Obispo y Oro: Una barbaridad.

Leandro Gutierrez. Foto Alberto Moreno.

Por Fernando Fernández Román.

En la tardenoche de ayer me puse a ver toros por la tele, que es el asidero que tenemos la gente del toro para hacernos una idea de cómo está el patio de la Tauromaquia, a estas alturas de la temporada más atípica de toda su historia. Aparte ensayos más o menos exitosos –más bien, menos—por los modernos canales que aportan las redes sociales, te enteras del estado de la cuestión por los canales de televisión que ofrecen festejos en directo, que, dígase lo que se quiera, es la forma más cabal y segura de mantener o generar aficiones y compromisos por el arte del toreo. De momento, solo Canal Toros de Movistar y los autonómicos de Andalucía, Castilla la Mancha y Extremadura han salido a la palestra. Es bien de agradecer este empeño del canal privado y de los tres comunitarios por abastecer de contenidos taurinos sus parrillas de programación. Y bien se lo agradecemos los telespectadores, propiciando con nuestra permanente conexión un alto nivel de audiencia, que es el combustible indispensable a surtir para que carburen las locomotoras mediáticas, tanto privadas como públicas. Ayer, digo, me puse ante la tele para ver una novillada con picadores en el muy taurino pueblo manchego de Añover de Tajo. Por tanto, el canal emisor era Castilla la Mancha Media, del que guardo tantos y tan  buenos recuerdos.

Añover, como la inmensa mayoría de los enclaves castellanomanchegos, es un pueblo taurino. Muy taurino. La gente va a los toros, aún con las restricciones que imponen las autoridades sanitarias en este momento; pero a mayores de esa afición sana, exultante y divertida que baila en el tendido cuando en el ruedo aparece el último toro de la corrida –como el de la “jota” de la  Misericordia zaragozana—parece ser que tiene a gala ser un reducto “torista”, de los de rompe y rasga, de los que proclaman que “lo auténtico” está en la imagen, la estampa, del toro de lidia: cuanto más grande, cornalón y astifino, mejor. Un toro –o novillo—que empiece a pedir carnés de toreros a todo ser viviente que aparezca vestido de luces por el ruedo. Sí, señor: si el toro no trasmite una sensación de miedo al paisano que habita en el tendido, mala cosa. Es un viejo axioma que mantiene vigencia inexpugnable –esto es, imposible de erradicar– en el concepto que del arte del toreo tienen una cierta clase de aficionados.

Hay quien entrega toda la carga de su afición al toro y nada o casi nada al torero, de ahí que desde hace más de 50 años surgieran dos banderías nada conciliables: los “toristas” y los “toreristas”. Entre ellos no cabe armisticio. Tomando ambos términos por los extremos, podría entenderse que aquéllos se integran en “lo auténtico” y éstos en “lo ficticio”. Unos son el obús de artillería, otros el cohete de la pirotecnia.

Sea como fuere, el caso es que Añover de Tajo ha enarbolado el estandarte del “torismo” para organizar y celebrar sus festejos taurinos. O al menos, es lo que se desprende de la fisonomía del ganado que se ha lidiado en su pequeño ciclo taurino de San Bartolomé, una corrida de toros y una novillada con picadores.

Véase el documento gráfico que se aporta, tomado por captura de pantalla. Es el cuarto delantero de un ejemplar cuajado, badanudo, de papada abundante e impresionante arboladura, en la que destaca la escalofriante finura del pitón con que termina el enorme cuerno. “Eso sí es un toro con trapío. Ahí quiero ver yo a los toreros machos”, diría un “torista” acérrimo. Desde luego, lo cosa, impone. ¡Bien por los organizadores de la corrida! ¡Bien por los aficionados añoveranos! ¡Se lo van a pasar en grande!

Lo malo, lo terrible, es que el ejemplar de la imagen capturada no pertenece a la corrida de toros, sino a la novillada de ayer. Fue el primero de la tarde, de la ganadería de San Isidro, como los restantes lidiados, todos ellos de parecidas hechuras, algunos de los cuales, a decir de los comentaristas de CMM, cumplían los cuatro años –edad que, lógicamente, impide ser lidiados como novillos—al día siguiente, o sea, hoy.

Los novilleros, eran Francisco Montero, Rubén Fernández y Leandro Gutiérrez. Tres muchachos cargados de ilusiones que apenas cuentan con un puñado de festejos toreados y se jugaron la vida limpiamente ante las pavorosas cornamentas que tenían delante, aunque denotaran un lógico desconocimiento del uso del estoque. El tercero de la terna, un colombianito de Cali –¡debutada con picadores!–, le cortó las dos orejas al último y hermoso cornalón del festejo. Al joven caleño le sacaron en hombros, con la taleguilla abierta por un seco derrote del cornúpeta de San Isidro; pero en su rostro de indio valiente se abría también una sonrisa blanca y recia. Vaya desde aquí, para los tres novilleros, mi reconocimiento a su esfuerzo y mi condescendencia más absoluta.

En ver estas cosas me entretuve, insisto, en la tardenoche de ayer. Y hoy, cuando despierta el mes de septiembre, todavía tengo en el cuerpo el retortijón que me provoca ver a unos muchachos, tan corajudos como indoctos en la materia, sometidos a una prueba de tan alto riesgo. No puede ser que a estas alturas del siglo XXI tengan lugar estos hechos sin sentido, invocando la “autenticidad” o la “integridad” por encima de todas las cosas, obligando a unos aspirantes a toreros a demostrar sus aptitudes frente a un material que supera, con creces, al que razonablemente corresponde a sus conocimientos. Es como si a los alevines de la cantera de un equipo de fútbol se les obligara a jugar contra un conjunto resabiado y treintañero, de los de hachazo y tente tieso, en un campo embarrado. Con mis respetos al ganadero –“en estos tiempos, ¿voy a negarme a vender el ganado que tengo, si me lo vienen a comprar?”, ha declarado, con más razón que un santo— y a quienes mantienen tozudamente su gratuitamente laureada condición de “toristas”, proclamo sin ambages que lo de Añover de Tajo, es una barbaridad.

Tengo la impresión de que la tragedia se ausenta voluntariamente cuando en una plaza de toros se dan cita la desmesura más desmesurada y la inconsciencia más ofuscada. Definitivamente, se nos ha ido la olla. No pasan cosas porque Dios no quiere. Dios es imparcial en todo. También en los toros. No es “torista” ni “torerista”.

Afortunadamente.

 Publicado en Republica

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