Fernando Robleño, un torero heroico, ambicioso, triste, feliz… (y de otro tiempo).

Por Antonio Lorca.

Los toreros son personajes admirables al margen de su calidad humana; porque lo son quienes salen a morir cada tarde para alcanzar un sueño.

Uno de ellos, quizá de los más meritorios, ha pedido un refresco de naranja en una cafetería cercana a Las Ventas, y aparece embutido en un cuerpo menudo y aparentemente frágil, pero con facciones de hombre grande, surcadas por las cicatrices que deja el esfuerzo en la piel.

Parece, quizá es que lo es, un torero del XIX; al menos, su currículo no es de este tiempo: 33 corridas de Adolfo Martín; 30, de Escolar; 25, de Victorino; 14, de Miura; 12, de Dolores Aguirre; 11, de Cebada Gago; otras 11, de Cuadri… Y solo una de Juan Pedro Domecq. Y acaba de cumplir 20 años de alternativa.

Cuenta con el respeto y la admiración de la afición de Las Ventas, donde ha hecho el paseíllo 49 tardes ante toros que llevan “dos cementerios en los pitones”, en palabras que un día le refirió el taurino Bojilla, ha cortado 11 orejas y ha salido dos veces por la puerta grande; es un ídolo en Ceret, el santuario francés del toro íntegro.

¡Y es considerado un torero modesto…! Una incomprensible paradoja más de la moderna fiesta de los toros.

Fernando Robleño (Madrid, 1979), casado y con dos hijos, de ocho y cuatro años, es un torrente de sinceridad y un héroe en permanente estado de ebullición que se define a sí mismo como un hombre ambicioso, ilusionado, agradecido, feliz… y triste.

“Sí, estoy triste, porque esta era una temporada especial para mí; el pasado 20 de junio se cumplieron 20 años de mi alternativa en Torrejón de Ardoz, con Morante de padrino (no he vuelto a torear con él) y El Juli. Para mí, es un hecho importante haber llegado hasta aquí. Pero el virus lo ha fastidiado todo…”.

Atrás ha quedado la celebración, y en su agenda solo figura la fecha del 13 de septiembre, en Arles, en la que participará en un desafío ganadero, con toros de Escolar y Palha.

“Bueno, no lo sé, porque no es lo que yo quiera, sino cómo venga la vida. Sí, he sufrido muchísimo, y he vivido momentos muy duros que no deseo a nadie. He alcanzado metas importantes, pero creo que mi carrera no debe terminar aquí. Merece otro colofón. Quiero más, mucho más”.

Se extiende Robleño en una larga y sentida reflexión sobre el sufrimiento torero, y lo cuenta con conocimiento de causa.

“Cuando tienes que enfrentarte cada tarde a una difícil papeleta, se sufre realmente. Cuando termino de comer y me tumbo un rato antes de vestirme para lidiar dos toros de Miura o Escolar, me atrapa la angustia. No sé lo que sucederá. Paso miedo; y cuanta más experiencia adquiero, más miedo, porque ya has vivido situaciones comprometidas y sabes lo que puede ocurrir”.

“Las corridas que yo lidio”, continúa, “exigen una preparación física y mental especial; cuando vuelves al hotel, te sientes vacío y sin fuerzas. Es el desgaste, la tensión…”.

El currículo de este torero hay que escribirlo con letras mayúsculas. Su página web (fernandorobleno.com) es una película de terror protagonizada por las ganaderías más duras del campo bravo; solo en Madrid se ha enfrentado a ocho  corridas de José Escolar; cinco de Victorino; cuatro de Adolfo; otras cuatro de Cuadri, tres de Palha y dos de Valdellán, Baltasar Ibán y Dolores Aguirre. Casi nada.

“Mire, lo más importante es haber llegado hasta aquí, y con el convencimiento de que si un toro embiste 20 veces, soy capaz de poner la plaza patas arriba. Eso es lo que tiene mérito: el camino recorrido y el conocimiento adquirido”.

