El torero liberal y revolucionario.

Gregorio del Santo y Miguel Ángel Salinas, autores de la ‘Historia taurina de Burgos’, ahondan en su nueva publicación en la figura de Domingo Mendívil, el torero burgalés más importante del siglo XIX, un personaje poliédrico y fascinante,

Por R.P.B.

Ese par de entusiastas taurómacos que son Miguel Ángel Salinas y Gregorio del Santo, autores de la canónica Historia taurina de Burgos, acaban de dar a la estampa una nueva obra. Un libro bien singular por cuanto arroja luz sobre la vida y tribulaciones del principal torero burgalés del siglo XIX, Domingo Mendívil. Sus autores contradicen nada más y nada menos que a la biblia de los toros, el Cossío, obra en la que se recoge que Mendívil nació en Burgos en 1818. Acierta en el año, que no el lugar en el que el futuro matador vino al mundo: Salinas y Del Santo han podido confirmar que lo hizo en la localidad vizcaína de Durango. Lo que no le hace menos burgalés, en opinión de los investigadores: afincado pronto en la capital castellana, se sintió siempre hijo del suelo bendito, donde vivió hasta su muerte, acaecida en el año 1881.

Es Mendívil un personaje fascinante, y el libro De Durango a Burgos le hace justicia. Es “uno de esos personajes en los que según vas acumulando documentación, más interesa y más atrae su figura, porque desde los primeros datos inciertos de un torero que parece no tener relevancia alguna, van surgiendo noticias de una vida muy curiosa y peculiar”, afirman ambos autores, quienes hablan de una vida novelesca, reconstruida a partir de una ardua investigación en archivos, bibliotecas y registros. Hallaron, entre otros, un documento firmado por el propio Mendívil en el que da cuenta de sus primeros años de existencia, marcados por una de las guerras carlistas que desangraron al país: inscrito como voluntario, a los 15 años, combatió del lado del Duque de la Victoria por todo el País Vasco, participando en el sitio de Bilbao. En aquella contienda perdió a su padre, y él mismo resultó herido de bala en un muslo. Aquel ardor guerrero tuvo una recompensa: recibió la Cruz de San Fernando por su participación en la batalla de Andoain, una de las más cruentas que libraron liberales (bando de Mendívil) y carlistas.

La indagación sobre Mendívil le sitúa en Burgos hacia 1940, año en el que se casa con la burgalesa Juana Murga Pérez en la parroquia de San Lorenzo, fijando su residencia en una de las viviendas que ocupaban los bajos de la Casa del Cordón y con un puesto en la administración. Fue en Burgos donde se inició en el mundo de la tauromaquia: en el padrón de 1845 ya se le reconoce como torero, profesión que desarrollaría a lo largo de, nada menos, cuarenta años. Las pesquisas de Salinas y Del Santo procuraron un dato estupendo: en los primeros años de la década de los Domingo Mendívil estuvo en la Escuela de Tauromaquia de Madrid, donde se le conoció con el apodo de ‘El Provinciano’. Hacia 1853 ya mataba toros en plazas de primera: Madrid, Barcelona… Para Salinas y Del Santo uno de sus mejores años fue 1854: actuó en quince ocasiones en Madrid (ahí es nada), tres en Cádiz y una en Bilbao; y mucha más, cabe imaginar, de las que no ha quedado registro alguno. “En todas las corridas le hacen buenas críticas, destacando, como fue casi siempre a lo largo de su carrera, en la suerte de matar”, escriben los autores. “Meter la cabeza en Madrid, con todas las figuras en las corridas serias de la temporada, aunque no fuera de sobresaliente, fue todo un logro que no estaba al alcance de cualquier lidiador”.

La alternativa. En 1856 tomó oficialmente la alternativa en Madrid, y ese mismo año toreó en Burgos con motivo de la inauguración de las obras del ferrocarril. Al festejo, cuentan los autores del libro, asistió el general Espartero. Casi nada. Así, el burgalés se convirtió en diestro consagrado, toreando por todas las plazas de España: Madrid, Pamplona, Zaragoza, San Sebastián, Bilbao, Valencia o Logroño, entre otras, y compartiendo cartel con toreros que están en los altares de este arte: Cúchares, Lagartijo, Frascuelo.

Cuentan Salinas y Del Santo que en 1859 desaparece Mendívil de los carteles. ¿El motivo? Su alistamiento voluntario en los Tercios Vacongados para combatir en la Guera del Rif (la Primera Guerra de Marruecos). Concluido el enfrentamiento en tierras africanas, se instaló en Burgos, donde le es adjudicada la regencia de una expendeduría de tabacos ubicada en la plaza de Santa María, que al cabo se convertiría en el tercer estanco con más ventas de la capital.

Podía haberse quedado tranquilamente disfrutando de esa concesión del Estado, pero “era todo lo contrario a su carácter y a su estilo de vida: peleona y aventurera”, señalan los autores del libro. Domingo Mendívil era un hombre de acción. Así que siguió toreando por todo el país e incluso en Francia, concretamente en Mont de Marsan, donde actuó en 1865. De su “personalidad totalmente comprometida con las idelas liberales, progresistas y revolucionarias” dará sobrada muestra en la Revolución de 1968, también conocida como La Gloriosa: aunque ya tenía 50 años y estaba baqueteado, participó en las Milicias Nacionales como ‘voluntario de la libertad’, cuerpo civil creado en defensa de la nueva Constitución y del orden público. Merced a su participación en La Gloriosa, Mendívil fue nombrado inspector de policía de Burgos, en grado de comisario. Ostentando este cargo protagonizó uno de los acontecimientos más escabrosos de cuantos acaecieron en Burgos por entonces: Mendívil fue uno de los acompañantes de Isidoro Gutiérrez de Castro, gobernador civil, el día que este fue asesinado por una turbamulta a las puertas de la Catedral. Fue el torero y policía quien disparó al aire su trabuco para ahuyentar a la plebe, consiguiendo el efecto contrario: encendió aún más los ánimos. El final es bien conocido: el gobernador fue vilmente asesinado y el propio Mendívil resultó herido.

No dejó de torear, con todo. Pero nuestro audaz personaje aún tendría una experiencia más de esas que cambian la vida de cualquier hombre: la cárcel. Con la I República hubo rebrotes carlistas. Y Mendívil volvió a alistarse para combatirlas. Era alférez de una partida cuando, en Castrojeriz, él y sus hombres se vieron envueltos en un enfrentamiento con los vecinos, que terminó de la peor manera posible, con uno de ellos muerto. Así que nuestro hombre se pasó una temporada a la sombra.

En 1880, un año antes de su muerte en Burgos, con 62 años, Domingo Mendívil aún se vistió de luces para la feria de San Pedro. Salinas y Del Santo han encontrado el remate en verso de una crónica de El Papa-Moscas que dice así: “Y en mi entusiasmo, a no/ darme mucho temor la justicia,/ me lanzo al ruedo y abrazo/ a don Rafael Molina/ (porque es un Largartijo un Barbi/ y un torero de obra prima)/ como le abrazó entusiasta/ y rebosando alegría/ el veterano Mendívil/ que es un abuelo que fila”.

*De Durango a Burgos, de Gregorio del Santo y Miguel Ángel Salinas, ha sido publicado por la Editorial La Cátedra.

Publicado en El Diario de Burgos

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s