De ‘Cúchares’ a Rafael de Paula: escándalos taurinos en la Feria vallisoletana.

Multas y arrestros de las grandes figuras por infracciones al Reglamento o faltas de respeto al público.

Por José Miguel Ortega.

Mucho antes de que ‘Chiquito de la Calzada‘ la incluyera en su repertorio, esta frase era de uso común en la jerga taurina. «Una mala tarde la tiene cualquiera», se decía para justificar actuaciones desafortunadas de las que a lo largo de toda una carrera profesional nadie se sustraía, ni siquiera las grandes figuras.

En la historia de las corridas de toros de la feria vallisoletana hay bastantes ejemplos de esos escándalos de orden público que, por muy diversas causas, originaban en el ruedo los toreros de luces, primeros espadas que se metían mucho dinero a cambio de algo más que lucir palmito y exhibir su nombre en los carteles.

Cúchares‘ –Francisco Arjona– fue la primera gran figura del toreo que pisó en ferias la plaza octogonal de Fabionelli. En las de 1859, ya con 41 años sobre las espaldas, trató de repetir algo que ya había hecho anteriormente en éste y otros ruedos españoles: ceder la muleta y la espada a uno de sus subalternos para que matase al toro. Una gracia que a veces se le reía y otras, como ocurrió aquel año, no.

El presidente de la corrida le dijo que nones, que el matador era ‘Cúchares‘ y ‘Cúchares‘ debía concluir la faena, que para eso cobraba lo que cobraba, 68.000 reales junto a su yerno, ‘El Tato‘, por torear las cuatro corridas del ciclo festivo vallisoletano. Pero don Francisco, que era muy suyo, le contestó que estaba fatigado y que, o lo mataba el banderillero, o el toro se iba vivo a los corrales. Y en medio de un escándalo mayúsculo, el maestro fue detenido por la Fuerza Pública, pasando la noche en los calabozos de Chancillería, para salir al día siguiente tras haber pagado la multa correspondiente.

Al Paseo de Zorrilla

El 24 de septiembre de 1894, ya en la plaza nueva que había construido la Sociedad Taurina en el Paseo de Zorrilla, toreaban Rafael Guerra, ‘Guerrita’, y Antonio Reverte, las dos grandes figuras de la época, toreros geniales que trascendían más allá del ámbito taurino.

Se llenó, como no podía ser de otra forma, la plaza porque, además, los toros del Duque de Veragua constituían otro aliciente añadido a los muchos que entrañaba aquella tarde de paseos en coches de caballos, pamelas, sombreros y aroma de puros habanos. Transcurrida la mitad de la corrida, al salir el cuarto toro comenzó a llover como cuando Noé fletó su arca, dejando el ruedo totalmente encharcado.

Entendiendo que allí no se podía torear, los dos matadores y sus correspondientes cuadrillas decidieron abandonar la plaza y regresar a su hotel, olvidándose del pequeño detalle de habérselo consultado al presidente quien, al enterarse de la situación, ordenó a la Guardia Civil de a caballo que trajesen de vuelta a ‘Guerrita‘ y Reverte por las buenas o por las malas.

Y fue por las malas, ya vestidos de paisano y manteniendo el criterio de que allí no se podía concluir el festejo. A todo esto, parte del público ya se había marchado y además empezaba a anochecer, por lo que la corrida se dio por terminada y los dos ases del escalafón taurino fueron arrestados y multados, según convenía el Reglamento.

A finales de los años veinte torearon varias veces en Valladolid Rafael ‘El Gallo’ y ‘Cagancho‘, etiquetados por los revisteros taurinos como toreros de inspiración, artistas de valor limitado con muchos detractores y algunos fieles seguidores, que esperaban el milagro de una faena para el recuerdo.

Al ‘Gallo‘ le acompañaron sonoras broncas y hasta un tomatazo en la cabeza, mientras que ‘Cagancho‘, en la feria de 1929, provocó tal escándalo que fue trasladado a la cárcel de Chancillería, donde pasó la noche. Como aquella era una historia que se repetía con harta frecuencia, el dibujante de ABC publicó un chiste que se hizo viral, aunque este término no existiera. Uno de los ratones del calabozo le decía al otro: «Qué raro, son ya las nueve de la noche y ‘Cagancho‘ sin venir…».

En las ferias de 1960, el torero madrileño Luis Segura fue protagonista de otro altercado porque, tras ser atendido en la enfermería de un leve esguince de muñeca que, según el parte médico «no le impedía continuar la lidia», le comunicó al presidente que no estaba apto para torear y que se iba al hotel, siendo detenido y multado por «desconsideración con el público y faltar a las más elementales normas del decoro profesional al abandonar la plaza antes de concluir el espectáculo».

Hubo otros muchos escándalos, protestas y lanzamiento de almohadillas que afectaron a primeras figuras, como ‘El Cordobés’, Paco Camino, Curro Romero, Ortega Cano y otros muchos, pero sin consecuencias represivas por parte de la autoridad competente, porque sus desafortunadas actuaciones no infringían el Reglamento.

Rafael de Paula

Otra cosa bien distinta es lo que hizo en 1975 Rafael de Paula, toreo de duende que aquella tarde estuvo mal con el primer toro y falto de vergüenza torera en el segundo, al que ni siquiera dio un pase alegando que tenía un defecto en la vista. Pese a las advertencias de la autoridad, el jerezano se cerró en banda, no salió del burladero y dejó que sonaran los tres avisos, en medio de la ruidosa protesta de los tendidos. Pasó la noche detenido, quedando libre al día siguiente, previo pago de la correspondiente sanción gubernativa.

Diez años después, también en ferias, se repitió la historia y Rafael de Paula, ya muy mermado de facultades, apenas salió al ruedo, pero la multa que le fue impuesta la pagó, creo recordar, su amigo Gonzalo Gonzalo, presidente del Forum de baloncesto. Aquella tarde viví una anécdota que no me resisto a compartir con los lectores. Mi amigo Fernando Fernández Román transmitía las corridas para Radiocadena Española y me pidió que le echara una mano, entrevistando a los toreros. Y cuando el segundo toro del jerezano ya estaba en el ruedo, aproveché para decirle a Rafael, que estaba a mi lado en el callejón: «Vamos maestro, que el toro tiene faena…», a lo que, sin dudarlo, me contestó: «Pues toma el capote y sal tú». Cacho inmortalizó el momento con la foto que ilustra este artículo.

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