La tauromaquia no tiene que pedir perdón por existir (a pesar de todo)

El sector debe exigir sus derechos ante el Gobierno menos taurino de la democracia.

Por Antonio Lorca.

Sea cual sea el futuro de la tauromaquia, no tiene que pedir perdón por existir.

Aunque el destino le tenga reservada la fatalidad de que no pueda superar finalmente las graves heridas que le ha inferido el dichoso virus y se vea obligada a desaparecer… Aunque esa posibilidad se pudiera producir, no tiene motivo alguno para pedir perdón.

Aunque puedan tener razón quienes piensan que la fiesta de los toros corre el riesgo de morir por inanición a causa del olvido, el abandono y la desidia del Gobierno, que tiene la obligación legal de ampararla y promoverla…

Se pongan como se pongan los antitaurinos, tanto los que respetuosa y públicamente manifiestan su rechazo como aquellos otros que se esconden en el cobarde anonimato de las redes sociales para proferir insultos y mostrar lo rastrero que puede llegar a ser el ser humano… Se pongan como se pongan, los aficionados a los toros no tienen motivo alguno para pedir perdón.

Es tan fuerte la corriente antitaurina que no es extraño que a muchos amantes de la tauromaquia les asalte un cierto complejo de culpa cuando se ven calificados como ‘torturadores’, ‘psicópatas’ o delincuentes.

Pues, no. Un aficionado taurino no es un desecho humano porque disfrute y se emocione con la lidia de un animal bravo frente a un ser humano heroico que se juega la vida en el empeño.

Ya lo ha dejado dicho el Tribunal Constitucional: la diversidad de opiniones no condiciona el carácter cultural de la tauromaquia; es decir, que hay que distinguir entre el gusto de cada uno y la libertad.

Y no se trata, a estas alturas, de ofrecer cada día una montaña de datos para justificar la existencia de los toros, como si ello fuera necesario para acallar la propia conciencia dolida de cada aficionado.

Ya está bien de repetir una y mil veces que la tauromaquia forma parte de la historia de este país, y de la tradición y el sentimiento de millones de personas; que es un sector económico de primer orden que emplea y crea riqueza; que el toro, animal totémico, existe porque la fiesta está viva, que es un guardián de la dehesa, un agente medioambiental y un luchador contra el cambio climático.

Ya está bien de justificaciones. Porque todas suenan tristemente al adagio latino excusatio non petita, accusatio manifesta. Basta, pues, de excusas, aun siendo reales, porque todas suenan a acusaciones.

Lo repetía muy gráficamente el maestro Joaquín Vidal: “Al igual que una gallina sirve para hacer un buen caldo, el toro existe para la lidia en la plaza”.

Y se acabaron las explicaciones.

Quien no se sienta atraído por la fiesta, que no acuda a las plazas y que deje vivir en paz a quienes disfrutan con ella. Que otros muchos no están de acuerdo con la castración animal de perros y gatos ni con la vida canina entre cuatro paredes de un piso, y no por ello lideran una campaña contra el mascotismo imperante.

Eso sí, la aparición del virus ha coincidido en el tiempo con el Gobierno menos taurino de la democracia, motivos ambos suficientes para la preocupación sobre el futuro de la fiesta.

El pasado 22 de abril, representantes del sector taurino se reunieron con el Ministerio de Cultura, al que han presentado un documento —avalado por 600 entidades— con 37 medidas para afrontar la grave crisis derivada del covid-19. Y ahí ha quedado el eco de las buenas intenciones de la Administración que aún no se han plasmado en decisiones concretas.

Desde entonces, se ha reunido tres veces el Consejo de Ministros, y el pasado día 5 aprobó distintas ayudas para las industrias culturales, sin expresión alguna de la tauromaquia. Ni siquiera está claro que las prestaciones por desempleo acordadas para los artistas de espectáculos públicos afecten a los toreros.

Este pasado miércoles, la Unión de Criadores de Toros de Lidia se reunió con altos cargos del Ministerio de Cultura, y de la nota de los ganaderos se desprende que hubo oídos atentos, pero nada más.

Nada bueno se barrunta en el horizonte. Ciertamente, el primer aviso fue demoledor: nueve metros cuadrados para cada espectador de un festejo taurino en la fase 3 de la desescalada, condición que no afecta a ningún otro espectáculo.

¿Será verdad, entonces, que este Gobierno se pudiera estar planteando que sea el virus el que acabe con la fiesta?

Si eso fuera así, y así pudiera suceder, no será por decisión de los que mandan, sino por la pasividad de los afectados, más preocupados de pedir perdón que justicia.

Ni este ni ningún gobierno prohibirá los toros para evitar una rebelión social —parecida a la que produjo la ley seca en EEUU— a la que se unirían los que, sin ser aficionados, prefieren la libertad a la coacción. Si acaso, los políticos ignorarán al sector y favorecerán su desaparición. Y ello solo ocurrirá si el sector lo permite. En otras palabras, si se limita a pedir perdón por existir.

¿Y todo esto a pesar de que?
Los ganaderos reclaman el rediseño de la fiesta taurina para hacerla viable

El sector taurino debe hacer valer todos sus derechos constitucionales a pesar de que no es un referente de unidad, compromiso, seriedad y confianza frente a la Administración y sus propios clientes.

A pesar de que los taurinos son una mezcla de intereses enfrentados, y nunca en toda la historia, se han sentado para buscar puntos de unión. Bien es verdad que la fortaleza de la fiesta no lo hacía necesario, pero ahora sí, y resulta, claro es, que están desentrenados.

A pesar de que el sector prefiere llorar antes que estructurar una reconversión que se antoja imprescindible…

A pesar de que todos los profesionales son conscientes —o deben serlo— de que la solución de la crisis actual debe partir de los que viven de la fiesta, porque no será este Gobierno, ni ningún otro, el que ofrezca una mano amiga para levantarlos.

A pesar de que, a veces, desvíen la atención con polémicas absurdas y estériles, como la mantenida en las redes sociales por el torero Cayetano, que ha entrado al trapo de los comentarios de una actriz, y ha ofrecido publicidad gratuita a los antitaurinos.

En conclusión, que el toreo será lo que quiera ser; lo que decidan sus profesionales y los aficionados. Y solo desaparecerá el día -ojalá no llegue- que sus clientes, cansados de estar hartos, le den la espalda.

Mientras tanto, nada de pedir perdón. Por el contrario, hay que mostrar exigencia, orgullo y pasión por pertenecer a un colectivo de mujeres y hombres que rinden pleitesía al toro. Amén.

Publicado en El País

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