Obispo y Oro: Daniel Luque, un torero fuera del túnel.

Por Fernando Fernández Román.

Me gusta marzo porque es el mes que deja atrás el invierno, y el invierno, ya saben, es frío y noche. En cuestiones taurinas, también. Ir a los toros con temperaturas de un dígito, me parece un contrasentido y las corridas nocturnas, otro. Las corridas de toros se inventaron con luz de sol –no con moscas, como decía El Guerra— y aire libre, y los toros que se lidian de noche –dicen– se ciegan con el alumbrado. Así que marzo en España es, básicamente, la salida del túnel negro y frío que horada por abajo los calendarios y la llegada a la luz de las primeras calendas de la temporada, con los idus de rigor de luna llena. Las salidas de los túneles siempre fueron gratificantes. Recuerdo la negrura de aquellos que aparecían en el trayecto por ferrocarril Valladolid-Madrid y todavía me entra repelús, porque te asaltaban cuando la adormidera del chacachá del tren hacía horas que te había puesto en “modo traspuesto” y, de pronto, el sonido de las ballestinas de los vagones se tornaba en opaco ronroneo, como el de las películas de miedo, y se encendían las luces artificiales del habitáculo de gutapercha. Los túneles, ya digo, son una pequeña pesadilla, quizá por eso, cuando sales de ellos parece que revives. Eso ocurre también en la fiesta de los toros, por eso al hecho fraudulento de rebajar bajo cuerda los honorarios mínimos, reglamentarios y oficiales, del personal que interviene en la lidia se le llama “pasar por el túnel”. Lo mejor, lo propio, es no entrar en ellos, porque hasta que sales, ya digo, pasas un quinario.

Existe una amplia nómina de toreros que entran en el túnel de la opacidad y no salen de él. Ahí se quedan, a oscuras, envueltos en la carbonilla del fracaso. Los hay, incluso con grandes cualidades que no encuentran la salida jamás y se les da por perdidos… porque se pierden en las tinieblas del olvido. Por eso me place resaltar la aparición en escena, de un torero de Sevilla que la pasada temporada empezó a desperezarse del mal sueño del túnel y este año bisiesto puede y debe ser el de su completa recuperación, para bien de la Fiesta. Es de Gerena y se llama Daniel Luque, uno de los alevines que descubrí cuando actuaba sin picadores y llegó a la alternativa para ser eso, una alternativa, una gozosa novedad en los carteles. Me encantada –y me encanta– su concepto del toreo, su desparpajo y su soltura para manejar los utensilios de torear, pero…

De eso hace ya más de una década, tiempo excesivo para considerar que su ostracismo se debió a una mala racha. En el toreo, las rachas llegan y desaparecen en función de la capacidad mental del quien las padece. Los toreros son, por naturaleza, seres vulnerables. Pasan miedo, sufren cogidas, encuentran inexplicable el fracaso y no saben gestionar el triunfo. Algunos llegan a la fama en plena juventud, sin formación intelectual ni experiencia para afrontar el rigor de los contratiempos. ¡Ah, lo contratiempos! Los reveses del sorteo, el viento, la espada que pincha y, fundamentalmente, el toro, que no entiende de contratiempos. Quien se meta en esa espiral y le eche la culpa al empedrado, está perdido. A mayor abundamiento, aparecen los contratiempos que anidan extramuros de los ruedos: la vida ociosa e irreflexiva, el devaneo, el dinero fácil, la inversión ruinosa y ese “mañana lo arreglo en la Plaza” que no se cumple, sencillamente porque ya es demasiado tarde.

Por eso, este rebote al alza de Daniel Luque me parece una excelente noticia. Puedo decir y digo que le he visto torear como los ángeles, que tiene el valor de los que son capaces de pensar ante la cara del toro y la saludable altanería de quienes confían plenamente en su nivel artístico, al punto de osar replicar a Morante en Madrid un antológico quite a la verónica…¡por el mismo palo! y no desentonar en absoluto. Hay que estar muy seguro de sí mismo para apostar tan fuerte y no hacer bacarrá.

Sin embargo, Luque estaba prácticamente arrumbado, en el rincón de pensar, desde hace varios años, hasta que el pasado pegó varios aldabonazos, en Francia principalmente, y comenzaron a sonar las campanas de la resurrección. He visto las imágenes de su actuación en Valemorillo y me consta que hasta en los festivales o los tentaderos echa el resto, por el puro placer de torear como a él le gusta y de vencer las intemperancias de su antagonista en el ruedo. Ese es el camino. Ahora ya está en las primeras ferias de la temporada, las de Sevilla y Madrid incluidas, y me consta que se está preparando a fondo. Tiene una ventaja sobre el resto de sus compañeros: conoce el haz y el envés de esta loca aventura y sabe lo que debe y no debe hacer.

No tengo con Daniel más relación que la del saludo de pura cortesía, pero siempre me interesó su forma de torear y ahora más que nunca me sigue interesando. A nada que los hados –y los idus—de marzo le sean favorables, alguno se puede enterar de lo que vale un peine. Si tuviera que apostar por una “revelación” me apunto a la casilla de Luque, un torero fuera del túnel. Me gusta el riesgo. Este marzo se abren para él las primeras luces a cielo abierto de un nuevo amanecer. Los veteranos también tienen derecho a despertar de entre tinieblas y a sacar la cabeza del soterramiento después de bracear en él desesperadamente.

La Tauromaquia no entiende de túneles, ni tampoco de tunings, que es palabreja inventada para estropear la carrocería de los coches. Solo faltaría. Tunear la belleza es una horterada.

Publicado en República