Obispo y Oro: Evocación de un Festival.

Por Fernando Fernández Roman.

Lo recuerdo muy bien, porque en aquél tiempo –muy entonces– devoraba todo lo taurino que había en los papeles –revistas, periódicos, hojas de publicidad de toreros, etcétera– que mi padre había engullido previamente por vía de unas lentes de pasta gruesa y cristales de discreta graduación. Era yo, por tanto, un lector de segunda mano, pero con ojos vivarachos de primera división. Ocurrían estas escenas durante los días de luces cortas y pálidas y las noches largas y negras que traían los inviernos de la tierra de pinares de Castilla; la época triste y fría que se refugiaba en un paisaje dominado por nieblas, escarchas y cencelladas, cuando no nevadas copiosas y blandas, endurecidas cuando el sol hacía valer su poderío y se abría paso entre el celaje gris de las alturas. Se iba, poco a poco, la nieve, pero dejaba un testimonio de churretes blancos en las roderas secas y duras,lineales y profundas de los carruajes de llanta acerada o más anchas y menos hondas de algún que otro cochecillo de mercaderes ambulantes.

Pero yo estaba en la gloria, porque “gloria” era el nombre del sistema que calefactaba la vivienda: unas galerías bajo el piso del mosaico por donde llameaba el fuego y se ahuyentaba el humo, productos ambos del enroje previo de un hogar improvisado bajo la trampilla del pasillo. Allí estaba yo, tan ricamente, empapándome de las cosas del mundo de los toros, mientras, afuera, algunas gentes se empapaban las ropas de abrigo con lloviznas heladoras, expuestas a la intemperie porque el viento huracanado había torcido el pulso al varillaje de los paraguas. Allí estaba yo, dale que te pego, viendo los “santos” –así llamábamos a las fotografías–, antes de dar el repaso definitivo a lo que tenía entre manos. Debo aclarar que estos asuetos se producían en días colendos, porque los lectivos del Instituto Laboral eran sagrados; aunque no más que aquéllos, qué quieren que les diga. El grueso de la información taurina lo ocupaban los festivales benéficos. ¡Y qué pedazo de festivales, oiga! Eran algo así como un epílogo de lujo para cerrar la temporada, porque en los patios de cuadrillas de las plazas de toros se alineaba lo más selecto del escalafón.

En Madrid, estos beneméritos festejos eran varios, casi todos para paliar la penuria económica de las gentes más desfavorecidas y también para impulsar la economía de gremios populares, incuso para nutrir las arcas de Montepíos de abnegados funcionarios o de toreros con incierto futuro, a quienes la vejez, a veces, les pilla con la hucha a tres menos cuartillo o a dos velas, como se suele decir. A mis manos llega ahora la fotografía de uno de esos festivales. Uno muy especial: el de la Campaña de Navidad, promovido durante años por la esposa del entonces Jefe del Estado. Se celebró el 7 de noviembre de 1959. Ahí están, posando para la cámara, en el patio de cuadrillas de la Plaza de Las Ventas, todo un elenco de figuras de aquélla época: Pepe Luís Vázquez, Victoriano Valencia, Manolo Vázquez, Miguel Báez Litri, Gregorio Sánchez, Curro Romero, Julio Aparicio y Antonio Bienvenida. Ocho maestros, ocho. Ocho pinceles vestidos de corto, con sombrero de ala ancha calado hasta las proximidades del entrecejo y marsellés al hombro. Da gusto verlos. Entorilados se encuentran los guapos novillos de lo más granado del campo bravo salmantino (los Pérez Tabernero, Atanasio y el vizconde de Garcigrande) y los del extremeño y andaluz del conde de la Corte y los hermanos Urquijo de Federico, respectivamente. Toreros y ganaderos sin cobrar un duro. La Plaza a reventar, así cayeran chuzos de punta. No he indagado el resultado del festejo, porque este tipo de acontecimientos cuenta con un público generoso y comprensivo. Siendo un exitazo de taquilla -–principal aliciente de todo festival benéfico—el triunfo está asegurado. Habrá gentes que tuerzan el gesto por citar a la impulsora del acontecimiento. ¡Están los tiempos tan encocorados!  Sería una estupidez. Se trata, simplemente, de recordar un pasado en que estos festivales eran la lumbre  –la “gloria”– que calentaba el ánimo de los aficionados, temerosos del letargo de fríos implacables y ayunos de quehaceres taurinos en los ruedos, a la espera de que despunte la primavera. Echo de menos a Antoñete, que siempre estaba dispuesto para torear en el patio de su casa. También a Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, aunque estos dos cuñados se estarían reponiendo del duro “verano sangriento” que aquél año tanto impresionó a Hemingway, al punto de escribir un libro son ese título. Sin embargo, me sobra el apoderado Cristóbal Becerra, figurante de clavel reventón en el ojal de la solapa; pero sobre todo me chirría ese señor del bigote que  se asoma sin el menor rubor entre medias de Romero y Aparicio.

Es el clásico “señor del bigote” que  no quiere perder la ocasión de pasar a una estulta posteridad. No hay foto de toreros ante ese frontis enladrillado de la Plaza Monumental de Madrid en que no meta el cuezo –el pescuezo, más bien— un señor con bigote. Es una figura anónima que ni pincha ni corta; pero el tipo no cede, aunque malrote la fotografía. A pesar del “señor del bigote”, me encanta el documento gráfico. ¡Qué pena de festivales lujosos en los duros inviernos! Me temo que se han perdido para siempre.

Publicado en República

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