El toreo a la verónica, paradigma newtoniano en “ebullición”

Por Darío Juárez Calvo.

El toreo a la verónica ha sido, es y será la base del toreo fundamental. La faena de muleta, como símbolo totémico del triunfo o del triunfalismo contractual, en muchas ocasiones ha venido y sigue viniendo a desnudar y dejar anémicos de interés los tercios predecesores de la lidia. Indudablemente es el fin de ello -la lidia-, la antesala de la muerte y el último tú a tú entre toro y torero para hilvanar una entrega recíproca que aúne la emoción necesaria que necesita esa obra. 

La esencia innata del toreo a pie parte del toreo de capa; no a la verónica directamente pero si de aquellos esbozos que Pepe-Hillo ya mencionaba en su tauromaquia (1796), pese a que a Costillares fuera al que se le atribuyera de una manera directa. Un paradigma newtoniano que afortunadamente emerge de nuevo en nuestros días reducido, por supuesto, a un ramillete selecto de protagonistas que han demostrado en los últimos tiempos cuánto valen sus capotes. Además, en dulce transición entre veteranos, noveles y el renacer de hombres libres que vacían su poso de torería en la experiencia del banquillo y de los años. Una suerte en efervescencia que vuelve a emerger, en medio de un Estado de Alarma para la sociedad y para el mundo del toro, con matices y tecnicismos diferentes, pero comúnmente anexionados a la evolución de la propia verónica. 

A Morante cuesta no cantarle una. Un torero hecho a imagen y semejanza de la escuela sevillana, caballero de la orden barroca del clasicismo y espejo para generaciones póstumas de este corte. Su verónica, ejecutada con las yemas, de compás abierto tras citar de frente, es ascua viva de un fuego añejo que pellizca los costados y que mejora en la tempura que los años dan al peso de la púrpura. Algo no apto para faquires de medio pelo. 

Luque teje la verónica con la figura arqueada hacia el toro, ofreciendo la faja e invitando a los vuelos a venirse a su ser con cadencia y compás semiabierto Todo lo contrario a Emilio de Justo. Un torero reinventado que la dibuja ‘a la castellana’; recio de plantas, muy abierto de ellas y ese juego de brazos que despide la embestida por la espalda de la femoral. 

En quince años de alternativa, Morenito de Aranda ha publicado más de veinte ediciones remasterizadas de la verónica. Hoy, por fin ha encontrado su sino. Jesús es un torero sine die, también de corte castellano pero mezclado con destellos que se asoman a la Meseta por el flequillo de Despeñaperros. De ahí abajo llega el aroma de Pablo Aguado y Juan Ortega. Dos toreros para fortuna de la sevillanía. A uno le destapó Sevilla y al otro una pandemia, aunque ya venía dejando el rastro de Pulgarcito… Un par de capotes que juegan al ralentí dibujando verónicas cadenciosas y de escasa volatilidad, con la esclavina como cruz de guía hacia el averno, marcando la hoja de ruta de una suerte rebosante de torería cuando el arte mana de sus codos y muñecas. 

Por desgracia no se ve tantas veces ese homenaje al toreo de capa capitulado en la verónica, pero es lo normal; el paradigma newtoniano nació y morirá para ser reduccionista, como así lo es esta selecta tribu de matadores que han sabido versificar esta suerte con un sello diferente, pero imprimiendo a su vez la importancia vertebral que tiene como base del toreo fundamental.

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