Juan Ortega en el reino de Morante.

Toreros de arte brillan en la temporada que evitó el persianazo de la tauromaquia | Emerge un diestro que merece que se le espere y al que hay que liberar, en lo que sea posible, de las urgencias que conllevan los liderazgos.

Por José Luis Benlloch.

Juan Ortega especialmente por ser novedad y por ser como es; Ponce por seguir siendo como era, solo que renovado en su lucha contra el tiempo, camarón que se duerme ya se sabe y el de Chiva no ha pegado ojo en treinta años; Curro Díaz, Luque, De Justo, Leal, también la resaca de una tarde referencial de Morante en Córdoba, uno de esos pasajes que ensanchan la leyenda de los toreros y les blindan contra cualquier duda o desconsideración… Esos y alguno más, Perera en Barcarrota imponiéndose a un fuenteymbro, dos caracteres dos frente a frente, son los nombres propios que han asumido el protagonismo de los últimos festejos de la temporada, que han sido pocos pero vitales por cuanto han impedido un cierre del año en negro, cuestión que se antojaba fatal en unos tiempos en los que la tauromaquia pelea por su pervivencia bajo el fuego graneado de interesadas descalificaciones.

El medio centenar de festejos que consiguieron sortear el coronavirus más allá de mantener encendida la llama de los aficionados -un persianazo total hubiese llevado al toreo a un estado catatónico (el del boxeo) y al éxtasis anti- ha supuesto una ayuda a los diversos estamentos de la industria que boqueaban víctimas de la inanición. Y en lo artístico, la singularidad de la temporada ha permitido aflorar una serie de nombres que no acababan de ganar protagonismo en tiempos de normalidad en los que la proliferación de festejos además de la influencia de los grandes nombres e intereses varios hacía que los focos de la atención mediática se centrasen principalmente en las figuras y se ralentizase en exceso la llegada de los nuevos.

Juan Ortega ha sido el impacto de este fin de temporada. Se trata de un torero de los llamados de arte. El detalle le añade grado de satisfacción al suceso en tiempos en los que tanto abunda la vulgaridad. Ese marchamo incluye personalidad, belleza, cercanía máxima a los cánones y una inevitable irregularidad. Ese toreo no se puede hacer, seguramente ni se debe intentar, en todos los toros a riesgo de perder encanto y vulgarizarse. Cuando surge como lo hace Ortega es el toreo como nos explicaron que debía ser el toreo: limpio, elegante, pausado, natural, imprevisible… Cuestiones por las que Ortega ha sido recibido con gran alborozo. Sevillano de cuna, acogido en Córdoba y Jaén en sus tiempos de formación, está siendo torero de cocción lenta, lo propio entre los de su género.

¿Significa todo ello que ha surgido una nueva figura del toreo?… No necesariamente. Significa que ha emergido un torero que nos gustaría que fuese figura del toreo, que puede serlo, que merece que se le espere y al que hay que liberar en la medida de lo posible de las urgencias y servilismos que conllevan los liderazgos. Vale la pena el mimo que se desprende de esas consideraciones. La prueba fue el contraste entre lo que sucedió en Córdoba, donde no lució en su mejor versión, y Jaén, donde explosionó en una tarde que se había convertido en clave para su consolidación.

El rey es Morante

Aterriza en un círculo mágico que los aficionados llamaron siempre de los toreros artistas en el que reina hoy día sin discusión Morante de la Puebla, tipo singular y torero singular. Sin ánimo de entrar en comparaciones que ofendan, el de La Puebla ha llevado el toreo de arte a la máxima potencia. Nunca hubo nadie de los de su cuerda con tanto cuajo ni tanta regularidad ni tanto valor ni tanta capacidad de respuesta, tanta que le ha permitido disputarles muchas tardes a los toreros más largos del momento: ¿que hay que ir a la puerta de chiqueros?… Voy; ¿que hay que banderillear?, banderilleo; ¿que hay que estar por encima de una corrida complicada?, ahí está la tarde de Córdoba por citar solo la última… Eso sin rebajar un grado la torería que le trajo hasta aquí.

Y a ese reino ha llegado Ortega con aspiraciones, lo supongo, de sucesión. Al menos de una cohabitación que sería ideal para el toreo, el mejor alimento para revitalizar el ambiente. Y no es el único, otro sevillano, Pablo Aguado, toca palos semejantes y quiere sitio en el mismo jardín. Que haya preferido torear poco, se dice que declinó la posibilidad de haber estado en Córdoba con Morante y Ortega, le ha apartado de los focos. La semana próxima está anunciado en Ubrique con televisión, será la ocasión para levantar la voz queda de su arte y reengancharse al interés general. Ya se sabe que cualidad exclusiva de este tipo de toreros es la de incendiar los ambientes con una tarde, con un toro, con un quite…, suena a poco pero es mucho y en ocasiones basta.

Publicado en Las Provincias

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