Martín Andrés.

En la barrera contraria podría situarse el también afamado criador de reses bravas Victoriano del Río, quien en agosto de 2018 confesó en el Club Cocherito de Bilbao: “He tenido que quitar vacas por exceso de bravura. No me han servido para el tipo de toro que busco”.

Pero no es el único.

El empresario José Luis Viejo, gerente de la plaza de Brihuega, apuntó en 2016 lo siguiente: “He traído los toros de Núñez del Cuvillo porque creo que van a dar una buena tarde y así las figuras pueden disfrutar”.

Y Fernando Talavante, hermano del torero y responsable de la ganadería familiar, comentó con motivo de un festejo en la feria de Olivenza lo siguiente: “Lo que buscamos es que el novillo sirva al novillero, sobre todo”.

Es evidente que no son pocos los taurinos que han perdido los papeles y carecen de escrúpulos para aguar la bravura y descafeinar el espectáculo.

Resuena en el desierto, no obstante, la enseñanza del fallecido maestro Dámaso González: “El aficionado necesita un animal con fiereza, porque, de lo contrario, no valora lo que hace el torero”.

Y el quite lo remató el diestro gaditano José Martínez Limeño: “El toreo está en un punto tan delicado en la sociedad, que tenemos que empezar a respetarlo nosotros mismos para que lo respeten los de fuera”.

En otras palabras, si no hay respeto para el toro, difícilmente puede haberlo para la tauromaquia.

2019 ha sido un buen año de toros bravos; ojalá que no se detenga la racha.

El toro, en primer lugar.

En el segundo, el aficionado.

Uno de los dramas de la tauromaquia del siglo XXI es la huida constante de aficionados; ahí están el origen y la consecuencia de la crisis. Si se rompe el cimiento del aficionado, la fiesta se desploma. El aficionado es el sufridor, el cliente comprometido, fiel e incondicional; el que guarda, mantiene y defiende la esencia, el que se emociona y sufre, el que exige la integridad del espectáculo. El aficionado es aquel que una tarde sale de la plaza maldiciendo su suerte y al día siguiente vuelve con la ilusión de un niño.

El importante es el aficionado, que no el público. Este es inconstante, veleidoso, ocasional y extremadamente infiel. No se emociona, se divierte. No tiene el veneno en las venas, no está contagiado ni ‘enfermo’. Acude a la plaza porque lo llevan, porque es costumbre o lo arrastra la feria, pero no se siente identificado con lo que sucede en el ruedo. Hoy va a un festejo taurino, pero lo cambiará mañana por un partido de rugby si las circunstancias lo aconsejan.

Los aficionados son necesarios, imprescindibles, vitales… Si los hay sabios, exigentes y comprometidos, la fiesta de los toros prevalecerá por encima de ataques, desprecios e ignorancias.

Publicado en El País

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