‘En un segundo tienes el triunfo o la muerte’: José Antonio Ramírez “El Capitán”

“El toreo es una profesión por demás única a la que debemos darle todo nuestro respeto como matadores de toros; para mí es algo sagrado que tiene ese secreto de poder alcanzar el cielo cuando Dios te permite cuajar un toro como así lo has soñado. El pasar de los años no cambia la educación ni el respeto por todo, y el toreo lo merece dada su concepción y el saber que en un segundo tiene el triunfo o la muerte”.

Quien así habla al HIDROCÁLIDO es el matador de toros en retiro José Antonio Ramírez “El Capitán”, uno de los diestros de mayor pureza y arte en la historia del toreo mexicano, quien el 9 de octubre de 1977, siendo novillero todavía, realizó una de las mejores faenas en la historia de la Plaza México, quedando inmortalizada en una placa esa actuación de la que todavía en estos tiempos se habla.

Para las nuevas generaciones, José Antonio Ramírez debutó como novillero en la Plaza de Toros San Marcos de Aguascalientes, el 5 de noviembre de 1967, donde alternó con Curro Rivera y José Luis Velázquez, con novillos de Villa Alicia. Se presentó en la Plaza de Toros México el 27 de septiembre de 1970 con el novillo “Llanero” de la ganadería Zacatepec, al lado de Rogelio Leduc y Armando Chávez “Carnicerito de Puebla”.

Tomó la alternativa el 10 de diciembre en la Plaza de Toros Santa María de Querétaro de manos del diestro español Paco Camino y como testigo de la ceremonia Eloy Cavazos, con el toro “Mariscal”, de la ganadería Torrecillas.

El periódico platicó con José Antonio sobre diversos momentos de su vida, teniendo esa gran calidad como persona que le distingue al “Capitán”, quien se sinceró siempre en sus comentarios, sin pasar por alto que su padre fue el matador de toros don Alfonso Ramírez “El Calesero”, sobre el cual dijo:

“Un padre excepcional que siempre estuvo al pendiente de todos sus hijos, nunca nos dijo ‘espérame tantito porque estoy ocupado’ cuando lo necesitamos para preguntarle algo o para enseñarle el más mínimo detalle que disfrutó a lo grande con nosotros, y siempre nos motivó a continuar haciendo lo que más nos gustara. Fue también un esposo único y tanto para mí como para todos mis hermanos es un verdadero orgullo el haber sido hijos de ese matrimonio formado por ‘El Calesa’ y ‘La Curra’, mi madre, que nos dieron el ejemplo de amor ya que fueron novios por 64 años de matrimonio. Siempre dijo que la mejor faena de su vida la hizo en los arcos del viejo Parián cuando mi madre lo aceptó primero como novio y luego le dio el sí para ser su eterna novia de la vida. Fue uno de mis mejores amigos en vida, un hombre dicharachero, alegre, bueno para el conquián, amigo de sus amigos; siempre te hacía bromas, muy divertido, y todos esos recuerdos siempre me reconfortan”.

— Y como torero ¿qué nos puede decir?

“Que único, muy predestinado en el arte, con muchos dones que sólo quienes los tienen pueden expresar tanta belleza en un ruedo con un toro; con muchos talentos que los desarrolló muy bien. Fue un torero de extraordinaria esencia y un culto y un cultivo siempre a su vocación increíble, siendo fiel siempre a ese culto que tuvo detalles que sólo él los podía tener con esa chispa de pellizco que al público tanto le gustaban. Dejó también para el toreo la ‘Caleserina’ y fue uno de los que hizo de la larga cordobesa un poema, además de ser en la historia al único torero que le tocaron por pasodoble el Himno Nacional en la plaza de toros de Orizaba del faenón que estaba haciendo. Lo que vino después con el director de la banda es otra historia”.

— El mejor consejo que le dio su padre ¿cuál fue?

“Muchos, porque todos los días ya fuera en el desayuno, comida o en la cena siempre buscaba el darnos los mejores consejos, pero el que mejor recuerdo fue el que siempre me dijo de que no había herencia ni mejor patrimonio que le dejara a mis hijos que mi crédito moral; que al ir por la calle me señalaran siempre y la gente dijera: ‘ése es un hombre de bien’. Ése me marcó hasta la fecha y así lo he hecho desde que Dios me dio su bendición con mis hijos y eso será así por siempre”.

— Sobre la época de oro que usted vivió al lado de su padre y de las grandes figuras de aquellos tiempos, ¿qué le dejó todo eso para su aprendizaje taurino?

