Sólo para villamelones: El recuerdo de Raúl García.

Supongo que todos quienes gozamos, y padecemos a ratos, de este gusto, de esta pasión, por el toreo, tenemos recuerdos añejos, acaso no tan brillantes, de cuando apenas nos empezábamos a interesar por el llamado “arte de Cúchares”.

Los míos me vienen como flashazos en el tiempo y la distancia: El Cordobés partiendo plaza en la Santa María Queretana; Luis Segura, en un burladero de los corrales de ese mismo coso, mirando la corrida que habría de lidiar esa tarde; Gastón Santos lanzando uno de aquellos bastones con el que recién había clavado un rejón de castigo, que atraparía un amigo de mi padre en el tendido y que, de inmediato, me lo regalaría, para que formara parte, por años, de mi lista de juguetes más preciados.

Pero quizá el recuerdo más vívido de mi infancia, que tiene que ver con los toros, fue aquella visita al Hotel Casa Blanca, para ver en su habitación, tras una tarde triunfal, a Raúl García. Fui de la mano de mi padre, quien aprovechaba que ese hotel, al que, por cierto, llegaban todos los toreros, era propiedad de un primo suyo, para logar este tipo de encuentros.

El llamado “esteta del toreo” estaba aún con el traje de luces cuando llegamos, con las manchas de sangre en la taleguilla clara, disfrutando brevemente con sus cercanos, en la terraza de su habitación, el triunfo grande de aquella tarde queretana.

El torero regiomontano tuvo momentos importantísimos en su época como matador de toros, y ha sido uno de los muy pocos que han indultado hasta dos toros en la Plaza México, uno de los cuales, “Comanche” de nombre y procedente de la ganadería de Santo Domingo, se inmortalizó para siempre tras su lidia.

En 1959 había recibido la alternativa, en Morelia, de manos de Luis Procuna y con toros de Torrecilla; confirmó el doctorado en la México en el 61, teniendo como padrino a El Callao, y en Las Ventas en el 66, de manos de Paco Camino y contando como testigo a El Cordobés. Nada más, ni nada menos.

Aquella tarde en el Hotel Casa Blanca yo no musité palabra alguna. Fue mi padre quien felicitó al torero y le presentó a su hijo, con el comentario, sin demasiado sustento, de que éste pretendía ser torero. García Rivera me estrechó la mano y me deseó suerte en una profesión tan difícil como la que él abrigaba y que aquel día le había dado tanta satisfacción.

A tantos años vividos, Raúl García deber tener ahora más de ochenta años, y aunque yo nunca fui torero, recuerdo aquel encuentro con una sonrisa en el rostro.

Publicado en El Diario de Querétaro

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