Opinión: ¿Recuperaremos al toro?

Siglo y Medio Piedras Negras.

Por Alcalino.

Como todas las actividades humanas, el toreo tiene un orden de prioridades que atender. Porque lo circunstancial enriquece y colorea la fiesta pero no debe distraernos de lo sustantivo, que es y será siempre el toro. Todo lo demás es adjetivo, incluida la concatenación de hechos necesaria para tener un toro y un torero sobre la arena conforme unas reglas específicas y a través de las negociaciones necesarias. Sabemos que el hombre puede fallar, pero si falta el toro no hay toreo posible. Lo que hay son esos sucedáneos que, en el mejor de los casos, distraen, entretienen, divierten, pero son incapaces de sacudir el alma. Y sin alma, el toreo, como la vida, no pasa de simulacro.

Al grano. Venturosamente, la recién fenecida temporada grande trajo algunas alentadoras muestras de lo que son el toro y la bravura verdaderos. Claro que si uno espiga corrida por corrida sigue predominando el post toro de lidia mexicano, pero a su lado fueron surgiendo evidencias bastantes de que en el campo bravo nuestro aún hay sangre brava y ganaderos dispuestos a apostar a su continuidad. Y que si bien la reaparición de Begoña fue una completa frustración, y Xajay volvió a decepcionar, y hasta Jaral de Peñas quedó a deber esta vez –por no hablar de los hierros favoritos de los ases ibéricos, ideales para hacer la América con alevosía y a resguardo–, movió a sorpresa, e inclusive a gozo, comprobar que salían al ruedo de Insurgentes ejemplares capaces de pelear en varas más allá del piquetito virtual, repetir con cierta codicia sobre los engaños y, por lo tanto, exigir a quien se les pusiera delante entrega y mando, en vez de la deplorable gesticulación de cara a la galería y deleznables exhibiciones de destoreo en cualquiera de sus mixtificadas presentaciones. No siempre fue así, ocurrió más bien poco y espaciadamente, pero sirve, por lo pronto, para alentar la esperanza. Más vale apreciar con obligada atención la lidia de un bicho correoso y duro que ver cómo se regalan orejas a pasto para medio espantar el hastío de tantas tardes para el olvido.

¿Hay lugar para el optimismo? No me referiré al discutible récord de indultos que trajo la grande 2019–2020. Y sería ilusorio suponer que están en retirada el descastamiento y la insoportable sosería del post toro de lidia mexicano. Pero es justo mencionar los nombres de Barralva, Piedras Negras, Reyes Huerta, Los Encinos, Vistahermosa y, por supuesto, Santa Fe del Campo y La Joya, divisas sistemáticamente proscritas de la capital que, paradójicamente, dieron el encierro y el toro mejores de la temporada –los cuatro sanrafesinos del festejo final y “Tocayo”, de La Joya, cuyo indulto sería al cabo el único realmente justificado. Y no faltaron bovinos sueltos de La Estancia, Xajay, Villacarmela y hasta De la Mora que se dejaron torear. Y no se entiende por qué se destinaron los encierros de Los Encinos y Vistahermosa a rejoneadores y no a toreros de a pie, ni las razones para mantener fuera de los carteles a Santa María de Xalpa y casi casi a La Joya.

Cuadro de honor. Mencionemos por su nombre y procedencia aquellos astados, lidiados durante este otoño–invierno capitalino, en cuyo buen juego se finca la esperanza de que sea la bravura y no la mansedumbre el signo táurico del futuro en México:

“Mezcal Blanco” y “Tequila” de La Estancia (Saldívar los pinchó), “Ojos Míos” de De la Mora (Ginés, ídem); del encastado encierro de Reyes Huerta sobresalieron “Un Caballero” (Ponce, nada) y “Arrebato”, que recibió arrastre (Joselito, dos orejas), y en el mismo 5ª festejo “Canónico” de Jaral de Peñas (Joselito, dos orejas); Barralva despachó un castaño enrazado, muy exigente, “Malagueñito” (Mauricio, dos orejas) y otro de gran clase, “Clavellino” (Mauricio lo bordó y lo pinchó), al buen encierro que Vistahermosa envió al primer festejo de rejones, último de 2019, pertenecía el indultado “Gaspar” (Gamero, dos vueltas), y el saludo a 2020 traería otro indulto francamente demagógico, el de “Siglo y Medio” de Piedras Negras (Gerardo Rivera, por debajo de ese ejemplar simplemente repetidor), Pozo Hondo destacó con “Barba Azul” (Jerónimo, oreja) y se dejaron hacer “Gitano” (Zapata, dos orejas) y “Traguito” (Antonio Mendoza, vuelta); dos buenos toros de Los Encinos fueron “Notario” (Ventura, oreja) y “Buen Amigo” (Gamero, vuelta) y respondió bien “Cerrajero” de Julio Delgado (Gamero, oreja); noble y pastueño fue “Rompe Palos”, de De la Mora (Ponce, oreja), y algo más encastado su hermano de camada “Tequis” (Joselito, vuelta); del Estoque de Oro sobresale desde luego el indultado “Tocayo” de La Joya (Ferrera, dos vueltas), pero embistió con clase “Coco” de Xajay (Mauricio, oreja) y con celo y bravura “Cinco Estrellas” de Reyes Huerta (Joselito, orejas) y el incómodo y revoltoso “Palomito” de Las Huertas (Luis David, en torero). Y por último, pero no al último, un excelente cuarteto para rejones procedente de Los Encinos, sobresaliendo el hermoso cárdeno “Charro II” (Guillermo Hermoso de Mendoza, oreja) y cuatro de Santa Fe del Campo para los de a pie, buenos los cuatro y de escándalo el lote de Arturo Saldívar, con arrastre lento para “Burlador” (le cortó una oreja quedándose corto) y un “Jugador” que impresionó a las masas con su fiera pelea en varas pero que por su aspereza y cierta tendencia a rajarse nunca justificó la petición de indulto, bien denegada por el juez.