“En este mundo del toro te estampan un sello y lo llevas a cuestas toda la vida”, afirma Robleño para explicar su situación taurina.

Recuerda que sus comienzos fueron duros, y califica como ‘significativa’ su trayectoria como novillero. De hecho, salió a hombros en Madrid, pero, tras su alternativa, “tenía nombre, pero un solo festejo” y era una corrida de El Cura de Valverde en la localidad francesa de Ceret.

“Era el año 2000, tenía solo 20 años, pero salí a jugarme la vida, dispuesto a que aquellos aficionados me adoptaran como torero. Corté dos o tres orejas, no recuerdo, pero alcancé el objetivo. Al año siguiente, confirmé en Madrid con la misma ganadería, y yo creía que merecía otro tratamiento, pero era lo que había. El remate fue que en 2002 corté dos orejas a un victorino en la Feria de Otoño y quedé encasillado”.

No obstante, el torero está convencido de que haría un buen papel ante una corrida del muy comercial hierro de Juan Pedro Domecq.

“Solo he lidiado una en Santa Olalla de Cala, pero no estoy de sobra en un festejo con esos toros. Al revés; quizá, sorprendería a más de uno. Lo digo alto y claro. Lo que sucede es que la necesidad obliga. Tienes un sitio en esta corrida, te dicen, y si no lo quieres, hay una lista de espera de treinta compañeros”.

Pero asegura Robleño que no es un hombre resentido con su destino. Por el contrario, dice sentirse “muy agradecido”. “Claro que sí; mi carrera está viva gracias a esas corridas y al público que acude a ella”.

Reconoce, sin embargo, que había imaginado una carrera diferente.

“Es verdad, pero, con la mano en el corazón, debo decir que, a día de hoy soy, en gran parte, el torero que soñaba de pequeño. Y eso es muy importante”.

– ¿Está valorado el esfuerzo que un torero hace en estas corridas?

– “Muchas tardes sales andando de la plaza o recoges una ovación o das una vuelta al ruedo y equivale a cortar tres o cuatro orejas en otro tipo de corridas. Pero a los diez días se ha olvidado, y el esfuerzo no tiene el premio que debiera”.

– ¿Y se gana dinero?

– “Depende a lo que llamemos ganar dinero. Puedo decir que toda la energía que he desarrollado ante el toro no ha sido remunerada con justicia. Reconozco, sin embargo, que si mañana dejo de torear no tendría necesidad de buscar un trabajo fuera del toro”.

“Soy un hombre feliz porque he conseguido hacer realidad el sueño de mi infancia. Asunto distinto es que mi sacrificio hubiera merecido otro trato, pero no por ello estoy resentido; al contrario, al toro le debo todo lo que soy”.

Y no quiere acabar el refresco de naranja, que aún no ha probado, sin hablar de Madrid y Ceret, las dos plazas que cimentan su carrera.

“Soy un torero querido y respetado por la afición de Las Ventas, y ese es un orgullo que me ha regalado esta profesión. Pesa mucho torear en ese ruedo, pero no hay mejor sitio para hacer el paseíllo”.

Y Ceret. Allí triunfó con seis toros de Escolar en 2012 y, desde entonces, es un ídolo de la exigente afición local.

“Fue una propuesta mía a la comisión organizadora. Les dije que ellos eligieran los toros. Me preparé a conciencia, incluso participé en la maratón de Madrid, y llegué al patio de cuadrillas absolutamente concienciado de mi alta responsabilidad. Cuando vi la plaza llena, crecí dos palmos. Corté cuatro orejas, y se me abrieron las puertas de Francia”.

Sobre la mesa queda intacto el refresco. Han sido más fuertes la ilusión y el sentimiento de un personaje admirable.

“No sé mentir como torero, y creo que la verdad te conduce al éxito. Para mí es un honor que un aficionado me pare en la calle y me hable con respeto y admiración. Eso… eso no tiene precio”.

Publicado en El Pais

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s