Obispo y Oro: Agustín.

Por Fernando Fernández Román.

La verdad es que no sé cómo he arrancado a escribir, porque desde el estreno de la tarde de ayer tengo la mente atribulada, abobada y errática, y aún en la mañana joven de hoy llevo más de diez minutos con las manos sobre el teclado y mirando a una pantalla en blanco. ¿Qué digo? ¿Qué escribo? Los que llevamos largo tiempo dedicados a opinar  e informar en medios de comunicación estamos, más o menos, habituados al gatillo fácil que se aprieta en cuanto la noticia se consolida lo más mínimo y disparamos las parrafadas en ráfagas a toda pastilla, como si la premura fuera más importante que el tema a tratar; pero cuando la noticia te hiela el corazón, ¡ay, amigo!, los dedos se congelan también sobre el teclado y la pantalla, blanca y sola, parece impacientarse: ¿escribes, o qué?

Arranco, pues, sin saber adónde me llevarán las letras y los tiempos que empleo en escribirlas, porque la muerte de un amigo no por barruntada deja de hacerte un nudo gordiano en las neuronas. Llevo horas –noche de duermevela–  pensando qué debo decir y no se me ocurre nada extraordinario. Temo caer en el consuetudinario y hueco plañiderismo del obituario forzoso o, peor aún, en florilegios de tufillo lisonjero. Recuerdo que en una ocasión parecida a la que me trae hoy a esta página escribí que el obituario es ese rastro que deja la muerte para dar vida al elogio póstumo y, precisamente por eso, no me perdonaría entrar en vacuidades postizas para anunciar la nueva mala que me congela el ánimo: la muerte en Bilbao de Agustín Martínez Bueno. Un tipo excepcional. Tampoco él me lo perdonaría.

Para quienes no conozcan su vida, su obra y su trascendental aportación a otras muchas, diré que ha sido una referencia indispensable para las gentes del toro y para la Tauromaquia, en general, cuando los calores de agosto les llevaban –nos llevaban—hasta la capital del bocho de Vizcaya para estar presentes en las Corridas Generales de Bilbao, una de las citas taurinas imprescindibles para profesionales y aficionados taurinos de todo el mundo. La cita, más allá de la inevitable del coso de Vista Alegre, estaba en un hotel, el Ercilla, el hotel de Agustín; porque Agustín en el toreo no necesitaba apellidos, se le conocía y se le recordará siempre, como “el del Ercilla”. Llegábamos al hotel, y antes de registrarnos, la pregunta era obligada: ¿dónde está Agustín? Y Agustín aparecía con su aire de Varón Dandy, impecablemente vestido, el pañuelo de seda asomado al balcón que se abre en el ático de la chaqueta, recién afeitado y dispuesto a atender las pertinencias –o impertinencias—de los recién llegados. Agustín era, por naturaleza, el bálsamo reconfortante que imponía o impregnaba de una familiar personalidad a su cometido principal: que estuviéramos a gusto en su hotel. Durante sus múltiples desplazamientos por la geografía taurina, mi querido compañero Vicente Zabala Portolés solía decir que las habitaciones de los hoteles son el lóbrego refugio de los viajantes por imperativos de oficio. “Si no fuera por el televisor, sería un zulo”, recalcaba. Pues, bien, en el Ercilla, esto jamás se pasó por la mente de sus ocupantes. Vicente, por cierto, se alejó de Bilbao y de sus corridas de toros porque su acendrado patriotismo rechazó el cambio de los colores de la bandera de España del peto perimetral interior de Vista Alegre por los de la camiseta del Athletic, y se fue a Almería; por tanto, creo que no llegó a disfrutar del Ercilla y de la bonhomía de Agustín.

Y es que Agustín logró convertir un hotel en el prólogo y el epílogo de una tarde de toros, al trasladar de inmediato la corrida a las dependencias interiores de su recinto hotelero. Un río humano peregrinaba cada tarde hasta el Ercilla; primero, para presenciar la salida de los toreros, repeinados y sonrientes, y después, para verlos de paisano pulular por los sectores acotados en la inmensa planta baja del edificio. Hubo años en que se coloquiaba con las grandes figuras tranquilamente, aunque los más aficionados preferían coloquiar y discutir entre ellos, en espacios acotados al efecto, entre los cuales se reservaban algunos dedicados al teatro, para que –ya de madrugada–  lo más granado de la escena de nuestro país hablara y pontificara sobre la obra que acababan de representar. Quienes fueron testigos de aquella imponente multitud congregada en un hotel, sabrán que no exagero. Todo un espectáculo ideado, mantenido y ascendido hasta cotas inverosímiles de atracción, por un zamorano de origen humilde que llegó a Bilbao para escribir en El Correo y se hizo el cartero más famoso del mundo taurino. Un cartero que trae siempre buenas noticias es una joya de valor incalculable.

Se ha muerto ayer Agustín Martínez Bueno y su recuerdo me trae el aroma de una calidad humana fuera de lo común. Supongo que habré fracasado en el intento de glosar su figura con el pergeño de estas breves líneas. Lo siento en el alma; pero es que no es fácil, en este momento, hacer remembranza de su tremenda personalidad, de su vida y de los logros, alcanzados desde el puente de mando de la nave de un hotel, haciendo navegar en ella al ingente, atípico y variopinto mundo de los toros. Ha muerto Agustín “el del Ercilla” y siento que se me agotan las inercias de seguir pulsando el teclado. No tengo más palabras. Solo puedo concluir que, en lo personal, jamás podré agradecer su capacidad para insuflar jovialidad y, sobre todo, corresponder a su proverbial caudal de bondad, tan generosamente repartido. Probablemente, porque, ya de nacimiento, era más bueno que la madre que lo parió. Su madre lo llevaba en el apellido.

Publicado en República

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