Obispo y Oro: El run-run no fue a los toros.

Morante by Moli Photography.

Por Fernando Fernández Román.

Después de lo visto esta tarde en Córdoba, he llegado a la conclusión de que la normativa sanitaria que impone el distanciamiento entre espectadores supone la estrangulación de un elemento indispensable: el run-run desaparece.  Tenemos un problema.

El run-run es el hormigueo que acompaña el final de las explosiones que suceden a lo excepcional, el residuo sonoro de los oles y las ovaciones que han acompañado las tandas de pases, la estela que se mantiene latente por las diletantes gentes del común, el retazo audible de una obra de arte. El run-run es uno de los condimentos esenciales de la corrida. Le quitas el run-run del público –esencial tercer poder de la tauromaquia—y le pegas un pellizco a su esencia. Se corta la mayonesa que se está elaborando en el mortero del ruedo.

Se notaba en el ambiente que había una especial precaución por la imagen. La imagen de una plaza de toros pinteada de espectadores. Estaban marcados los asientos imposibles con la equis del “no pasarán”, celosamente vigilados por agentes del orden, reclutados al efecto. Se oía por doquier: “Oiga, señor, que tiene que mantener la distancia”. “Oiga, señora, que tiene que subirse la mascarilla por encima de la nariz”… Y venga a tirar fotos y más fotos del público en estado de salpicón de carne humana entreverado con la nada. La Tauromaquia es el más respetuoso y garantista de cuantos espectáculos se celebran a cielo abierto. Ni un contagiado –toquemos madera—hasta el momento. ¿Algo que alegar? Dicho lo cual, repito: tenemos un problema. Sin el run-run, las plazas de toros pierden materia prima: el codo-con-codo que facilita el entusiasmo carnal y colectivo. Despegarse entre sí es igual a desapego. Eso fue lo que ocurrió ayer en el coso de Los Califas cordobés. La gente no se reunió en esa comunión habitual que se  tenía en tiempos anteriores a la pandemia. Ayer, en Córdoba, los oles, nada más salir de las gargantas emocionadas del público asistente, se caían por el abismo del uno cincuenta. El run-run no fue a los toros.

Y mira que hubo motivo para que la corrida levantara clamores. El virtual llenazo (con el 50% del aforo cubierto, decir que se ha puesto el No Hay Billetes suena a eufemismo para tontos) pudo contemplar momentos estelares que serán difíciles de repetir en un inmediato futuro. Los dos toreros, Morante de la Puebla y Juan Ortega, que actuaban mano a mano, fueron recibidos con una especie de entusiasmo prefabricado, especialmente entre los partidarios de Ortega, que los tiene. Todo estaba previsto, bien organizado, cuidadosamente estudiado: dos banderas de España en el ruedo, el Himno Nacional y el toque de silencio en memoria de las víctimas del COVID-19. Gritos y vítores por doquier. La cosa política está que arde. Y en barrera, una espectadora de excepción: es de Madrid y se llama Cayetano… Álvarez de Toledo. Morante le brindó el segundo toro de su lote.

La corrida, pues, comenzó con las mejores garantías de éxito: dos toreos esencialmente artistas, uno consolidado y otro por consolidar, y una ganadería de prestigio: Jandilla. Que salga el toro.

Y del toro salió para romper plaza y para romper los mejores augurios: escarbador y renuente, se negaba a seguir el capote que generosamente le ofrecía el de la Puebla del Río. Acudió sin claridad a los cites de los banderilleros y cuando José Antonio Morante tomó los trastos para iniciar la faena de muleta ya estaba el toro a la defensiva. Ahí surgió un Morante inesperado para quienes no le conocen a fondo, el Morante aguerrido. Hay quien le tiene etiquetado como artistita que espera a “su toro” como agua de mayo. Yerra quien así lo considere. Morante tiene valor sobrado para superar contingencias de este tipo, por ejemplo, las de un toro que se frenaba a medio viaje y tomaba la tela a regañadientes. Cualquier otro torero tira por la calle de en medio, pero Morante dejó que llegaran las palas de los cuernos a escasos centímetros de sus muslos y se pasó al jandilla una y otra vez a escasos centímetros de sus taleguillas, hasta llegar a convencer al animal de que allí mandaba el hombre. En el  tercero, bravo y galopón en principio, hubo de rebajarle casta con la lima de desbastar de su muleta, para luego cuajarle dos tandas de naturales y tres en redondo con la mano derecha sencillamente soberbias. En otra ocasión, menos coartada por las circunstancias, el run-run posterior a los remates de estas series hubiera trascendido hasta extramuros de Los Califas, pero todo se quedaba en oles sinceros, individuales y entrecortados, mientras tableteaban las palmas; pero, en verdad, la faena de Morante a este toro fue un dechado de enjundia, ceñimiento y ligazón. Una obra de arte. Mejor aún la del quinto, que se fue de largo en varas, empujó en el caballo y el de la Puebla le bordó un quite por chicuelinas , replicado por otro de Juan Ortega por el mismo palo. Nada que ver entrambos, pero, en fin. La faena de Morante fue, sencillamente, un faenón. De los mejor que ha hecho en estas últimas temporadas. Series por ambos pitones ajustadísimas, templadas, largas, cadenciosas, con el torero hundiéndose en el centro de la suerte, para acentuar la cargazón. Y, entre medias, remates con molinetes garbosos y cambios de mano gallistas, o ayudados por alto de una categoría excepcional, prologados por unas manoletinas con cite “a lo Mondeño” que fueron un primor. Falló la espada. ¿Y qué? Les aseguro que yo me emocioné como pocas veces en estos últimos años. La vuelta al ruedo fue, también, la vuelta a las esencias del Arte del Toreo, con mayúsculas, que son los caracteres que merece tan excelso artista: MORANTE.

Juan Ortega era el compañero de cartel de la egregia figura del toreo. El muchacho le brindó la faena de su primer toro, segundo de la tarde, el toro más noble de la desigual corrida de Jandilla. Con este toro, Juan apuntó un toreo de capa realmente sugerente, por su lentitud y certero compás y, sobre todo, dos tandas de pases naturales trazados con pulcra caligrafía, que es el calificativo que –se me ocurre—mejor explicita su concepto del arte del toreo. Todo lo quiere hacer despacio este torero, pero no todo lo puede conseguir, porque el toro juega también su papel. El segundo de su lote, bravo y codicioso en varas,  fue muy sangrado en dos entradas y perdió definitivamente energías al hundir sus pitones en la arena al comienzo de la faena de muleta. El sexto, fue el peor de los jandillas, un castaño manso y a la defensiva que permitió el fucilazo de unos lancees armoniosos, pero no dio opción al joven torero de Sevilla en la faena de muleta.

Los dos toreros buscaron el triunfo, cada cual con diferente intensidad. Morante se llevó la tarde, para decepción de los seguidores de Juan  Ortega. Pena de espadas fallonas y pena de tarde, en la que Antonio Chacón bregó magistralmente, lo mismo que Juan José Trujillo. Ambos colocaron meritorios pares de banderilla, pero también para ellos los oles nacieron opacos, al estrellarse con el filtro de la mascarilla, y las palmas sonaron pegajosas, de tanto enjuagarse con geles y demás potingues precautorios.

Pena, también de un  público que se coloca en los tendidos escenificando divorcios y rupturas de emergencia. El run-run, es inversamente proporcional a la distancia y se quedó en casa; en esta ocasión paladeando de nuevo el triunfo de Rafa Nadal. A este, desde luego, no le pitan el Himno Nacional. ¡Solo faltaría!

Publicado en La República

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