De Jocinero a Islero: 1862-1947

Litografía de la mítica revista ‘La Lidia’ que recrea la cogida mortal de Pepete en 1862.

Manolete fue la última víctima mortal de un toro de Miura. La primera había sido, 85 años antes, su tío abuelo José Rodríguez, el célebre, corajudo y malogrado Pepete.

Por Álvaro R. del Moral.

La fecha del 28 de agosto de 1947 está marcada a fuego en el imaginario taurino y forma parte del calendario sentimental de la España de la autarquía. Fue el día de la cornada mortal de Manuel Rodríguez ‘Manolete’, aquel torero para olvidar una guerra que cerró en Linares la trágica lista de víctimas mortales de los toros de Miura. El Monstruo de Córdoba fue el último, sí, pero pocos saben que el primer torero muerto por las temidas reses que hoy pastan en Zahariche fue su propio tío abuelo José Rodríguez ‘Pepete’, un corajudo diestro del ancho venero taurino del entorno del viejo matadero cordobés que enredada sus apellidos con todas las dinastías de la carne, los alamares y el picón del barrio de Santa Marina, en cuya parroquia fue bautizado el 12 de diciembre de 1824, un día después de su nacimiento.

Su padre andaba en los tratos de ganado, un gremio que –en esa época- estaba estrechamente vinculado a la gente de coleta. Tío político de Guerrita por matrimonio con la hermana de la madre del altivo califa cordobés, Pepete se inició en la profesión enrolado en distintas cuadrillas. Pero fue en las filas del célebre diestro José Redondo ‘El Chiclanero’ donde el futuro matador cordobés logró la perfección del oficio. Cuentan las crónicas de la época que Pepete fue un torero voluntarioso, arrojado y hasta temerario aunque, eso sí, muy lejos de ser considerado elegante. El 12 de agosto de 1850, con 25 años cumplidos, tomó la alternativa de manos de Juan Lucas Blanco en la plaza de la Maestranza de Sevilla con un toro de Joaquín Pérez de la Concha llamado ‘Gamito’. El valentón y entregado Pepete llegó a alternar con los mejores de su época: Desde el propio Chichanero a Curro Cúchares, pasando por El Gordito y El Panadero, Manuel Trigo o Cayetano Sanz, que apadrinó su confirmación de alternativa en la plaza vieja de Madrid el 27 de junio de 1853.

La muerte

Y con Cayetano Sanz, casi nueve años después, se volvió a anunciar el 20 de abril de 1862, Domingo de Resurrección, en aquel vetusto coso de la Puerta de Alcalá. Era la primera corrida de aquella temporada. Pepete ya se acercaba a la cuarentena, una edad más que avanzada para ese tiempo, pero aceptó ese doble contrato –el mismo cartel tenía que haberse repetido al día siguiente, Lunes de Pascua- que también implicaba la lidia en el ruedo de la Corte de los toros de Miura –que ya habían tomado antigüedad en 1849- a nombre de Antonio Miura Fernández.

La corrida escogida para ser lidiada en aquel Domingo de Pascua se dividía entre los hierros de un tal Agustín Salido, vecino de Moral de Calatrava, y el de Antonio Miura. El primer ejemplar que saltó al ruedo, perteneciente a la vacada manchega, fue estoqueado por Cayetano Sanz. El segundo, de Miura, se llamaba ‘Jocinero’. Había nacido a comienzos de 1857 en la dehesa de la Torre del Abad, cerca de Alcalá de Guadaíra. El toro había sido calificado como “sobresaliente” en el corredero e incluso había llegado a padrear en la ganadería antes de ser reseñado para su lidia en Madrid. ‘Jocinero’ era de pelo berrendo en negro, alunarado, botinero, capirote… muy en la primitiva y fundamental sangre Cabrera de la antiquísima ganadería sevillana. Pepete lo corrió de salida, saltando al callejón a la altura del tendido 13, donde se entretuvo unos momentos con unos espectadores. Sin solución de continuidad –en aquella época los varilargueros aguardaban la salida de los toros en el ruedo- derribó el caballo que montaba el picador Calderón, que quedó al descubierto; completamente a merced del bicho.

