Opinión: Bravo, ganaderos.

Por Javier Lorenzo.

Bravo es el título con el que bautizó la Unión de Criadores de Toros de Lidia el vídeo que se apoderó de las redes sociales la semana pasada. Poco más de dos minutos y medio preciosos que deberían poner en la televisión de todos para que el gran público, no solo el aficionado apasionado de este espectáculo, conociera el paraíso en el que se cría el toro bravo. Y lo que significa, lo que implica, lo que genera… Y lo que supone. Es el gran desconocido. Y, como tantas cosas, no lo sabemos explotar por incomprensibles complejos que nos han llevado a una sociedad plagada y plegada al absurdo, en la que unos cuantos mindundis venidos a más le quieren dar lecciones de animalismo a los eternos y comprometidos ganaderos del campo bravo. Donde se vive y se siente. Donde se crece y se educa. Donde no se miente.

Un vídeo que arranca con la oscuridad del amanecer de cada jornada cuando los hombres de campo comienzan su tarea diaria de cuidados al toro bravo. Y que, poco a poco, va desperezando para mostrar una realidad y una verdad, que explota con el esplendor del día y de la naturaleza, desconocida para la inmensa mayoría a la que han desconectado del día a día de la tauromaquia, que es mucho más que la lidia de un toro en cualquier plaza. Un documento audiovisual que lanza verdades como puños, no menos desconocidas, de las que España debería sentirse orgullosa y no avergonzada. De la que debería presumir y no esconderse. El toreo aporta un patrimonio histórico, económico, cultural, artístico y ecológico que la gran mayoría no sabe ni que existe. Y es nuestro. Y existe gracias al toro. El guardián de la dehesa. El rey del campo bravo. El animal que vive y da vida, permitiendo vivir a infinidad de especies, fauna y flora, con las que y en las que comparte un idílico ecosistema asentado en alfombras de naturaleza que se conservan y mantienen gracias a su existencia. No hay animal con mayor carga genética que el toro bravo, obra y esencia del trabajo de los ganaderos lograda, labrada y mantenida a través de la labor paciente y constante de muchas décadas.

El toro bravo de hoy en día no embiste como embiste, ni tiene la hechura y la morfología que tiene, por obra y gracia de la improvisación. El toro da vida a lo que el propio vídeo denomina gestión medioambiental desinteresada. Porque no hay nadie en el mundo que quiera más a un animal y a su hábitat que los ganaderos, a los que no pueden venir a dar lecciones de animalismo, respeto ni, mucho menos, educación los cuatro listos que, sentados en la poltrona de un despacho, o los vociferantes ordinarios y maleducados que levantan sus campamentos de la vergüenza a las puertas de los cosos para vomitar sapos y culebras, gritan contra la Fiesta. No conocen lo que supone ni lo que le rodea. Ni saben lo que dicen ni tampoco lo que critican. A todos, a los altavoces y a los brazos ejecutores, a los que ha sorprendido el traje y una corbata que no saben anudar, no les vendría mal que dedicaran dos minutos de sus vidas en ver un vídeo que invita a reflexionar y pensar. Tal vez sea pedirles demasiado. Por el tiempo que supone y por el esfuerzo. Descubrirían un paraíso por el que mucha gente quiere seguir luchando, para conservarlo y para que el toro siga dando sentido a sus vidas. ¿El toro muere? Sí, pero también da vida. Por eso muchos nos sentimos orgullosos.

Publicado en la Gaceta de Salamanca

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