Confirmación de Luis Miguel “Dominguín” en la Plaza México.

Un día como hoy pero de hace 68 años confirmaba la Plaza México Luis Miguel Dominguín, con “Cominito” de San Mateo, llevando como padrino a Luis Procuna y de testigo al diestro de Linares Nuevo León, Humberto Moro. A su segundo toro, de nombre “Pajarito”, le cortó las dos orejas.

Por Enrique Vázquez.

Luis Miguel González Lucas “Dominguín” nació en Madrid, España el 9 de diciembre de 1926. Fue hijo del matador de toros Domingo que usó el mismo apodo y quien actuó en México durante los años 1920-1921-1922.

Luis Miguel fue el cuarto espada de esta familia ya que sus hermanos mayores también se dedicaron a la lidia de toros bravos. Por esta razón tuvo la oportunidad de ponerse frente a las becerras desde muy niño y asimilar rápidamente la técnica básica del toreo.

Vistió su primer traje de luces como becerrista en 1939 y sus éxitos se continuaron durante 1940, cuando emprendió con sus hermanos un viaje hacia América en 1941 en donde recibió la alternativa en la Plaza de Toros de Bogotá, de manos de Domingo Ortega el 22 de noviembre; en aquel entonces todavía no cumplía los 15 años de edad por lo que está no se consideró válida en España.

Posteriormente regresó a su país y actuó como novillero a lo largo de las temporadas de 1942 y 1943. Tomo la alternativa el 2 de agosto de 1944 de manos de Domingo Ortega con el mismo testimonio de su hermano menor: Domingo con toros de Samuel Hermanos.

Confirmó su doctorado en Madrid el 14 de junio de 1945 llevando como padrino a “Manolete” y como testigo a Pepe Luis Vázquez con toros de Antonio Pérez.

Fue el líder del escalafón taurino español los años 1946-1948 y 1951. Los demás no quiso por razones personales, ya que era el torero más solicitado en toda España.

Antes de presentarse en nuestra capital mexicana había triunfado en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, en Lima obtuvo el trofeo “El Señor de los Milagros”, compitien- do con Antonio Ordoñez, Rafael Ortega, “Calerito”, Pepe Dominguín, “Rovira” y Santa Cruz.

Luis Miguel Dominguín era un torero absoluto que dominaba todas las suertes. Es decir era largo y poseía un conocimiento increíble de las reses a las que se enfrentaba. Su posición de encontrarse desde sus inicios en el primer rango se debía a sus cualidades de maestría. Intuición y una técnica casi perfecta. El amor propio lo había llevado a imponerse sobre los demás y a señalarles constantemente su superioridad. Su defecto principal estaba en el exceso de habilidad, que le daba demasiada facilidad ante los astados y una actitud, desafiante y provocativa, que le creó enemigos sin límite.

El viernes 12 de diciembre de 1952, ocurrió el suceso esperado, la confirmación de Luis Miguel Dominguín en la Plaza México. Este era aguardado con animadversión y con la mayor mala voluntad imaginables. El Coso de Insurgentes se llenó de bote en bote. Numerosos aficionados se quedaron sin poder entrar. El cartel estaba formado por Luis Procuna y Humberto Moro con un encierro de San Mateo escogido meticulosamente para esta ocasión.

El “Berrendito de San Juan”, trató de hilvanar una faena en el cuarto, pero no lo logró. Humberto Moro mostró detalles, pero ambos fueron borrados por Luis Miguel. El Madrileño hizo dos grandiosas faenas con “Cominito” primero de la tarde y “Pajarito”, lidiado en quinto turno. Recibió con mucho desparpajo al de la confirmación de su alternativa, los lances por el lado izquierdo resultaron excelentes. Lo banderilleó con gran seguridad y después de pedirle permiso a la Autoridad, Dominguín vestido de rosa y oro le brindó a María Félix.

El público no salía de su asombro ante aquel alarde torero que protagonizó en su primero, la Plaza México se estremecía en sus cimientos y al silencio expectante con que el público recibió a Luis Miguel le sucedía ahora un clamor que encendía los tendidos.

Y lo que faltaba por ver a los espectadores era la faena de Luis Miguel con “Pajarito”, la faena consagratoria en la que a pesar de pinchar y recurrir al descabello, los 50 mil espectadores que llenaban hasta la última lo- calidad de laPlaza, irrumpieron en el grito jubiloso que consagraba y definía a las figuras de aquella época: ¡Torero!… ¡Toreroo! ¡Torerooo! En varias vueltas al ruedo paseo las dos orejas cosechadas de “Pajarito“.

A Dominguín se le consideró un torero completo. Con la capa poseía un enorme repertorio, banderillaba con gran seguridad en los cuarteos, sesgaba a la perfección, por dentro y por fuera y en ocasiones quebraba con habilidad. Con la muleta fue un diestro muy dominador, pero su toreo en redondo lo llevó en México a la cumbre. Estoqueador habilidoso, terminaba pronto con sus enemigos, sin duda uno de los más grandes toreros del siglo pasado.

Twitter @Twittaurino

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