Evocación pictórica del toro ‘Jocinero’, de Miura, pintada por Juliá.

Pepete –que lucía un precioso vestido de color amaranto y bordado en oro- saltó de nuevo la valla y acudió raudo al quite. El bicho hizo por él sin que el corajudo diestro cordobés lograra vaciarlo con el capote que llevaba enrollado en el brazo izquierdo. El encontronazo fue tremendo. Jocinero enganchó al torero por la cadera antes de lanzarle dos hachazos. El primero le hirió el pecho pero el segundo le rebañó literalmente la cavidad torácica. Pepete cayó en la arena. Aún tuvo arrestos para levantarse por sí mismo y dar algunos pasos vacilantes hasta la antigua Puerta de Madrid. Antes de llegar a la barrera se desplomó, abriéndose otra brecha en la cabeza al golpearse contra el estribo.

Se lo llevaron a puñados a la enfermería pero a Pepete se le estaba escapando la vida a borbotones por el boquete del pecho. El público ya se había apercibido de la gravedad de la herida mientras el matador era conducido al cuarto de curas donde falleció a los pocos minutos de su ingreso. Dicen que aún tuvo tiempo de preguntar: ¿es argo, doctor?. El cirujano de la época, un tal González Aguinaga, sólo pudo certificar su muerte. El cura de San José ya le había administrado la extremaunción. Habían pasado 61 años de la muerte de Pepe Hillo, primer matador muerto en el castizo coso de la Puerta de Alcalá.

Hubo algún desorden en la lidia, especialmente durante el tercio de banderillas que resolvieron Juan Yust y Caniqui anticipándose al toque de los clarines. Después de algunos momentos de confusión –en medio del estupor causado por la muerte del infortunado diestro cordobés- Cayetano Sanz se dirigió a la presidencia preguntando si debía matar al toro. Después de ser advertido afirmativamente lo trasteó de muleta antes de agarrar una estocada contraria a volapié precedida de tres pinchazos de la que resultó volteado sin consecuencias.

Leyendas y predestinaciones

La leyenda menuda del toreo se ha referido en muchas ocasiones a la divisa negra y verde que sigue usando Miura en el ruedo de Madrid –hoy en Las Ventas y antes en las plazas de la Carretera de Aragón y la Puerta de Alcalá- como recuerdo del trágico lance que causó la muerte de Pepete. Pero el dato queda perfectamente aclarado en la valiosa monografía ‘Miura, 175 años años a través de los carteles y la prensa’ publicada en 2019 por el investigador sevillano Luis Rufino Charlo. Efectivamente, Miura estrenaría la divisa verde y negra para lidiar en Madrid el 16 de junio de aquel mismo año de 1862, después de la muerte de Pepete. Pero ese color, el negro, ya venía usándose en la Corte por la ganadería –combinado con el encarnado- desde su toma de antigüedad en 1849 por lo que nada tiene que ver con el supuesto luto por la muerte del torero cordobés.

Pepete, como en una predestinación, había muerto pocos minutos después de las cinco de la tarde. Su cadáver fue conducido al Hospital General de Madrid antes de ser enterrado en el camposanto de la Sacramental de San Luis y San Ginés rodeado de una amplia tropa de matadores, banderilleros y picadores que no podía disimular su consternación. Aquel apodo, el de Pepete, había quedado envuelto en una especie de maleficio. Otro torero de este apodo, José Rodríguez Davie ‘Pepete’, natural de San Fernando, cayó víctima de un toro de Zalduendo en el ruedo navarro de Fitero el 12 de septiembre de 1899. Aún habría otro más: el sevillano José Claro ‘Pepete’, muerto en Murcia a causa de las graves heridas que le infirió el toro ‘Estudiante’, marcado con el hierro de Parlade, el 7 de septiembre de 1910.

Publicado en El Correo de Andalucía

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