“Puedo decir a mucho orgullo que a pesar de que era un niño tuve el honor de conocer y convivir con Rodolfo Gaona y el maestro don Fermín Espinosa ‘Armillita’. Conocí a Lorenzo Garza, y ya retirado mi papá, cuando tenía 14 años más grande conviví con maestros del toreo como Silverio Pérez, Luis Castro, Humberto Moro, Juan Silveti, Rafael Rodríguez, Luis Procuna, ya que mi padre toreó muchos festivales al lado de estos monstruos del toreo que tenían conceptos únicos y muy diferentes. Me llena de orgullo el poder decir que tuve una gran relación de amistad con el maestro Moro y fui íntimo amigo del ‘Tigre’ Silveti”.

No podía faltar comentar sobre su relación con el añorado matador David Silveti, del que fue, además de su gran amigo, su apoderado, y esto dijo:

“David fue el mejor amigo que he tenido en mi vida, un hombre único, un genio como persona y como torero que me enseñó muchas cosas dentro y fuera de los ruedos. El apoderarlo ha sido lo mejor que me pudo pasar en la vida dada esa relación de hermandad de vida que siempre tuvimos. Puedo asegurar que hablamos ambos el mismo idioma. Él me bautizó a mi primer hijo y yo soy padrino de bautismo de Diego, creo que ése es el mejor ejemplo de nuestra relación de amistad. Fue un año y medio en el que pude disfrutar a David como ese genio del toreo que tanta falta hace en estos tiempos, con empaque, con esa entrega que hacía cimbrar los cimientos de cada plaza y los corazones del público. Apoderarlo fue un honor, con el que viví momentos únicos como el vestirse en mi casa en Guadalajara cuando iba a torear en esa plaza y ver cómo se le salían las lágrimas cuando se calzaba el terno por la importancia de ese ruedo donde él sabía que iba a llegar pero no sabía si podría regresar. Fue un predestinado que la fiesta disfrutó mucho”.

— Sobre su romance con “Pelotero”, de San Martín, en el ruedo de la Plaza de Toros Monumental México, “El Capitán“ respiró profundo y luego respondió:

“Uno de los días más importantes como ser humano y como torero… Se luchó mucho por que pudiéramos ir a torear a la Plaza México en ese momento donde toda la atención la tenían mis amigos Manuel y Guillermo Capetillo, por aquel entonces era mi apoderado el ingeniero Humberto Vega, y se dio el hacer tercia para esa tarde donde todo se conjuntó y pude hacer muchas de las cosas que yo les aprendí a muchos toreros, siempre con las enseñanzas de mi padre. Pude sacar todo lo que dentro llevaba y hacer esa faena que tanto había soñado, es un recuerdo imborrable en mi vida que todavía disfruto cuando voy a la Plaza México y es mucha la gente que me felicita y la recuerda también”.

— ¿Por qué decir adiós de los ruedos una tarde lluviosa en la plaza de toros de Yahualica, Jalisco?

“Esa tarde fue de sentimientos muy encontrados y voy a decir la verdad de esto: Yo pasaba mucho miedo y el sacrificio del diario vivir siempre fue algo que no dominaba dado el estar con esa angustia de querer pero muchas veces no poder tener ese valor para disfrutar de mi bendita profesión. Me fue muy difícil, y, por si algo faltara, me gustaba más la fiesta que otra cosa y ello con esta profesión para nada se lleva. Lo medité y me di cuenta que no tenía la ambición ni la vocación para ser torero y ser alguien muy importante, entonces para no andar causando lástimas ni arrastrar el apellido lo decidí esa tarde al lado del maestro Eloy Cavazos y Humberto Moro hijo. Fue muy bonito porque ahí corté mis tres últimas orejas y todos salimos a hombros”.

Por último y sobre si está satisfecho con lo logrado hasta este día en todos estos años, comentó:

“Tengo mucho que agradecerle a Dios por todo su amor que me ha brindado, lo digo como persona y como torero. Me dejó conocer muchas cosas que nunca pude imaginar que el toreo las tuviera y también por todos los amigos que tengo. El toreo sigue siendo mi mundo, voy a las ganaderías, a las corridas de toros, y si volviera a nacer, volvería a intentar vivir la misma experiencia que ha sido maravillosa. Y sí, estoy más que satisfecho”.

Por Juan Carlos Román.

Publicado en El Hidrócalido

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