Los Josés, Adame y Mauricio. Encabezan la lista de triunfadores y merecen ir por delante. El hidrocálido, que allá por 2013–14 pintaba para consentido de la México, se ha topado en los últimos años con la sospechosa inquina de porristas fieles a las órdenes de la empresa anterior. El caso es que, con cuatro participaciones, sumó siete orejas, discutibles algunas si apelamos al rigor –no a las protestas por encargo–, pero trabajadas con torerismo y entrega por quien torea más bien que bonito, y con más autenticidad que zalamerías. A la colocación de algunas de sus estocadas sí se les pueden y deben poner peros, lo mismo que a la miopía de los jueces que las premiaron. Pero de que José es un torero maduro y cabal, ni duda cabe.

José Mauricio, con cuatro paseíllos y cinco orejas, constituyó el gran descubrimiento de quienes lo ignoraron durante década y media. Demostró que tiene todo para hacerse figura –elegancia, solera, expresividad, sello propio–, y que su único defecto es ser mexicano. Rabioso por romper el hielo, a veces atropelló la razón, lo que pudo causarle más de un disgusto. Cuajó al menos dos faenas modélicas de finura y clase –con “Clavellino” y “Coco”– y una de gran emoción dramática al encastado y calamochero “Malagueñito”.

Ferrera y El Zapata. Dos toreros atípicos, distintos entre sí e igual de interesantes. Uriel Moreno ha conquistado, al cabo de 24 años de matador, su voz y expresión de madurez. Con capote y banderillas ilumina de imaginación y maestría la arena. Según algunos, le falta un puntito de sazón para llevar todo eso al último tercio, aunque ha demostrado que le sobran seguridad, originalidad y recursos para sacarles partido a los toros. Y está hecho un gran estoqueador. Inexplicable que solo tuviera cabida en dos carteles y fuera excluido del Estoque de Oro. Aun así, tres orejas y una vuelta más, en premio al memorable segundo tercio de “Legado”, al que pudo desorejar si el de Jaral de Peñas hubiera tenido fuelle para otras 10 embestidas.

Antonio Ferrera, llevado entre algodones (cuatro tardes, cuatro orejas y un indulto), se perfila como el próximo consentido de la México. Su carismática personalidad se adueñó de la plaza, y como tuvo –junto con Saldívar– la fortuna de cara a la hora de sortear, su capacidad para llenar la escena encontró plena comunión con el público. Aun revolviendo el caviar con las papas fritas, se inventó una faena de orejas con el villacarmelino “Chiquis”, un post toro de lidia típico; desorejó después, entre algunas protestas, a los dos de su lote de una floja corrida de Jaral de Peñas, y conquistó apoteósicamente el Estoque áureo indultando a “Tocayo”, de La Joya, luego de una lidia redonda, gozosa y triunfal.

Orejeados. Los 13 apéndices restantes, de un total de 32, los obtuvieron Morante de la Puebla (2), Enrique Ponce (1), José María Hermosillo (1), Jerónimo (1), Juan Pablo Sánchez (1), Fermín Rivera (1), Sergio Flores (1), Luis David (1), y los rejoneadores Diego Ventura (2), Emiliano Gamero (1) y Guillermo Hermoso de Mendoza (1).

No hay peor ciego… Las mejores entradas de la serie llegaron al final, con carteles basados, salvo alguna excepción, en nombres de triunfadores recientes, que es el único modo de atender la demanda lógica del aficionado y no a compromisos preestablecidos. A ver si la evidencia sirve para que se entienda que lo propio de México es su temporada, montada al estilo tradicional, y no esas falsas ferias armadas por apoderados españoles.

Publicado en La Jornada