Un gran señor del campo bravo .

Por Antonio Burgos.

Ha muerto un gran señor del campo bravo andaluz. Don Jaime de Pablo-Romero y Cámara era uno de los últimos ganaderos cuyo apellido estaba ligado a un hierro histórico, defendido y cuidado por la familia desde hacía más de cien años. Todo un caballero en ese puerto de arrebatacapas que son ahora el toreo y las ganaderías. Todo un señor. Que se echó sobre sus hombros, voluntariamente, la enorme responsabilidad histórica de salvar el legendario hierro de la familia, el que compró don Felipe de Pablo-Romero en 1885, cuando las figuras no pedían «toros artistas» y «colaboradores» y los empresarios ni siquiera incluían los pablosromeros en la serie de las «corrida duras».

 Cámara, pero en la sociedad de Sevilla y en el toreo se pronunciaba «Jaime Pablo». Tenía el refinamiento de la familia, el buen gusto de su hermano Ignacio, la amabilidad de su hermano José Luis, el que fue hermano mayor de la Esperanza Macarena. Cuando otros se desentendían de la historia de las ganaderías, Jaime echó sobre sus espaldas la responsabilidad de salvar y mantener un hierro histórico, que había ganado antigüedad en Madrid en 1888, con el toro «Cuchillero» que mató Rafael Guerra «Guerrita», que tomó catorce varas y al que dieron…¡dos vueltas al ruedo! La ganadería de Pablo-Romero, el hierro de la omega, fue sinónimo de casta y bravura, de leyenda de grandes triunfos, cuando las figuras del toreo, de Gallito a Belmonte, pedían estos toros y llenaban las plazas.

Los toros de Pablo-Romero, con su característica capa cárdena, pastaron históricamente en la legendaria finca «La Herrería», de Sanlúcar la Mayor. Aunque las vacas de vientre de la ganadería y las crías se mantuvieron en la finca «Partido de Resina», entre Villamanrique de la Condesa y Aznalcázar, lugar donde Jaime resistió como los grandes el envite de los nuevos tiempos desde que en 1986 tomó en solitario la responsabilidad del hierro de la familia, haciendo todos los esfuerzos imaginables y arriesgando todo lo pensable por salvar ese tesoro del campo bravo andaluz, patrimonio de la Historia de la Tauromaquia, que nadie quería torear. Hasta que en 1997 no tuvo más remedio, con todo el dolor de su corazón, y tras un último intento incluso de salvarla a través de una fundación, que vender la ganadería a la sociedad «Partido de Resina S.L.», como la finca de Villamanrique y Aznalcázar, a cuyo nombre, ay, empezaron a anunciarse en los carteles los legendarios toros cárdenos del hierro de la omega.

Antes que ocurriera esa desgracia, Jaime Pablo, que siempre me honró con su amistad y su amabilidad cuando nos encontrábamos en la plaza de los toros, él camino de su sillón de tendido, me concedió el honor de asistir a uno de los últimos tentaderes de hembras en aquel templo taurino de la marisma. Le tentó las vacas Rivera Ordóñez, que entonces llevaba de primero a Alcalareño, y fue como una vuelta a otros tiempos, a un tesoro encerrado por un conservador refinado y desprendido, entregado a salvar esa riqueza. Me enseñó Jaime orgulloso los viejos libros de la ganadería, con las reatas y los toros más destacados, y con curiosos documentos, como los telegramas que los conocedores que habían asistido al festejo ponían al ganadero para informarle de la corrida. Allí estaba un telegrama que era un prodigio de expresividad y concisión del viejo campo andaluz. Un conocedor, quizá iletrado, ponía a la casa de los Pablo-Romero un telegrama que decía: «Toreros triunfadores, empresario satisfecho, público entusiasmado». No se puede decir más en menos en una de aquellas tardes de gloria que dio al toreo la ganadería de toda la buena voluntad y preocupaciones que le rindió Jaime Pablo. Ya digo, un fin de raza. Y un recuerdo de los grandes apellidos de las familias ligadas al campo, al toro y al caballo, cuando padre e hijos entraban juntos a caballo en la vieja Feria del Prado, y la gente comentaba: «Ahí vienen los Ramos-Paúl… Ahí vienen los de Concha y Sierra… Ahí vienen los Guardiola… Ahí vienen los Pablo-Romero…» Y allá que iban los jinetes, padres e hijos, todos perfectamente vestidos de corto, acompañados por los desbravadores y mayorales de la finca. Desaparecido ese mundo, Jaime Pablo poco pudo hacer más que demostrarnos su arriesgada y abnegada voluntad de todo un caballero en defensa del campo bravo andaluz con los toros de una divisa celeste y blanca que hoy es de negro luto.

Publicado en ABC

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