Opinión: Serlo y no parecerlo.

Finito de Córdoba, durante un tentadero este verano en la plaza de la ganadería de Agustínez. | J.L.

Por Javier Lorenzo.

A falta de una temporada en curso como la conocíamos, el toreo se refugia en el campo. Allí vibra y se paladea como una escapatoria alejado del clamor. Se vive y se siente y a veces llega al mundo a través de las redes sociales y no siempre del mejor modo. No hay peor cosa que ser torero sin sentirse y mostrarse como tal. El toreo ha perdido, además de la justicia y la sensibilidad, su esencia, su misterio y sus rituales. Sus buenas costumbres. Todo vale en un mundo en el que no siempre fue así. Por eso era único. Y porque sus protagonistas se hacían respetar y transmitían la seriedad de este arte, plagado de liturgias. Muchas y variadas. Una es sentirse torero. Y el torero se siente, además de ante el toro, vistiéndose como tal. Un arte, el de vestirse de torero, al que se le da carácter de acontecimiento como no se hace en otro espectáculo. Ese ritual es mágico, medido, sencillo y misterioso. En la plaza y en el campo.

Por eso causa una imagen denigrante ver a un torero tentando vestido de cualquier manera. No quedan ya los viejos y sabios ganaderos que imponían en su casa tentar vestido de corto. Es una ordinariez de mal gusto y nula torería verlos en deportivas o sin traje corto, toreando igual que podrían estar haciendo cualquier otra cosa. Una aberración y casi un sacrilegio para los cánones más clásicos ver a un diestro, más si es o se considera figura, tentar vestido de cualquier manera, sin ropa de torear. Sin traje corto. En los detalles radica la grandeza de este arte. Y sus protagonistas los tienen que cuidar. Por respeto e imagen. Un torero debe de vestirse como tal. Con presencia. Y más si cabe cuando su imagen vuela sin rumbo y se cuelan en los teléfonos del mundo de manera inmediata. El toreo ya perdió la vergüenza, y esa falta de respeto y educación taurina es la que transmiten a las nuevas generaciones. Ese es parte del legado que dejan y enseñan. Y, tal vez, por eso son menos respetados. No me imagino a Manolete, El Viti o a los Bienvenida tentando hechos unos farraguas como se muestran muchos hoy. Las figuras actuales, con excepciones, lo hacen y no se avergüenzan. Pero se extrañan al ver que no se le respeta como a los de antes.

Recuerdo una tarde de tentadero en El Puerto de San Lorenzo, con el llorado Joaquín Ramos, a finales de los 90, la insistencia que puso en que no sacara en el reportaje a su torero, José Tomás, vestido de calle. “Las fotos que se publiquen vestido de torero”, me repetía una y otra vez cuando me concedió la entrevista con José. Y eso que JT tentaba impecablemente vestido, con un traje corto gris: calzona corta, camisa blanca, chaleco y chaquetilla. Botos camperos, por supuesto. Y así lo quería ver en los medios. Como si lo estuviera viendo… Joaquín vestía a sus toreros impecables. Y les hacía parecerlo. Su preocupación era que su imagen así lo transmitiera. La lección la guardé para siempre. Por eso hoy me acuerdo de él, de su enseñanza y la grandeza heredada de históricos maestros. Hoy me causa grima ver a los que no guardan ni respetan e incluso rompen el misterio y la grandeza del toreo. No lo leerán, ni se darán por aludidos. Si lo hacen, el malo seré yo por escribirlo.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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