Manuel Díaz ‘El Cordobés’, un torero, un rebelde con causa por el honor de su madre.

Recuperado de su grave problema de cadera, espera el nuevo año para volver a los ruedos.

Por Antonio Lorca.

– ¿Es posible separar el torero del personaje popular?

– “No. Una faceta va unida a la otra. No se puede separar al torero de la persona, y lo que hoy no tiene sentido es que el torero no sea popular. A mí todavía me conocen los niños por la calle; la gente me para y me pone el móvil para que salude a su madre. Reconozco, no obstante, que en el balance de mi vida ha importado más el personaje que el torero. Creo que si me hubiera dedicado solo al toreo, a lo peor no hubiera triunfado porque, quizá, no poseía las cualidades necesarias. Pero siempre he tenido los pies en el suelo. He tenido claro el lugar que ocupaba, y en ese escalón creo que soy el mejor. Vamos, que yo conocía mis límites. Por eso, he sido feliz en mi profesión, y no he necesitado otros reconocimientos”.

La cita es en un hotel sevillano, y allí aparece Manuel Díaz El Cordobés con una sonrisa abierta, jovial y divertido, como si te conociera de toda la vida. Su imagen sigue siendo la de un chaval, pero ya es un hombre con toda la barba -ha cumplido 52 años el pasado 30 de junio-, un torero veterano (esta es su temporada número 27), y un padre de familia con tres hijos de 21, 16 y 14 años.

Comenta ufano que ya está recuperado del grave problema de caderas que lo apartó de los ruedos en el verano de 2018 para pasar por el quirófano; y que solo la pandemia ha impedido que esta temporada estrenara un traje de luces nazareno y oro listo para “demostrar que una lesión no me ha retirado del toreo”.

Se define como un rebelde, pero es, ante todo, un torbellino que destila campechanía, habla sin medida, y transmite tanta naturalidad como aparente sinceridad. Un animal de la comunicación, un seductor nato, una persona entrañable… Parece, sin embargo, que es un esclavo del personaje, como si este lo hubiera abducido y no pudiera aparcarlo a pesar de sus intentos.

Confiesa que es feliz, “eternamente feliz”, apostilla; y como tal se muestra durante toda la charla, en la que repasa una vida plagada de acontecimientos que todos hemos vivido con él, cual es el sino de los personajes populares. En suma, hablar con Manuel Díaz El Cordobés es hacerlo con un amigo cercano, aunque nunca antes lo hayas saludado, con el que hemos compartido intimidades familiares, flaquezas y triunfos de alguien que forma parte de nosotros.

Asegura que es torero desde que nació y lo es por sus genes paternos, detalle que no le ocultaron nunca su abuela y su madre, lo que se convirtió en la causa de su rebeldía. Él lo explica mejor:

“Mi rebeldía nace de mi compromiso por limpiar el honor de mi madre; yo supe desde pequeño que a ella se la había herido, y la única manera de defenderla era haciéndome torero. Mi referente principal ha sido mi padre, claro que sí. Él ha sido el espejo en el que me he mirado. Ha sido mi ídolo taurino, y por ello decidí seguir sus pasos. Me he formado a su semejanza y adopté su estilo. Mi objetivo era llegar a ser una persona notable para que él se fijara en mí. Tenía que defender la honestidad de mi madre, y me hice responsable de abanderar esa causa”.

– ¿Por eso ha sido torero?

– “Esa fue la base principal. Después, esta vocación se convierte en un veneno que te entra en la sangre. Es un mundo de respeto y de valores que te permite ser distinto a los demás. Ya de chico la gente de mi barrio cordobés me miraba de forma diferente porque quería ser torero. Ya era novillero sin caballos antes de superar el Graduado Escolar. De hecho, brindé un novillo a mi tutora en Villanueva de Córdoba y le pedí que me aprobara”.

Manuel Díaz esconde por un momento la sonrisa y explica que el toreo le “ha apartado de muchas tentaciones y distracciones, me ha obligado a implicarme de lleno, y he aprendido a respetar a las personas, a los animales y a mí mismo”.

Y añade que descubrió lo que él llama “la psicología de la viveza”.

El Cordobés ejecuta su peculiar ‘salto de la rana’ en La Maestranza. Julián Rojas

“Sí, la necesidad de caer bien y tener oído. Yo toreaba con el oído; si la gente vibraba en el tendido seguía por ese camino, aunque ello supusiera saltarme a la torera los cánones taurinos”.

– ¿Y usted qué ha aportado a la fiesta de los toros?

– “Frescura… acerqué un público nuevo que no la conocía. La gente venía a verme porque era un torero popular, lo que creaba más afición y riqueza. Es verdad que, a veces, me asaltaban dudas: ¿es esto lo que yo quiero hacer o es que no me queda más remedio? Con el paso del tiempo he descubierto que ese era el espacio que yo podía ocupar con mi verdad y honestidad. Tengo claro que habré sido mejor o peor, pero todo lo he realizado con entrega”.

“Imposible, inalcanzable”, responde el torero cuando se le pregunta si ha saboreado la meta propuesta.

“Es más, no me considero figura del toreo. He disfrutado, eso sí, he sido un privilegiado y le debo al público que me haya colocado en el lugar que estoy. Figura, quizá no, pero sí un torero querido. Yo me quedo hoy en cualquier lugar de España sin un euro en el bolsillo y le aseguro que a las diez de la noche estoy comiendo un bocadillo en casa de una familia desconocida. Para mí, eso traspasa más que ser figura”.

-¿Cuál podría ser esa meta inalcanzable?

– “Haber dado más de mí y no haber apostado por el egoísmo y el conformismo. A veces, he antepuesto mi historia de vida a la profesional, he elegido el camino del corazón y no el de la cabeza”.

Más de 1.000 toros lidiados, 18 cornadas, algunas de ellas muy graves, torero de todas las ferias durante varias temporadas en las que sobrepasó los 100 festejos, una pelea judicial para utilizar legalmente el apodo del El Cordobés, otra más larga para ser reconocido como hijo legítimo…

-“Mi vida no ha sido fácil, ni la taurina ni la privada. A veces, me he sentido como una mercancía, y he querido abandonar, pero era un tributo que tenía que pagar para alcanzar la meta: comer caliente y ayudar a mi madre”.

Tiene palabras muy cariñosas para Paco Dorado, el apoderado que lo impulsó siendo aún novillero, al que le pidió, dice, un único favor: “El primer dinero que ganemos tiene que ser para comprarle una casa a mi madre, que ya estamos hartos de que nos echen por impago del alquiler”.

Y así fue: con el sueldo de la corrida de su confirmación de alternativa en Las Ventas, el 20 de mayo de 1993, pudo cumplir su deseo.

Ha ganado dinero, entonces…

– “Yo tenía una visa oro que funcionaba cada vez que la metía en el cajero, y así me daba por pagado. Gané dinero, sí, pero también pagué mucho. Hubo un par de rupturas de apoderamiento que me costaron como un divorcio. Nunca miré los contratos, porque lo que yo quería era torear y que a mi madre no le faltasen las 200.000 pesetas que le enviaba todos los meses”.

Publicado en El País

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