La Fiesta está Viva: Llora el toreo.

Don Pablo con algunos de sus poderdantes y amigos.

Por Rafael Cué.

Llora Toledo, llora el campo, lloran los toros y lloran los toreros. Ha muerto don Pablo Lozano, se ha ido con 90 años, como aquellos astados que en el campo terminan sus días habiendo sido indultados en alguna plaza de toros, con grandeza y un enorme legado.

Miembro de una dinastía de hombres y mujeres que viven para el toro y por el toreo. Don Pablo lo fue todo en el toreo; novillero exitoso, debutó sin caballos en un pueblo toledano, en el año que murió Manolete, 1947, dicho por don Pablo, unos de los hombres que transformó el toro junto a Juan Belmonte. Curiosamente don Pablo nació un 29 de agosto, de otro año, obviamente, justo el día que murió el “Monstruo de Córdoba”. Antes de hacerse matador, don Pablo fue ídolo novilleril en Barcelona, cortó un rabo en Bilbao, tres orejas en Málaga, un rabo en Sevilla y en Madrid varias orejas sueltas, una de ellas tras seis pinchazos a un novillo de Benítez Cubero.

Recibió el doctorado en tauromaquia la tarde del 25 de septiembre de 1951, en Barcelona, de manos de Luis Miguel Dominguín, ante toros de Samuel Flores. Confirmó en Madrid al año siguiente; en Las Ventas tuvo una regularidad admirable dada su capacidad de entender a los toros, su manera de sentir el toreo y su gran valor, ya que por aquellos años fue don Pablo el primero en adoptar como costumbre adelantar mucho la muleta para traer a los toros muy desde adelante enganchados en los vuelos de la tela, acto para el que se necesita mucho más valor que para torear con la muleta retrasada; esa, según sus propias palabras, fue su aportación al toreo, que no es poca cosa.

En mayo del 52 un toro le parte la safena en Figueras, obligándole a cortar la temporada. En julio de 1957 estoquea seis toros de Barcial en solitario en Las Ventas de Madrid, a beneficio del Montepío de Toreros, teniendo un éxito colosal: cuatro orejas y varias vueltas al ruedo, saliendo a hombros de sus colegas ante el delirio en los tendidos.

El destino evitó que alcanzara el sitio que su capacidad y afición tenían, sin embargo una vez que dejó el vestido de luces, su figura se convirtió en pieza trascendental en la estructura taurina que dio luz propia al toreo desde el inicio de los años 60.

Cargado de conocimiento, intuición y respeto por los dogmas taurómacos, comenzó su andadura como apoderado, el verdadero apoderado, el que forja al hombre de la mano del torero y viceversa; para ejemplo, en 1964 junto con la casa Dominguín, organizó el certamen “La Oportunidad”, donde cientos de chavales de toda España llegaron hasta Vista Alegre a buscar cumplir un sueño, ahí se encontró con un joven ambicioso y soñador, Palomo Linares, desde ese momento y de su mano bajo su amparo, lo llevó a convertirse en máxima Figura del toreo. Este es el ejemplo del apoderado con vocación, quien cree y comparte las ilusiones de un chaval para caminar juntos a la gloria en busca de colocarse en la cumbre del toreo, el resto son negociantes de contratos o pedidores de favores.

Manejó la carrera de toreros de la talla de “El Cordobés”, Curro Romero, José María Manzanares padre, “Espartaco”, César Rincón, Manuel Caballero, Eugenio de Mora, Vicente Barrera, “El Juli” y Manzanares hijo. Con eso creo que todo está dicho.

Al lado de sus hermanos José Luis, Eduardo y Manolo, ha creado una de las mejores ganaderías del mundo, Alcurrucén; el toro con el balance de bravura y clase, que satisface al público, a las empresas y a los toreros. Juntos manejaron por 14 años la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid con éxito, y creciendo el número de abonados de manera importante.

Del toreo lo sabía todo. Discreto y rotundo al hablar. La verdad de cualquier ámbito de la tauromaquia se encuentra en sus entrevistas, ya sea escritas o televisadas, una joya para quien quiera escuchar hablar bien de toros, y para hacerlo primero hay que amar al toro y sentir el toreo, como lo hizo él durante toda su vida.

Una sola vez tuve oportunidad de escucharlo hablar, apoderaba a Manzanares padre, con quien habíamos, en la época mensual de la revista Matador, agendado una entrevista aquí en la CDMX. El maestro nunca apareció, no le interesaba atender a unos jóvenes que empezaban en esto, hoy lo entiendo, a cambio tuvimos la dicha, mi compadre José Antonio Trueba y yo, editores en aquellos años (1996), de poder gozar de su charla durante casi dos horas.

Lección de tauromaquia, lección de vida, hoy un recuerdo que llena el alma. A sus hijos: Pablo, Fernando y Luis Manuel, un abrazo; el legado y ejemplo de su padre está ahora en su narrativa del toreo.

Publicado en El Financiero

Twitter @ElFinanciero_mx

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