Huelva: Se volvió a respirar la brisa torera.

La afición en la nueva normalidad. Por Alberto Díaz.

Por Jesús Bayort.

Huelva huele a mar… y desde este domingo, se vuelve a respirar la brisa torera. Había ganas de toros en la plaza de La Merced, que completó todo su aforo reglamentario y continuó la expectación desde el monte Conquero. Perera triunfó. Y también lo hicieron las cuadrillas: ¡Vaya la tarde que dieron Curro Javier, Iván García y Javier Ambel!

La plaza estaba entera en pie mientras Perera permanecía inmóvil, de rodillas, pasándose los filos de la muerte como el que toma una caña. El éxtasis se había apresado de los tendidos. El torero había vuelto loco al animal tras mil y una vueltas alrededor de su cuello. Tuvo un gran toro, que por momentos pareció desfondarse, y que se acabó entregando al mando templado del extremeño. Nadie comió pipas durante aquella faena. Reafirmó lo ocurrido en su primer oponente: una versión renovada, con un toreo de capote más profundo y templado. Sin presiones y con calma.

Miguel Ángel Perera. Foto Alberto Díaz.

Lo toreó a la verónica con las manos bajas a pies juntos y siguió el temple por su espalda. Curro Javier fue el primero en poner en pie al público durante la lidia de «Asustado». El de Sanlúcar la Mayor pareció apresado de un espíritu kamikaze. Se le puso el toro dos metros por delante en banderillas a la velocidad del AVE. No tiró por la calle de en medio. Y a punto estuvo de llevárselo por delante en el primer cuarteo. ¡Ole los banderilleros con gallardía! Tras aquel acto heroico no le quedó más remedio a Perera que tirar la moneda. Y cómo lo hizo: lo esperó de rodillas en los medios para darle un cambiado por la espalda. Se gustó por el lado izquierdo, un pitón sensacional. Nadie puso en duda, tras la correspondiente estocada hasta la gamuza, que merecía las dos orejas.

Anteriormente sorteó un jabonero que adoleció de fuerzas y casta, defectos que se convirtieron en virtudes en sus manos. Fue aquí donde sorprendió su nuevo registro capotero. La carta de presentación no pudo ser mejor: lo toreó a la verónica como pocas veces se le recuerda. Le dolía al animal cuando lo sometían y fue esa la tónica general durante toda su lidia. Se arañó los nudillos Perera por chicuelinas. Y el espectáculo continuó durante el segundo tercio, porque pagar una entrada para ver al extremeño es una inversión amortizada para aficionados: si no es él quien redondea la faena es su cuadrilla la que ofrece los momentos de brillantez. Javier Ambel, Curro Javier y viceversa. Lo esperó Ambel en banderillas para clavar en la misma cuna de los pitones. Y el público se lo reconoció con una sonora ovación. No defraudaron las expectativas iniciales del de Cuvillo. Poco juego le ofreció a Perera, que sí consiguió sacar las dos tandas más lucidas por el pitón derecho, por donde el ayudado le permitía dejársela en el mismo morro y que no tuviera más remedio que repetir o najarse. Vendió cara su muerte, pese a la estocada entera que dejó el torero y todo quedó en una ovación.

Cayetano Rivera Ordóñez te puede gustar, no gustar; ser de tu agrado, o desagrado; pero hay que ser muy ciego para no ver la disposición que siempre tiene cuando se pone un traje de luces. Su tarjeta de visita fue una larga cambiada y no dudó en gallear por chicuelinas para dejarlo en el caballo. El bragado estaba justo de fuerzas y de presencia. Y aún quedó más mermado tras un par de encontronazos con las tablas. Muy condicionado llegó al último tercio, cuando el torero dinástico no quiso sacarlo más de la segunda raya del tercio. Estuvo insistente y por momentos pareció que el toro quería… pero no podía. Faena larga. Y el momento más heroico llegó con los aceros, cuando él lo hizo todo. Se encunó y salió rebotado del encuentro. Son detalles que demuestran la innegable disposición que hablábamos al comienzo. Le ovacionaron.

Con el quinto de la tarde (ya metidos en la oscuridad de la noche) no pasó la historia a mayores, pese a sus intentos de agradar con el toro más hondo de la corrida. Le dejó otra espectacular estocada y tuvo que hacer un uso del verduguillo. Le pidieron levemente la oreja y recogió la ovación en el tercio.

Dio muerte Aguado a su primer toro y había perplejidad en las miradas de sus partidarios, y del público en general que había acudido principalmente en su reclamo. Nadie rompía a opinar, pero la sensación no fue la esperada. Tuvo en suerte un toro con mucha tela que cortar: tenía temperamento y embestía con demasiado ímpetu, pero lo hacía bien. La faena tuvo altibajos, muletazos de bello calado intercalados con algún que otro enganchón. Lo más emocionante se había vivido en el quite que le realizó tras el meritorio puyazo que dejó Juan Carlos Sánchez al relance. Bailó por chicuelinas. Sí, bailó. Porque torear se torea siempre, o se intenta, pero también cabe la posibilidad de formar un pasaje especial y único en ese encuentro. Y Aguado lo hizo cuando homenajeó a Manuel Jiménez. Y llegó ahí el momento de mayor emoción de su labor: el toro le tropezó cuando se aproximaba el remate y quedó a su merced. Aguado respondió con una larga cambiada que mantuvo en vilo a los presentes. Dejó dos pinchazos previos a la estocada fulminante.

Salió en sexto lugar un colorado, ojo de perdiz, de expresión más abecerrada que sus hermanos y que tuvo el comportamiento habitual de la niñez: informalidad. Dejó Aguado alguna verónica interesante en su comienzo y se gustó con la muleta. Hubo cadencia y expresión cuando el toro se le permitió. Pablo quiso, pero no era el animal para un toreo de tantos quilates. Tuvo la disposición que se le echó de menos en el primer turno.

Publicado en ABC Sevilla

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