Opinión: Decisiones.

No es fácil entrarle a los toros, por lo que la actual Temporada Grande deja un halo de resurrección.

Por Jorge Murrieta.

El negocio del toro es complicado. Suele ser ingrato. No sólo para los que le ponen la barriga a los toros, sino también para aquellos valientes que se juegan su dinero en pos de solventar un espectáculo que paulatinamente ha ido dando muestras de estar fundido. La tauromaquia en América parece ser un arte al borde del precipicio, próximo a sucumbir, no tanto a los ataques de antitaurinos y políticos advenedizos, sino a la vejez (como bien señaló mi querido amigo René Franco). Sin embargo, y ante todo pronóstico, hoy los toros en México gozan de una digna y cabal salud.

Fórmulas: carteles rematados con combinaciones atractivas para el aficionado, particularmente hacia el término del ciclo. Haber repetido a José Mauricio después de la rotundidad de su triunfo ante los toros de Barralva fue un acierto mayúsculo. Si algo sabía hacer el controvertido doctor Gaona era precisamente eso: darle continuidad a los toreros y novilleros que triunfaban, poniéndolos un domingo sí y el siguiente también, siempre y cuando la ocasión lo ameritara.

A diferencia de temporadas anteriores, vimos toros con mejor presentación. Ese renglón en particular, que debería ser el más cuidado de todos, parecía importarle poco a ésta misma gerencia en ciclos anteriores. No haber desgastado al aficionado con la casi sempiterna presencia de los “itos” (término para definir, por características morfológicas, escasez de edad y marcado descastamiento, a los provenientes de las ganaderías de Fernando de la Mora, Teófilo Gómez y Javier Bernaldo) y ofertando toros de encastes como Jaral de Peñas, La Joya, Reyes Huerta, Los Encinos, Barralva, Piedras Negras, etc., provocó que el aficionado se sintiera seguro, en la recta final de la temporada.

Así es que a ojo de buen cubero, las decisiones tomadas por la empresa de la Plaza México para acudir al rescate de la moribunda Fiesta parecieron ser acertadas. Como la idea de regresar al colosal embudo la corrida por El Estoque de Oro. Seis toreros de innegable categoría, incluidos los españoles, partieron plaza para dar vida a un festejo que había caído en desuso. Enrique Ponce, Antonio Ferrera, Morante, José Mauricio, José Adame y Luis David, hicieron el paseíllo para dar muerte a toros de diversas ganaderías.

Así, el histriónico y afectado, cuanto profundo y esteta Antonio Ferrera, permitió que el juez de plaza le indultara a un bravísimo ejemplar de La Joya, un toro hondo, con remate y condiciones para la lidia, aunque no de indulto, en mi opinión, pues quizá le faltó tomar otro puyazo empujando con los riñones y terminar las series de muletazos arrastrando el hocico de principio a fin. Un toro muy completo, sin duda, que hoy ya goza los placeres de la vida en la dehesa.

En ese tono emotivo, José Mauricio le bordó el toreo a un bravo ejemplar de Xajay, en tanto que José Adame se hizo de un par de apéndices.

Publicado en El Heraldo

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