Opinión: A vueltas con la casta.

Por Lope Morales.

Fuera ya del manido debate toros sí, toros no, siempre que se habla de decadencia de la fiesta de los toros, se acaba concluyendo que el mal reside en la falta de emoción y que es el toro el único capaz de arreglarlo. Surge entonces el debate conceptual sobre cuales son las condiciones que un toro bravo debe tener para mantener la emoción en la plaza. El toreo —decía Ortega y Gasset—, como las demás artes, morirá por el estilismo. No sabemos si Ortega incluía también el arte de la política, pero en los toros, al menos, la estética sin la épica puede llegar a ser, no ya ridícula, sino verdaderamente patética. Y todo el mundo coincide en que si llega el aburrimiento a la plaza es por la falta de casta. Lo que pasa es que no es un término fácil de definir, porque en el análisis del comportamiento del animal se mezclan conceptos como el genio, la bravura, la nobleza, la fiereza o la propia casta que, salvo casos muy evidentes, resultan difíciles de relacionar o de diferenciar.

En cualquier caso, lo cierto es que los toros encastados plantean más dificultades que los que no lo son y por eso no los quieren las figuras. Porque haberlos, haylos. Villanueva del Arzobispo puede ser el martes un buen ejemplo con la corrida de Victorino Martín. La casta no es lo mismo que la bravura, porque puede haber toros mansos encastados y bravos descastados. La podríamos definir como la combatividad del toro —o de la vaca, claro—. Si al toro bravo se le rebaja su dosis de casta, la bravura degenera en excesiva nobleza con falta de agresividad y, como consecuencia, carece de emoción todo lo que se pueda hacer con él. Es algo que tiene que ver con la ascendencia, pero que se demuestra de forma individual, no es una cualidad gregaria. La casta no se adquiere por asociacionismo ni por agrupamiento. Ni por afiliación, en el caso de la política. No es de transmisión horizontal. La buena casta es una cualidad intrínsecamente personal que viene de padres a hijos —o de maestros a discípulos— y que se demuestra en la vida embistiendo con poder y con codicia, pero por derecho. No se tiene en grupo. Al contrario, hay grupos que no la quieren. No quieren gente encastada en sus filas, porque el encastado embiste también a los suyos si pisan terrenos que no se deben pisar. En todo grupo puede haber individuos con casta —mejor o peor— o sin ella. En los partidos políticos también. El ejemplo más reciente es el de Cayetana Alvarez de Toledo, que bien la demostró defendiendo su linaje en respuesta a las provocaciones de Pablo Iglesias, el flamante vicepresidente que parece que ya habla menos de la otra “casta”, que así es como llamaba a él a la “clase política” de la que ahora es un espécimen ejemplar. Ante el conformismo de lo “políticamente correcto”, la actitud brava y encastada de la ex portavoz pepera, con embestidas claras y bien argumentadas, luce de manera especial cuando de desmontar la supuesta superioridad moral de la supuesta izquierda se trata. La casta se puede definir como la resistencia al sometimiento, y se muestra entre nosotros cuando se asumen principios y se defienden, no cuando se comparten intereses arreglando pitones para todos. Y visto así, y en contra de lo que se ha venido diciendo a lo mejor lo que tenemos en España no va a ser un problema de casta, sino de falta de casta. También en los toros.

Publicado en Diario de Jaén

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