La Fiesta Está Viva: El lujo del toreo.

Por Rafael Cué.

La tauromaquia es un espectáculo cultural de inmensa riqueza visual, auditiva y emocional; arte que inspira a las bellas artes; la esencia de ver a un torero poner su vida en juego con el único fin de expresar sus emociones ante un animal único, bello, imponente en fuerza y majestuosidad, mortal por su poder, pero dotado de nobleza y entrega en la condición única de la bravura, es un privilegio abierto a todos. La generosidad de toro y torero se manifiesta en hacer público un ritual centenario que ha estado de la mano del hombre desde tiempos ancestrales.

¿Cómo embellecer aún más esta liturgia? ¿Cómo abonar sensaciones al toreo sin interferir en su esencia?

Es aquí donde la arquitectura de plazas centenarias como Nimes, Arles, Sevilla y Ronda, o el talento de empresarios, juega un papel fundamental para abonar con buen gusto al espectáculo.

En 1987 la familia Torreslanda inauguró en el estado de Querétaro, una de las mejores plazas de toros de nuestro país. Para ser empresario, antes hay que ser muy buen aficionado, y Juan Arturo, el querido “Pollo” Torreslanda, cumple sobradamente el requisito. Con valor para promover lo que entonces era un incipiente fraccionamiento, la familia construyó una coqueta plaza de toros de aforo reducido: 2,700 personas, que hubo de ampliarse en el año 2000, a 4,000 asistentes, añadiendo una zona denominada “general”, cuyo objetivo principal es ofrecer precios populares en un área con los mismos beneficios que el resto de la plaza, cuyas instalaciones cuentan con todos los servicios que el exigente público de hoy espera.

Para que una plaza de toros sea negocio y un éxito en su gestión tanto taurina como social, es fundamental que la persona al frente del proyecto conozca bien su producto y principalmente a su público; que defina su toro en hechuras, trapío y prestigio; que sus carteles vayan de acuerdo al gusto de su público, y que partir plaza en dicho ruedo se convierta en un logro y un privilegio para los toreros y los ganaderos que ahí lidien.

Pues todo esto y más ha logrado la plaza de toros de Provincia Juriquilla a lo largo de sus 33 años ininterrumpidos dando toros. Han sido 261 festejos formales, 178 corridas y 83 novilladas, en donde ha participado prácticamente la crema y nata del escalafón mundial; figuras, consagrados y estrellas emergentes han rivalizado en el ruedo ante toros de las mejores ganaderías mexicanas.

Los festejos taurinos en Juriquilla se han convertido en eventos culturales y sociales, de sana convivencia entre distintas generaciones.

Los detalles: comencemos por la arquitectura, muy mexicana, con bóvedas, utilizando lo que la orografía y naturaleza de la región ofrecían a la hora de diseñar la plaza; la piedra y el cerro abrazaron al recinto. Arcos, fuentes, barro y colores. Los burladeros causan sensación desde el primer día, labrados en madera son una joya artesanal donde la seda y oro reposa antes de enfrentar al toro. El animal bravo y noble parece respetar el trabajo de quienes pasaron horas labrando el retablo, pocos astados rematan en las maderas ricas en trazos, formas y volúmenes. Los servicios como baños, accesos y esquilmos son de primera. El estacionamiento es amplio y seguro, la explanada exterior es un agradable jardín que abraza al asistente antes de acceder al coso, permite gozar de la fachada de la plaza y ver a los caballos y toreros arribar al festejo.

En la búsqueda del camino claro que hay tropiezos, quizá ceder ante las exigencias de algún apoderado en el campo, se me ocurre. Si esto provocó fastidio en el público, de inmediato a la siguiente tarde se rectificó. Humildad, afición y respeto.

Un ingrediente que los Torreslanda han sabido añadir con talento es la música en el toreo; si bien se dice que el toreo tiene su música callada, gozar de una faena bajo los acordes de una sinfónica, un mariachi o un ensamble flamenco, aumenta la capacidad sensorial del espectador, haciendo del festejo una experiencia de vida.

Enhorabuena a la familia Torreslanda, que hoy cuenta ya con dos generaciones más sumadas al proyecto, a quienes recuerdo la premisa del “Pollo”: “no organices un cartel al que tú no irías”. Respeten al toro, sigan conociendo a su público y no escatimen su amor y pasión por la tauromaquia.

Que sean muchos años más, y a nombre de la afición: muchas gracias.

Publicado en El Financiero

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