Ética y legado de la crítica taurina independiente.

Por Darío Juárez.

Dicen que nunca se le empañaban las gafas delante de su libreta. Para un cronista taurino que sale en papel, el tiempo juega en su contra tarde tras tarde. Ese personal de Mesa que ordena el cierre del periódico, siempre amenazante con mandar las páginas que estén listas a las máquinas si la pieza de toros no entra a su hora. Veinte años después, puedo imaginarme a la redacción de El País esperando la llegada de la crónica de Joaquín Vidal, antes de irse a casa. Fuma que te fuma, sentados en círculo sobre los escritorios, como en una masterclass de un broker de alta escuela a la que asisten atónitos economistas novatos recién salidos de un máster de la Complutense.

Por aquel entonces, la sala de prensa a la que acudía en Madrid para cubrir los festejos de Las Ventas era un lúgubre, sucio y ahumado garaje en los aledaños de la plaza. Entre penumbras, cláxones, pitillos apurados hasta el filtro y el cronómetro marcando el tempo, redactaba su texto día tras día. Aunque Joaquín se reseteaba de manera inmediata. Él mismo decía que «lo que ve la luz, bien está que muera con la luz del día siguiente». Sus horas de plaza y las que echaba delante del papel, cuando cubría la información taurina para Informaciones, lo compaginaba con su puesto de funcionario en el Instituto Social de la Marina. Hasta que ya fuera, a mitad de los años setenta, cuando se incorporó a las filas de El País como cronista taurino y encargado directo de la sección.

Además de su fanática y sentimental afición por los toros y el arte de torear, su felicidad la sostenían pilares como el café solo y frío, el Ducados negro, la soledad de la noche y su corajudo Atlético de Madrid. A Joaquín lo quería leer hasta su peor enemigo. Con la narrativa de sus crónicas surcó los mares de la fama en lectores de todo tipo; desde filósofos, pensadores y artistas, pasando por políticos y gente de la calle que se rifaba el periódico en los bares para leer su pieza diaria. El maestro Luis Francisco Esplá definía su manera de escribir de este modo: «Joaquín tuvo la virtud de interesar a los intelectuales por el mundo del toro. Él creó esa complicidad de la que estaba huérfana el toreo. Aunque sólo coincidí con don Joaquín un par de veces, me sentía identificado con él por su recelo hacia el taurino profesional. Su sorna castiza me recordaba a Ramón Gómez de la Serna, incluso escribiendo. Esa pluma captaba y resumía cualquier situación en un par de renglones. Me reí mucho con sus crónicas en las que, sin faltar nunca el respeto a los toreros, era capaz de convertir en jocoso lo que no tenía remedio. Añoraremos mucho su pluma, porque no aburría nunca».

No hacía falta entender ni tener afición por los toros para buscar su página. A Vidal, además de por su conocimiento periodístico y su defensa tan escéptica que hizo de la Fiesta y de la búsqueda incesante de su integridad, el personal lo leía por la voracidad para analizar al toro y las lidias con esa personalidad jocosa, divertida, admirada y aunada con la crítica más independiente. Algo que nació en el diario Pueblo, allá por los años sesenta, codilleándose en la información taurina con el gran Alfonso Navalón, y terminó de consumarse en El País, en 2002, cuando fue hospitalizado y dejó de escribir.

Allí tuvo de segundo a un jovencísimo Emilio Martínez, redactor taurino actual de Diario Crítico. El periodista albaceteño resalta la figura de Vidal, dentro de la historia de la crítica taurina, como «la ética del periodismo taurino, además de escribir muy bien. Hasta el punto de que muchos comentarios de texto de alumnos de bachillerato los sacaban de sus crónicas. Fíjate la pelea que hizo por la búsqueda de la integridad, que llegó a salir en portada la lista de ganaderías denunciadas por afeitado». Si hay algo que no es dudoso, es la influencia superlativa de Vidal a la narrativa de la crónica taurina actual: «Es posible que inventase un subgénero dentro de la propia crítica pero, como decía, además de la ética, su mayor virtud era su facilidad para leer al toro. Veíamos pocos festejos juntos, pero las veces que lo hicimos, aquello era una clase magistral», comenta Emilio.

