“La pareja Roca Rey-Talavante sería explosiva para llenar las plazas”: José Miguel Arroyo Joselito.

La emoción perdida por Javier Lorenzo.

José Miguel Arroyo Joselito pide lo que nunca debió de perder el toreo. Emoción. Lo que le distingue de todas las artes. La emoción que aquí llega por medio del arte o el riesgo. Del valor o la entrega. “Lo que le hace falta a la Fiesta es emoción. Y la pareja Roca Rey-Talavante sería explosiva para llenar las plazas”, dice el maestro. Y apela a lo que siempre tuvo este espectáculo antes de que se perdiera la rivalidad.

Hoy al toreo se le ha escapado y con él se fue mucha de su grandeza. De su atractivo. La Fiesta es menos fiesta. No porque los toreros tengan menos mérito sino porque ha desaparecido esa rivalidad que antes existía cuando los toreros sabían que el de al lado si estaba mejor le podía quitar parte de los mejores carteles, el dinero y hasta la gracia del público. No había besos, palmaditas ni abrazos en los patios de cuadrillas. Los toreros se miraban de arriba a abajo, y esas miradas de entrada descomponían al más nuevo o al más débil. El ruedo era sagrado. Y ahí no existían las amistades. Había que ser el mejor. A los toreros les envenenaba el triunfo de un compañero, hoy las figuras han hecho suya esa frase tan absurda de “competir con uno mismo”. Y no. Se compite con el rival y a la vez compañero. Antes el triunfo de uno bajaba la cotización del otro. Y todos pugnaban por ganar un duro más que su contrincante.

La competencia se vivía y sentía, en el ruedo y fuera de él. Y el aficionado la hacía suya. Se generaban bandos. Se dividían las aficione, partidarios de uno y otro. Y el toreo latía… La efervescencia hacía grande al espectáculo. Y único. Hoy se ha caído en la previsibilidad. Las figuras tienen hechas las campañas enteras. Y no solo eso. Saben con quién van a torear todo el año. Y con quién no. Se ha eliminado la competencia. ¿Quién era la figura en 2019? Roca Rey. ¿Quién fue la revelación nada más explotar aquella primavera? Pablo Aguado. No se vieron las caras. Las figuras de verdad, las de antes, tenían ese orgullo. “¿Quién se ha atrevido a sacar los pies del tiesto? Que me lo pongan en media docena de carteles”. Y ahí se veía qué pasaba. Y quién mandaba.

Hoy las figuras, por norma, se encierran en ellos mismos, carteles herméticos, monótonos y repetitivos en los tres últimos lustros que han saturado al aficionado. Sota, caballo y rey. Esa ha sido la táctica usada para intentar llenar las plazas entre tres, y aún así les cuesta. Y de paso cerraron la puerta a los nuevos valores, a los que apuntaban y a los que lo demostraron. El público necesita esa competencia, una rivalidad verdadera, algo más que ver cuajar un toro a una figura. Necesita saber que ese torero quiere defender su sitio más allá de los despachos. En el ruedo. Con el toro. Y con el compañero. Con otra figura. Con la revelación o con el quiere venir a inquietarle.

El toreo necesita efervescencia, rivalidad, pasión, competencia. Y le sobra comodidad. Necesita emoción, como dice Joselito. Necesita saber que no sabe lo que va a suceder en el ruedo. Y que ahí se diriman las cuestiones. Sin abrazos. El espectador quiere sentir que a un torero le jode el triunfo de otro. Eso también es emoción. Eso es lo que falta. Lo tuvo. Y lo hemos perdido. Talavante y Roca son capaces de agitar el asunto, siempre y cuando no vayan en comparsa, ni entre ellos ni con el resto. Si lo hacen serán uno más. Y el toreo seguirá muriendo.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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