Vidal diría ahora con el tema de los indultos ‘como chicles’, que las vacas ya no enviudan a las cinco o que quedarse en la biblioteca leyendo el Cossío en vez de salir a ligar, ya no es de ser gilipollas, sino de ser un gilipollas redomado para los tiempos que corren. Parece que en este mundo, el hábito tiene que hacer al monje sin poder vislumbrar nunca la luz al final del túnel de los clichés eternos que persiguen y perseguirán vitaliciamente al taurineo. Esa corriente de la que siempre rehuyó Joaquín: «Nunca quería acercarse a los toreros, ni a los ganaderos ni a nadie. Recuerdo una vez que en Murcia lograron convencerle para asistir a una conferencia con Curro Romero. A mí me pareció extraño. ¿Cuál fue mi sorpresa? A tres días de aquello, me llama y me dice que vaya yo a dar la charla», recuerda Emilio.

Antonio Lorca, sucesor de Vidal, crítico taurino y director actual de la sección de toros del diario El País, estuvo diez años a las órdenes de Joaquín. «Yo lo conocí en el 92. Creo que Joaquín era un elemento extraño y él mismo lo decía. Vino a romper, de alguna manera, lo que era hasta entonces la crítica taurina; vamos, un renovador de la crítica taurina. Aparte de ser un escritor deslumbrante, creo que lo más importante de Joaquín es que ha sido un maestro. Pero un maestro en el sentido auténtico de la palabra. ¿Por qué? Porque los maestros dejan huella». Y remata: «esa huella es el principal motivo por el que hoy se sigue escribiendo de toros en El País, ese sello que él imprimió a la información taurina».

Lorca afirma que la figura de Joaquín contribuyó a la formación de muchos aficionados: «él era un periodista honesto, un aficionado cabal defensor de la pureza y de la integridad auténtica de la Fiesta. Yo soy uno de sus muchos alumnos, pero él acercó a mucha gente al mundo de los toros con su forma de escribir. Y decía: ‘yo no tengo la verdad, tengo mi verdad’. El mayor legado de Joaquín fue esa maestría para enseñarme que el periodista taurino debe ser decente, honesto, aficionado y, sobre todo, independiente», resalta Antonio.

A finales de los ochenta se funda el diario El Mundo. Es entonces cuando Pedro J. Ramírez llama a las filas de la sección de toros al hasta entonces crítico teatral de El Independiente, Javier Villán. Allí dedicó su tiempo a la crítica taurina y fue en ese mismo tiempo cuando coincidió con Joaquín al que no conocería, de manera fortuita, hasta unas Corridas Generales de Bilbao. «Parece que fue ayer. Al término del festejo, se acerca un señor a saludarme y me dice: ‘¿usted es Javier Villán? Digo, sí. Y me dice, ‘se está usted pasando, a ver si modera el tono…’. Naturalmente, le respondí: ‘lo tiene usted muy fácil, no compre el periódico’. Entonces se echó a reír y me replicó: ‘Javier Villán, enhorabuena y gracias; ya no estoy solo», recuerda con anhelo el crítico palentino. Un detalle grabado a fuego para Villán que lo lleva unido a él: «para mí fue un referente de la crítica y la literatura taurina por tres cosas fundamentales: su buena escritura, los conocimientos taurinos que tenía y su infranqueable independencia. Me sigue pareciendo una necesidad seguir leyendo a Joaquín para conocer el estado de la crítica taurina actual, tan vilipendiada como la conocemos ahora», concluye Javier.

Ya lo escribió mi admirado Luis Martínez, crítico de cine del diario El Mundo, un día después de su adiós en su pieza Oficio de vida: «Él era Joaquín Vidal y los demás, para qué vamos a engañarnos, no».

Publicado en Pitón Derecho.

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